DE ROBINSON CRUSOE A “EN BUSCA DE LA FELICIDAD”, LAS ZARPADAS HISTORIAS DEL LIBERALISMO

¿Qué hay detrás de los conmovedores relatos que ha producido el capitalismo?¿Qué supuestos sobre lo social merodean en el fondo de esas narraciones? El autor recorre una novela y una película, dos hitazos de épocas diferentes, para indagar críticamente el ego antropocéntrico tan propio de la empresa moderno-burguesa.

Por Agu González GP

Las dos obras aludidas en nuestro título están separadas por unos 300 años de distancia, donde la ideología liberal ha ido transformándose y operando de manera cada vez más sigilosa y eficaz. Nos referimos a la famosa novela de Defoe: Robinson Crusoe, y la taquillera película de Will Smith y su hijo: En busca de la felicidad. Ambos casos, nos parece, grafican muy bien eso que los estudiantes crónicos de ciencias sociales amamos llamar, en tono sombrío, “la ideología dominante”. Es decir, aquella ideología que, si bien siempre en disputa, lleva, en criollo, las de ganar.

Independientemente de nuestro nivel de zurdaje en sangre, creo que todo/as coincidiremos en que vivimos en un sistema socio-económico y cultural cuyos ejes troncales son la propiedad privada de la producción y la venta de la fuerza de trabajo individual para comprar y vender productos en un mercado “libre”, en resumen, en el capitalismo. Este orden social en el que nos hallamos, es la consolidación del gran proyecto de la modernidad, un proyecto donde el ser humano/a comenzaría a romper con las ataduras religiosas, irracionales o metafísicas, para dar lugar a un “desarrollo” timoneado por él mismo. Sería entonces este sujeto, el que por medio de su razón y su inteligencia se abriría paso frente a una naturaleza que se avizoraba como cada vez más cognoscible.

En este punto es donde aparece nuestro héroe burgués, pura sangre inglés: el ya mencionado Robinson Crusoe. O, para ser fieles al título original de la obra, hace su entrada: La vida e increíbles aventuras de Robinson Crusoe, de York, marinero, quien vivió veintiocho años completamente solo en una isla deshabitada en las costas de América, cerca de la desembocadura del gran río Orinoco; habiendo sido arrastrado a la orilla tras un naufragio, en el cual todos los hombres murieron menos él. Con una explicación de cómo al final fue insólitamente liberado por piratas. Escrito por él mismo. Como veremos, si la burguesía ya se erigía hegemónica y comenzaba a dominar la cultura con títulos como éstos, podemos imaginar lo eficaces y sutiles que pueden llegar a ser sus formas actuales.

La pregunta a hacerse, en este punto, rondaría acerca de qué es lo especial de esta historia que, en mayor o menor medida todas/os hemos oído hablar ya a más de tres siglos de su publicación. Lo rico de la obra del inglés Defoe, considerada una de los primeros best sellers de la historia, reside en su divertido e inofensivo contenido “aparente” y en  la enorme divulgación y alcance que adquirió en un mundo que comenzaba a conectarse.

Robienson Crusoe

Nuestro querido purasangre, Robinson para los/as amigos, tiene la desgracia de naufragar en altamar y la fortuna, a su vez, de ser el único sobreviviente de la misma y arribar a una isla desierta y salvaje pero muy rica en recursos. Crusoe, como buen exponente de la burguesía en ascenso había emprendido el viaje rebelándose contra su padre (¿O el viejo orden?) que quería para él una vida tradicional y tranquila. Desafiando dichas viejas ataduras y siempre poniendo por delante la aventura, es que arriba a una isla donde, con dedicación y esfuerzo, guiado por el cálculo utilitario que expresa su razón, nuestro héroe se volverá amo y señor de la isla, modificándola mediante cultivos y construcciones e, inclusive, cobijando bajo su grandeza a un esclavo negro que rescata de unos malhechores. Hacia el final de la obra nos encontraremos con una isla, ya completamente sometida a la grandeza y racionalidad de Robinson.

Emprendamos, aquí, un pequeño salto temporal de tres siglos, porque el tiempo señoras, señores, se empeña en transcurrir y la historia en abrirse paso. Cambian, se adaptan y transforman, personas, cosas e ideas. Y la ideología liberal no es la excepción. Analicemos, así, otra estación en el camino de la producción de su ideología: llegamos ahora al caso de una película, un hermoso y emocionante film que llega a tocarnos en lo más hondo de nuestra sensibilidad: “En busca de la felicidad”.

