BELIEVERS 2.0

¿Por qué creemos lo que creemos? ¿Son todas las opiniones válidas? ¿Tenemos los acuarianos una tendencia natural al empirismo? Lo que nos dice la psicología al respecto.

Por Santiago Beloqui

Lo virtual y lo real. Esta dicotomía tan de los 2000 nos ayudó durante un tiempo a describir y entender los nuevos modos de interacción social que surgieron con internet y que se consolidaron durante la década pasada. Hoy en día tenemos muy en claro que lo virtual también es real. Y no sólo en el plano de las interacciones personales, sino también con respecto a las nuevas formas de expresarnos y hasta de militar y hacer política.

Las redes sociales nos permiten dar a conocer nuestra opinión acerca de cualquier tema imaginable. Desde lo que consideramos un gobierno realmente democrático hasta si creemos que la pizza puede llevar ananá, todo lo podemos compartir con nuestras personas allegadas y no tanto. En un contexto social donde las ideologías parecen estar cada vez más polarizadas y los grises no abundan, “Bueno, es mi opinión” se convirtió en el nuevo fundamento preferido.

Todos tenemos una forma particular de ver e interpretar la realidad. Desde que nacemos, y principalmente durante nuestra infancia, vamos creando un esquema del mundo a través de los distintos aprendizajes que vamos incorporando. Podríamos decir que somos el conjunto de aprendizajes que hemos interiorizado a lo largo de nuestra vida. Y con “aprendizajes” no me refiero sólo a la información que nos transmiten nuestros padres o la escuela, sino a todas las ideas que tenemos acerca de cómo funciona la realidad, las cuales hemos desarrollado en parte observándola.

Estas creencias pueden ser acerca del mundo, de las otras personas, y también acerca de nosotros mismos. Así, podemos pensar que somos inteligentes y capaces, o que somos unos inútiles. Algunas creencias pertenecen a las denominadas “creencias centrales”, que son aquellas que tenemos más interiorizadas y por lo tanto son las más difíciles de poner en cuestionamiento. “Matar está mal” podría ser un ejemplo, en el mejor de los casos.

Las primeras décadas de vida son fundamentales en el desarrollo de nuestra visión de la realidad, porque es en esta etapa donde poseemos nuestro mayor nivel de plasticidad neuronal. La plasticidad se refiere a la capacidad que tienen nuestra neuronas de crear nuevas conexiones entre ellas, y por lo tanto de generar nuevos aprendizajes.

Esta característica se encuentra presente durante toda la vida, aunque varía según la etapa que estemos transitando. Esto es lo que nos permite seguir aprendiendo incluso hasta nuestros últimos días. Si bien existe cierta estabilidad en lo que somos, la trillada afirmación de que “las personas no cambian” parece ser más el comentario de un corazón roto que una realidad.

El ambiente de crianza no es el único factor que influye, sino que vamos a ir modificando (o no) nuestras ideas de acuerdo a los diferentes ámbitos de los que vayamos formando parte a lo largo de nuestra vida, y de acuerdo a los reforzamientos a los que estemos expuestos en esos ambientes. Estos reforzamientos son actitudes y conductas de los demás que sentimos que nos “premian” por nuestra forma de pensar. Que nuestro interlocutor asienta mientras estamos hablando, una sonrisa o incluso que nos feliciten explícitamente por nuestro modo de ver las cosas son refuerzos que mantienen nuestras creencias. En estos tiempos de hiperconexión ni siquiera es necesaria la presencia física de la otra persona: un like en nuestro micro ensayo de 40 palabras acerca de lo importante que es #Soltar y #PerseguirTusSueños es suficiente.

Lamentablemente, en este sentido hay algunas cuestiones que pueden dificultar la adopción de una actitud crítica. Por un lado se encuentra el hecho de que nos inclinamos a rodearnos de gente que ve las cosas de forma similar a nosotros. Esto puede desembocar en un reforzamiento mutuo en forma de bucle infinito que desintegre el universo, o en la más probable situación de que no hablemos con muchas personas que piensen diferente y por lo tanto no conozcamos profundamente otras posturas.

