DESDE LA CAMA

Eterno resplandor de un estudiante eterno, quien se vio asaltado por la ternura de las cartas de Gramsci desde la cárcel y encontró en ello una conversación entre la literatura y la sociología.

Por Facundo Villarruel

Me acuerdo cuando estudiaba Teoría Sociológica Contemporánea, me enganché leyendo unas cartas de Gramsci a Tania, las que venían en la Antología. Era algo marginal, creo que se habían equivocado al fotocopiarlas ya que no estaba en el programa, formaba parte de lo “personal” de Gramsci. No era parte de sus reflexiones acerca del poder o la revolución.

Como siempre me pasa me intereso más por lo que resulta marginal, aquello que no viene al caso, que no es pertinente. Es un poco como los experimentos disruptivos de Garfinkel en los cuales una persona al despedirse de otra dice: Hola!

Resulta que Gramsci (Nino para los amigos) contaba que había fabricado una pelota de trapo para su hijo que cumplía años. También que uno de los guardacárceles le había aflojado las esposas porque lo reconoció como el “famoso diputado”. Lo que quiero decir es que esas cartas tienen una riqueza de sentimientos… no olvidemos que Gramsci había estudiado filología y en esas cartas muestra sus cualidades literarias.

Se me ocurría todo esto en la cama, que es el lugar donde se me ocurren las mejores cosas. A Kafka se le ocurrió la Metamorfosis en la cama. Traigo a Kafka ya que hace poco pasé por una librería y vi el título: “Cartas a Milena”. Lo confundí con Gramsci, será que inconscientemente veo muchas semejanzas entre estas dos figuras. Los imagino conversando en un café, ¿en qué idioma? entre el checo y el italiano hay un abismo.

La Metamorfosis expresa los sentimientos de inferioridad de Kafka, inferioridad que confiesa Gramsci en una carta a Julia. ¿Por su pequeña estatura? En el caso de Kafka queda muy claro su tema con la delgadez y la debilidad física en comparación a su padre, tal como nos cuenta en “Carta al padre”. Robert Merton cuando contrastaba la madurez de las ciencias físico-naturales con la inmadurez de la sociología utilizaba la metáfora de un niño que compara sus brazos delgados con los brazos musculosos de sus hermanos mayores. Curioso, ya que Merton quería desembarazar a la sociología de esa profusión de palabras tan propia de un pasado que la acercaba a la literatura. Esto es imposible, se trata de un ideal y como tal es inalcanzable.

Podríamos modificar un poco ese slogan “lo personal es político” y escribir “lo personal es sociológico”. Lo que viene dándome vueltas es cuánto influye lo personal en las teorías sociológicas. Iba caminando por la quinta sección y pensaba en la palabra teo-ría y no pudo dejar de resonar, como el órgano Bach, el “Teo”, el Dios, en esa palabra. Queremos llegar a Dios por los angostos caminos de nuestra condición subjetiva. Ahora, el chabón Merton, antes referenciado, largó la idea de usar “teorías de alcance intermedio”. ¿Se imaginan a un dios de alcance intermedio?, no me refiero al “pequeño dios” que Spinetta invoca en Cementerio Club; sino a un dios intermedio, a un Dios de clase media, al que no le correspondan todas las responsabilidades de un Gran Dios. En este sentido, el Gran Dios, la Gran Teoría del Gran país del norte. ¿Todo muy grande no? Pero pensemos que vino luego de la Gran Depresión, luego de la Segunda guerra que sucedió a la Gran Guerra. ¿Quiere decir que la Segunda no fue tan grande? O sea que, como en las películas, las secuelas no son mejores que las primeras. Salió por ejemplo Transpoiting 2, no la he visto. ¿Estará tan buena como la primera?

Pero bueno, tampoco me quiero ir tanto por las ramas. Como le gustaba decir a un profesor nuestro: me voy por las ramas y me bajo en otro árbol. A este profesor, introductor de Althusser, no le gustaba mucho Gramsci y su historicismo. “Weber era un historicista culiado” nos decía en los pasillos… mentira, esto último lo soñé. Pero sí nos enseñaron que Weber y Gramsci eran historicistas, claro que de palos distintos. La estructura y la historia, Althusser y Gramsci, la acción y sus condiciones. Bien podría ser el leitmotiv de la sociología. ¡Vaya problema! Sin embargo esta cuestión no es patrimonio exclusivo de esta joven y hermosa ciencia; me atrevo a clamar que signa a la filosofía.

Un simple animal que habla, un ser parlante que juega a ser Dios, eso me hacen pensar últimamente los teóricos, muy parecidos a los teólogos de Borges. No puedo dejar de pensar en Parsons, por ejemplo. Alexander lo iguala a Hegel por ese Leviatán que creó y que pretendía devorar el todo social en su comprensión. Justamente Parsons parte del problema del orden social que plantea Hobbes: ¿cómo es posible que exista un orden social siendo que cada individuo sigue sus propios intereses?

Los grandes temas, lo general, la Historia frente a los márgenes, lo pequeño, lo austero, o sea, esa pelota de trapo para Gino o esa fragilidad corporal de niño checoslovaco y judío. Pienso en ese cuento de Kafka en que un hombre golpea a las puertas de la Ley y no lo dejan entrar. Ya Zizek asoció a Kafka y a Weber en su obsesión común por la burocracia como un orden que devoraba al individuo.

Por último, resulta interesante preguntarse si la adhesión de Gramsci al marxismo está asociada a sus sentimientos de inferioridad ya que el marxismo plantea la emancipación de los oprimidos/inferiores. Aquí hacen su entrada en este teatro caótico, las líneas de un tal Freud, quien sostuvo en su Psicología de las masas que ingresar a una agrupación contrarresta la neurosis obsesiva.

En Montevideo hay poetas. Nada les importa ya mientras escriban su neurosis obsesiva. Sé que este artículo puede parecer embrollado y sin sentido, y quizás así sea, pero no carecen las cosas de sentido en el fondo, si es que hay un fondo. Ríos de tinta corren mostrando nuestra estulticia escribe Gramsci en una nota acerca de la pregunta de si Marx era marxista. La misma estupidez he querido mostrar aquí como el rey que se pasea desnudo ante su pueblo. Dicha estupidez ha dado buenos frutos. Recuerdo que Laclau escribió sobre el “Sublime objeto…” de Zizek que era un texto “estructural” ya que no construía una totalidad coherente sino que deconstruía el sentido. Abrir una herida al narcisismo de la sociología con el puñal de la literatura puede crear nuevas posibilidades.

 

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