A priori, podríamos anotar dos puntos a favor del liberalismo respecto a sus antiguos mecanismos de reproducción ideológica. El primero es que el título mejoró muchísimo. El segundo, la adaptación a las nuevas formas de difusión de la cultura y el entretenimiento con la tecnología de por medio: pasamos de la novela a la película. Y yo me atrevería a mencionar un tercer puntito: nuestro protagonista será ahora un afroamericano, que pasó de ser esclavo/siervo en el siglo XVIII a protagonizar una película él solito en el siglo XXI (año 2006). ¿Qué otro sistema social permite semejante movilidad social ascendente?

En esta película, que debo decir, si quien lee aun no lo ha notado, me encanta, encontramos una misma continuidad ideológica y argumentativa con Robinson Crusoe pero, ¡ahora chicos/as, en calidad blue ray y mucho pero mucho más cool! Como dijimos anteriormente, los mecanismos ideológicos operan (y cada vez más) a través de formas sutiles, de ahí su efectividad e invisibilidad.

Nuestro nuevo héroe, entonces, se embarca también en una aventura solitaria, bastante menos ambiciosa geográficamente pero tanto o más romántica en sus intenciones: aquí también busca sobrevivir pero ante todo sobrevivir para y por un hijo (que además es un pequeño afro megatierno). ¿El escenario? Un poco más poblado de lobos salvajes que esa inhóspita isla: nuestro nuevo héroe deberá abrirse paso ahora frente a los lobos de Wall Street. Y lo hará solo contra el mundo, porque eso es lo que se esconde detrás de un sistema que postula como sitio privilegiado de las relaciones sociales, el mercado: para relacionarte allí se necesita entrada y esa entrada, será la divisa de turno, el dinero.

Nuestro galán Chris Gardner (Will Smith) será abandonado inclusive por su mujer porque no estaría cumpliendo con el valor central de la jungla: el éxito. Chris es claramente un fracasado, pero es allí donde la película desnuda a su vez su ideología y donde toca nuestra fibra sensible: quien quiere y se esfuerza muy duro, lo logrará. En palabras de Chris: “Nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo, ni siquiera yo. Si tienes un sueño, tienes que protegerlo”. ¡Her-mo-so!… Heart-breaking.

Entre las adversidades que Will enfrentará tenemos insomnio, hambre, precarización laboral, robo, el ya mencionado abandono y un “negreo” (casual o no) y “pisoteo” constante por parte de jefes y superiores. ¿La solución? Una sonrisa radiante, fuerza física y psicológica inmensas, pérdida casi completa de la dignidad, esfuerzo y perseverancia. Al que cumple los dictados de la meritocracia y es suficientemente paciente, le llegará su turno de adquirir un trabajo formal con los derechos y prestaciones pertinentes. Quien no lo obtenga, pues no se habrá esforzado lo suficiente.

Los elementos comunes de ambas obras son varios. Son ambas, empresas emocionantes, heroicas pero sobre todo y fundamentalmente, hazañas individuales. Nos están enseñando, nos están advirtiendo: “¡Cuidado! Nadie nos regaló ni nadie te regalará nada, estás solo porque esa es la manera en que las cosas funcionan”. Mejor dicho, la mejor manera  encontrada, de los sistemas que han existido, de procurar una justa distribución de las riquezas.

El paralelismo trazado busca hacernos indagar sobre el supuesto contenido “neutral” y “despolitizado” del arte y la cultura en general, principales armas formadoras de opinión en nuestras sociedades. La postura de la presente nota sostiene que todo se encuentra atravesado por la ideología y que nada hay más ideológico que aquello que busca presentarse como “puro” o como verdad incontaminada.

Asumir que tenemos un lenguaje y una ideología que “nos hablan” (hablan por nosotros/as) es el primer paso para reflexionar acerca de qué es lo verdaderamente propio, de nuestro pensamiento. También es asumir que los mecanismos ideológicos cambian, se embellecen, se pintan de negro y de multiculturales, pero que en el fondo siguen dándonos de mamar, casi siempre inadvertidamente, ideología. No es casual ni azaroso el continuo bombardeo al que estamos sometidos según el cual todo depende de nosotros, de nosotras individuos aislados, que debemos esforzarnos (¿todo/as igualmente?) para lograr el éxito.

Es también entender que aquellas robinsonadas que supo advertir Marx en la “neutralidad” de ciertas obras, pueden mutar en willsmithsonadas, pero que aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Y es, igualmente, ver que lo construido históricamente, aunque nunca ingenuamente, es susceptible de ser deconstruido, para construir, tal vez, algo mejor. Entender, en definitiva, que a la permanente y casi omnipotente relación de conexión, siempre le cabe su contraparte: la desconexión.

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