EL PATRIARCADO NUESTRO DE CADA DÍA

La siguiente narración crítica y constructiva tiene la intención de reconocer y reconocernos, cuestionar y cuestionarnos desde el lugar en el que nos posicionamos con respecto al género y a nuestra ideología para nuestras producciones.

Por Romina Contreras

* Ilustración a cargo de POR QUE RÍA

Empecé a sospecharlo desde hace un tiempo. Por aquél entonces, entrando a la adolescencia, recién comenzaba el camino de formar opiniones. Influenciada por una familia crítica por naturaleza y militante por elección, llevó su tiempo des-idealizar los pensamientos hegemónicos propios del clan.

Iniciado el camino, las connotaciones negativas para con la teoría hacia dónde se dirigían las ideas que rondaban en mi cabeza no fueron precisamente de mucha ayuda. Sin embargo, fueron las mismas valoraciones las que, poco tiempo después, reafirmaron mi posición.

De un tiempo a otro, una sensación incómoda (podría asimilarse a la de una piedra en el estómago) se hacía presente cada vez que me encontraba frente a determinadas situaciones internas o externas. Por lo que empecé a formular ciertas preguntas.

En una casa caracterizada por “progresista”, ¿por qué un padre espera sentado en la punta de la mesa que su mujer o su hija (ambas mujeres) le sirvan el almuerzo o la cena? En una familia que desde siempre promulga el mismo respeto para sus integrantes tanto masculinos como femeninos, ¿por qué, aún después de reiteradas explicaciones, se siguen tomando en broma algunas luchas de género?

Socialmente, ¿por qué al salir de casa hay que tener el resguardo de que por lo menos una persona sepa qué lugares vamos a visitar, con qué gente y a qué hora aproximada será nuestro retorno? Mientras más detalles, mejor, sobre todo si la salida es nocturna. ¿Por qué cada vez se conocen mayor cantidad de casos donde mujeres aparecemos golpeadas, violadas, desnudas, asesinadas, descuartizadas, tiradas a la deriva y/o cuasi enterradas?

Académicamente, ¿por qué dentro de la producción teórica que se estudia durante las casi 30 materias que conforman la carrera de Sociología son contadas con los dedos de las manos las autoras mujeres a las que recurrimos? ¿Por qué en caso de que nos interesen producciones científicas que investiguen desde una perspectiva de género, tenemos que salir de la bibliografía obligatoria?

Porqués y más porqués. Podría llenar páginas, pero estoy segura de que quien lee ya ha encontrado notas similares o se ha planteado alguno de estos interrogantes más de una vez.

En esta situación es que fui descubriendo que todos estos cuestionamientos eran compartidos y que reunían sus respuestas en una misma corriente teórica: la feminista. Pero desde la educación recibida, feminismo era sinónimo de mujeres en tetas, reclamando incivilizadamente la cabeza de El Hombre (me permito exagerar un poco). No eran más que una banda rayando cuanta pared se le cruzara en frente. Escuché tantas veces que el feminismo era el machismo pero al revés, mientras me recomendaban que ningún extremismo llegaba a buen puerto.

En referencia volví a preguntarme (sí, una vez más), ¿de dónde venían estas definiciones?, ¿a quiénes respondían?; pero sobre todo, ¿a quién o a quiénes les eran convenientes? Y, Bazinga! Los beneficiados y productores de que dicha ideología no se extendiera eran los mismos que no pretendían (ni pretenden) cuestionar y mucho menos perder los grandes privilegios que les otorgaba la desigualdad perpetrada por los siglos de los siglos. Corresponsales de un sistema patriarcal que obtiene su mayor conquista cuando su reproducción se delega en manos de las mismas perjudicadas.

A partir de ese momento, tras reconocerme parte de ese grupo como Mujer, me autoproclamé sin vergüenza alguna y con orgullo como Feminista. Serlo conscientemente, de una vez por todas, no eliminó en su totalidad mis conductas machistas, pero sí me permitió identificarlas e incomodarme cuando éstas emergen.

Comprendí que el feminismo era, entre los caminos posibles, el que más nos representaba y visibilizaba después de tantos siglos. Con el mismo entusiasmo investigué y hallé que no tenía intenciones de eliminar al género masculino y convertirlo en jabón, sino que éste terminara de considerar al conjunto de mujeres como su propiedad. Pretendía el respeto que como personas nos merecemos. Buscaba equidad. En contraposición y a duras penas también acepté que las mujeres podemos ser machistas en niveles extremos, pero que una vez que emprendimos el camino del millón de preguntas, ya no hay retorno.

Para finalizar y así no perder la línea interrogatoria que caracteriza la presente narración: ¿por qué la existencia de ésta, en primera persona, y que no aporta más de lo que ya venimos leyendo en cualquier columna que trata género? La respuesta está en dar cuenta de la importancia de reconocernos como lo que somos sin dejar de lado el camino que hoy nos conforma como mujeres y hombres senti-pensantes con posicionamientos diversos pero claros que entran en juego a la hora de sentarse a producir. Y he aquí, en estas hojas, una parte de quién escribe.

 

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