Por otro lado, resulta que tendemos a percibir y recordar con más facilidad aquello que concuerda con nuestras creencias, y descartar aquello que las contradice. Las cábalas son un claro ejemplo de esto. Recordamos perfectamente las veces que usar la ropa interior al revés “ayudó” a que nuestro equipo de futbol favorito ganara el partido, pero no las veces que, a pesar de que nos sometimos a la incomodidad de un calzoncillo dado vuelta, nuestro equipo perdió. Esto sostiene la idea de que efectivamente este ritual de dudosa dignidad tuvo alguna incidencia en el resultado final.

Somos especialistas en establecer relaciones de causalidad donde no las hay. Probablemente si nos encontramos de forma continua ante una gran cantidad de evidencia contraria a nuestras creencias estas comiencen a ponerse en duda, pero una concordancia casual cada tanto es suficiente para reforzarlas y mantenerlas.

Hay ciertas creencias que son fácilmente verificables. Por ejemplo, si yo creo que la Estatua de la Libertad es más alta que la Torre Eiffel, perfectamente puedo ir, medirlas y comprobar si esto es cierto, o ahorrarme unos pesos y buscarlo en Wikipedia, porque es probable que ya alguien lo haya hecho antes. Pero hay algunas que no son tan simples de verificar, ya que corresponden más al plano de lo que subjetivamente denominamos “lo subjetivo”. Lo que yo considero lindo y feo, o bueno y malo, responde a los criterios estéticos o éticos que he construido, claramente influidos por los que tiene una sociedad determinada en un momento determinado, pero que perfectamente pueden diferir de los de otras personas que pertenezcan al mismo grupo.

Simpsons

¿Debe ser legal el aborto? La respuesta seguramente va a variar según como conceptualicemos la sexualidad, la vida, e incluso el ser persona. Lo que muchas veces se nos escapa, es que si bien todos tenemos derecho a tener un opinión propia, eso no garantiza la validez de esa opinión. Yo puedo opinar que legalizar el aborto va aumentar el número de las mujeres que recurran a él, sin embargo la evidencia nos dice los contrario.

Si bien la pregunta acerca de la Torre Eiffel podemos resolverla perfectamente desde el ámbito de la ciencia, tal vez la pregunta sobre el aborto le corresponda a la filosofía, y puntualmente a la ética. Determinar lo que está bien o está mal no es tan simple como medir una estructura de hierro.

Sin embargo, las ciencias nos pueden proveer información para desarrollar un punto de vista mejor fundamentado. Si sabemos en qué momento de la gestación el embrión desarrolla su sistema nervioso, o cuáles son las consecuencias psicológicas y físicas que experimenta una mujer al someterse a un aborto de forma clandestina, podremos tomar decisiones que no estén desligadas de la realidad y sólo basadas en nuestra opinión.

Este tipo de preguntas tiene muchas respuestas posibles, pero lo que es seguro es que la que elijamos como la correcta va a afectar drásticamente a las personas que se encuentren en la situación sobre la que estamos discutiendo. En estos casos lo ideal sería un debate que nos permitiera construir una respuesta de forma conjunta como sociedad. La seriedad de este debate sería directamente proporcional a la solidez de los fundamentos que se utilicen para sostener las diferentes posturas. Lamentablemente, sabemos que muchas veces lo ideal dista de lo real.

Poner en duda nuestras creencias es complicado, pero es un ejercicio que nos aleja de los dogmas y de las visiones sesgadas de la realidad. Hay dos preguntas a las que todavía no encontramos respuesta: si existe una única verdad, y en el caso de que exista si es posible conocerla. Tal vez no lo sea, pero tener una postura crítica nos acerca a comprender un poco mejor cómo funciona el mundo donde vivimos. Por lo tanto, quizás sea mejor buscar una segunda fuente antes de compartir ese artículo acerca de cómo a los nacidos en febrero les cuesta demostrar sus emociones.

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