A MODO DE APERTURA: LA CONEXIÓN COMO TRAGEDIA

¿Qué clase de pedo atómico circula por la cabeza de un grupo de sociologxs trasnochados, sin título y sin trabajo?, ¿por qué hacer una revista si ya hay miles?, ¿quién garpa todo esto? Aquí no respondemos ninguna de estas preguntas pero, al menos, intentamos explicar por qué nuestro nombre. 

Por Comunidad Desconexión

A sabiendas de que en sociología ningún supuesto debe darse por sentado, nuestra declaración inaugural debe comenzar por lo más obvio: quienes hacemos la Revista Desconexión entendemos que el conocimiento del mundo no es, ni puede ser, una práctica neutral. Y ello significa que, en tanto empresa relacional y colectiva, el conocimiento está siempre atado de alguna u otra manera a los múltiples conflictos que atraviesan lo social.

Ahora bien, si de verdad estamos comprometidos con esa premisa, el punto de partida de esta revista no puede ser sino una confesión. Es decir, la primera labor de todo pensamiento crítico consiste en asumir los posicionamientos que guían su intervención en la disputa de ideas.  Nos referimos, con ello, a la necesidad de reconocer las coordenadas espacio-temporales sobre las que se apoya nuestra problematización del mundo.

En ese ejercicio de situar un “aquí y ahora” quisiéramos aprovechar el nombre de esta revista para ofrecer una clave de lectura de Nuestra América. Así, entre las muchas interpretaciones posibles de la realidad latinoamericana sugerimos la siguiente mirada sintomática: para nosotros América Latina puede pensarse como un conjunto de experimentos de integración fallidos o, si se quiere, como una serie de proyectos conectivos que finalmente no fueron tales. Veamos…

El sabor del desencuentro

Tal como ha planteado alguna vez Waldo Ansaldi, la partida de nacimiento de América Latina es el producto de una serie de equívocos, pues, el llamado “encuentro entre dos mundos” fue, a la postre, un desencuentro. Para empezar, desencuentro de Cristóbal Colón con la India, el destino que buscaba en su expedición marítima y al que creyó haber llegado hasta su muerte. Pero, sobre todo, desencuentro de los pueblos nativos del continente con su cultura y sus riquezas, vorazmente saqueadas por los conquistadores. Si 1492 fija el comienzo de la modernidad como tal, aquella fecha corona a nuestra región como territorio periférico del nuevo sistema-mundo en formación. De esa conexión trunca con el “viejo” mundo, venimos.

Y, por supuesto, a esa conexión fallida hemos vuelto repetidamente: tres siglos más tarde la generación independentista correría una suerte similar. El proyecto de unidad continental de nuestros libertadores quedaría inconcluso frente a las ambiciones de las elites portuarias. Paradoja histórica: Simón Bolívar, el más enfático promotor de la integración regional, daría nombre a uno de los tantos países en que América Latina quedó dividida. Las nuevas repúblicas independientes de América serían el resultado de la desconexión de aquello que Manuel Ugarte más tarde llamó la Patria Grande.

Yo voy en trenes, no tengo donde ir

Tras la independencia, el proceso de constitución del Estado argentino debía marchar de la mano de un tendido de vías férreas que conectara el territorio nacional. Pero las vías del ferrocarril se trazarían en forma abanico, dirigidas hacia el puerto de Buenos Aires. El objeto de aquella disposición era facilitar la provisión de productos primarios hacia los centros industriales. Se gestaba el sueño del granero del mundo. La inserción de Argentina a la dinámica capitalista global era, de hecho, una desconexión hacia adentro.

Mucho tiempo después, durante la década de los 90’, esta configuración exógena fundacional cerraba un círculo perfecto con el desmantelamiento de los ferrocarriles. A la par de las relaciones carnales y los vínculos amistosos con el “mundo” se erigían verdaderos pueblos fantasmas en el interior del país. El nuevo lema fue: “no voy en tren, voy en camión”. A modo de tragedia, mientras el país proyectaba conectarse con la estratósfera, los camiones se convertían en la principal herramienta de conexión de nuestro aparato productivo.

La revolución conectiva permanente

Desde finales de siglo XX una nueva utopía conectiva recorre el mundo. Con la explosión de las comunicaciones la tecnología promete conectar todos los rincones del planeta. “Globalización” es el nombre con que el capitalismo tardío dio a conocer dicho relato. Ya no se trata de rutas marinas, ni de vías férreas… ahora la integración pasó a ser responsabilidad de nubes y redes con existencia virtual. Pero, como antaño, los nuevos mecanismos de conexión se materializan de forma desigual y combinada: mientras la globalización no globaliza a todos por igual, las redes sociales amenazan con desconectar conectando.

Aquí, por supuesto, no se trata de caer en cierta crítica nostálgica. Las nuevas tecnologías, qué duda cabe, ofrecen hoy un conjunto de herramientas de inestimable potencial. Esta revista, incluso, pretende valerse de algunas de ellas para dar batalla cósmica en el terreno de las ideas. Pero tal reconocimiento no implica hacer abstracción de las asimetrías de poder que rigen al mundo tecnológico ni desconocer el carácter coactivo con que sus usos y costumbres se nos imponen en nuestra vida cotidiana.

La desconexión como proyecto

Contra lo que sugieren ciertas lecturas geopolíticas ingenuas, al menos desde el siglo XVI América Latina nunca ha dejado de estar integrada al mundo. Lo que ha estado en tensión en los últimos 500 años no es la integración en sí, que es un proceso irreversible, sino la forma que adquirió dicha integración. Y tal como hemos reseñado brevemente, para nosotros dicho vínculo implicó, las más de las veces, atomización y pauperización de nuestros pueblos hacia adentro.

Recuperando ese derrotero histórico de fragmentación vía integración, esta revista quisiera apropiarse positivamente de la idea de “desconexión”. De más está decir que no se trata de una propuesta nueva. Por caso, el economista egipcio Samir Amin lo planteó en la década del 80’ en un libro que llevaba el mismo nombre que nuestra revista. Sin embargo, para nosotros los alcances de aquella metáfora serán más amplios. En lo que dure esta revista antes de caer en el olvido, desconectarse significará:

  • Desnaturalizar el orden instituido
  • Deconstruir nuestras prácticas cotidianas
  • Desentonar con el sentido común dominante
  • Descontracturar el análisis crítico de lo social
  • Desconfiar de lo sociológicamente correcto

Es decir, un conjunto de ejercicios que adquieren pleno sentido en la medida en que asumamos, con Ignacio Ramonet, que en un mundo donde la posibilidad de conectarse es una norma no problematizada, cualquier acto de desconexión, ya sea total o parcial, debería entenderse como una irrenunciable medida de resistencia.

3 comentarios sobre “A MODO DE APERTURA: LA CONEXIÓN COMO TRAGEDIA

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  1. Apoyo total!!! Gracias x originar un medio de comunicación q habla sobre nuestra realidad social fundamentada en nuestra historia real!

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