CUPHEAD, HIPOTECAS Y MORALINA BURGUESA

Un intento de explicación de cómo la ideología neoliberal afecta el deseo y nos hace pensar, decir y hacer pavadas.

Por Pablo Dartsch Dreidemie

El pasado 29 de septiembre, Studio MDHR lanzó por fin al mercado el tan esperado Cuphead, un videojuego de plataformas 2D con un apartado visual basado en las caricaturas de los años ’30 y una banda sonora inspirada en la misma época. El mismo se encuentra disponible para Microsoft Windows, Xbox One, GOG y Steam a un precio de US$20.

Cabe destacar que el videojuego fue anunciado en la E3 del año 2014 (la convención más importante de esta industria). Luego de tres años de espera, mucho laburo y generación de expectativas, el lanzamiento de Cuphead fue exitoso, superando el millón de ventas el dia 13 de Octubre del corriente.

Dentro de la producción del videojuego es menester hablar sobre un aspecto. Studio MDHR, fundado por Chad y Jared Moldenhauer, contaba en un primer momento con solo tres personas, y el trabajo en el proyecto estaba limitado a los fines de semana. Luego de las respuestas positivas que tuvieron al mostrar un avance del juego en la E3 del 2015, los tipos decidieron renunciar a sus laburos, hipotecar sus casas y dedicarse completamente a la producción de Cuphead. Con esa plata, Studio MDHR contrató a la gente necesaria para poder realizar el videojuego que tenían en mente desde un principio, y actualmente cuentan con alrededor de 20 empleados. Para que se de una idea, esta es la diferencia entre el videojuego en 2015 y en 2017:

Versión 2015:

Versión 2017:

Ahora bien, hay varios puntos sobre el juego que van más allá de su gráfica, jugabilidad o banda sonora, sobre los que me interesa hablar un poco, entre ellos el bullying que recibió un crítico de videojuegos por tardar 3 minutos en un tutorial de 30 segundos, pero en este artículo me voy a limitar a hablar sobre la “gran apuesta” y “audacia” de los hermanos Moldenhauer a la hora de renunciar a todo para poder terminar el juego soñado.

Al respecto, una confesión: hace un par de días terminé de jugar Cuphead con mi hermano (es genial, lo recomiendo), y no voy a mentir, descargué una copia más trucha que la de Windows 10 que uso todos los días. ¿Me siento culpable al respecto? Para nada. ¿Debería? Según varias personas en internet, sí, por diversas razones.

En primer lugar, existen en la comunidad de videojuegos varias posturas frente a la piratería. Estan quienes, como yo, no tenemos un peso partido al medio o preferimos gastarlo en algo que es mas urgente (las fotocopias de la facultad estan caras, y 20 dólares son como 350 pesos, denme un respiro). Por otra parte, estan quienes encontrándose en una situación similar, juntan las monedas y lo pagan igual. Y por último estan los paladines de la Moral, quienes sostienen que la piratería es un delito y que además es algo Malo por naturaleza.

Bien, perfecto, siempre hubo que leer a esta gente tratando de cagarnos a pedos cual si fueramos niñxs que toman decisiones erradas. El problema surge cuando se juntan la discusión siempre presente sobre la piratería con el aspecto que mencionaba más arriba sobre el caso particular de Cuphead, a saber, la hipoteca

cuphead1

En mi vida había visto a tantos moralistas juntos en un mismo lugar. Leer a gente que ayer pirateaba cuanto juego se le aparecía en frente decir que descargar una copia trucha de Cuphead “es de Mala persona” y “una falta de respeto a los desarrolladores”, que “miralos, hipotecaron su casa”, “cómo vas a ser así” y blablabla…

Surge entonces la duda: ¿Cuál es el trasfondo de estas ideas? Mas de lo de siempre, me temo: el ideal del emprendedor, esa persona que es capaz de arriesgar todo para lograr su empresa, su “sueño”. La figura del empresario exitoso despierta respeto y alabanza en la sociedad en tanto que modelo ideal del ciudadano perfecto de la razón neoliberal. Quien triunfa en los negocios, luego de una apuesta de gran magnitud, es adorado como un dios. Es el self-made man.

Hay que destacar, sin embargo, que es gracias al éxito de Cuphead que el hecho de la hipoteca presenta a los hermanos Moldenhauer como dos “aventureros”. Pero pensemos un momento en qué impresión hubiera causado si el juego no hubiera alcanzado esta magnitud. Y bien, seguramente los comentarios serían del orden del reproche ante decisiones irresponsables de gente sin vistas al futuro, etcétera.

Entonces se puede entrever en esto algo más: la meritocracia. Las alabanzas a los desarrolladores tienen sus cimientos en la idea de que quienes se esfuerzan consiguen los resultados deseados, más allá de cualquier situación socioeconómica, política y/o cultural. Es lo mismo si son dos empleados de una empresa en Estados Unidos, que si son dos estudiantes de la carrera de Ingeniería en Sistemas de la UTN Mendoza sin ningún tipo de ingresos.

También podemos entender entonces por qué tanto desprecio a quienes piratean videojuegos en general, y Cuphead en particular. Y bien, US$20 es una suma que se considera aceptable o incluso baja, entonces quienes no tienen esta cantidad para gastar en un videojuego son objeto de burlas: “ponete a laburar”, “no gastes tanta plata en birra” etcétera. ¿Es importante cuánto son 20 dólares en Argentina, Chile, Cuba o Estados Unidos? Todos sabemos que sí, la situación socioeconómica de cada uno de estos países es diferente, sin embargo esto es invisibilizado rápidamente, no es relevante, “son sólo 20 dólares, ratón”.

En definitiva, la moralina burguesa inunda nuestra vida cotidiana. Estas posturas que forman parte del sentido común, a pesar de tener un surgimiento en un contexto histórico determinado, se presentan como eternas. No hay novedades, entonces. Los hermanos Moldenhauer son el nuevo ejemplo a seguir en la industria de videojuegos en la actualidad, y quienes hayan pasado por un camino similar y hayan fallado no son más que un eco lejano al cual nadie hace caso. Empresas de videojuegos como Cryo Interactive, Dinamic Multimedia y Troika Games cerraron sus puertas debido a títulos que no tuvieron la repercusión esperada o decisiones comerciales que sellaron sus posibilidades, y hoy nadie recuerda estos nombres.

Sin embargo, luego de todo este recorrido sigo sin sentirme culpable. Le pregunto a mi hermano y tampoco. Sí, nos lo hubiéramos comprado, pero la guita no está y cada uno tiene sus prioridades. Entonces, ¿moralina trascendental o pragmática inmanente? Cuando esté en oferta, me lo pensaré.

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