EL REY

Días inciertos transcurren en el reino.

Por Germán Dartsch Dreidemie

En la corte real, el rey charlaba animadamente con su bufón.

— Hey, Bufón, hace tiempo que no tenemos esas animadas fiestas que solíamos tener, con todas las figuras distinguidas del reino presentes, todos orgullosos haciendo gala de su porte y honores.

En la corte real, el rey suspiraba por tiempos pretéritos.

— Hey, Bufón, ¿has tenido noticias del feudo del norte? He sabido que las cosechas estaban causando dolores de cabeza a mis pobres súbditos, que una helada poco frecuente había malogrado las vides y los damascos, los cerezos y los tubérculos

En la corte real, el rey respiraba su soledad.

— Hey, Bufón, ¿cómo estarán mis nobles caballeros del este? Las últimas noticias ya son viejas. ¿Qué habrá sido de ese conflicto territorial que en la frontera amenazaba con estallar? ¿Cómo no me han llegado novedades al respecto? Alguien va a tener que responder por ello.

En la corte real, el rey esperaba sin esperanzas.

— Hey, Bufón, me tiene sin dormir nuestro territorio del sur: toda clase de malestares aquejaban allí a nuestros súbditos menos favorecidos por la riqueza, y aunque hace tiempo que no sé nada, y seguramente se deba a que la situación se ha normalizado, sigo contristado al saber que habían estallado tantas rebeliones populares contra nuestro señor de aquellas tierras.

En la corte real, el rey se hundía en su propia oscuridad, la cual emanaba a la totalidad del recinto, como una intensa luz en negativo.

— Hey, Bufón, ¿qué se sabe de la prosperidad del oeste, tan mermada en los últimos tiempos por el agotamiento de las minas que alguna vez fueron el orgullo de nuestra patria y el alimento de nuestras arcas repletas de oro? No concibo, y me indigna, que no se haya presentado ningún cónsul del condado del oeste.

En la corte real, el rey se deprimía en su soledad. Desde su trono, desde el cual hacía meses que no se movía, como si temiese perder su potestad si tan sólo se alejase un poco de él, no escuchaba un ruido. Era como si el castillo en su totalidad estuviese abandonado.

Solo un acontecimiento diario alegraba por un momento al patético rey: la visita de una pequeña ave que se posaba en la ventana junto a su trono.

— Hey, Bufón, observa: nuestro amigo ha vuelto a darnos su visita diaria. ¡Qué extraña criatura que alegra mis días, cual bendición de la providencia!. Te pido, Bufón, no me molestes por un momento, que me ocuparé de esta compañía mucho más grata que la tuya.

Como todos los días, el rey dio de comer al ave, acarició su plumaje y se entretuvo con el pequeño animal. Como todos los días, al atardecer, el ave emprendió el vuelo de regreso fuera de los dominios del rey. Como todos los atardeceres, al anochecer, el ave, a medida que se alejaba, se fue transfigurando frente a la maravillada vista del rey en un magnífico y portentoso dragón. Como todas las noches, el rey volvio a sentir todo el peso de su soledad.

— Y aquí se va de nuevo, Bufón, mi único amigo. ¿Quién crees que sea, Bufón, esta extraña ave que a lo lejos se transforma en dragón? ¿Será acaso un mensajero de que tiempos mejores están por venir, de que pronto mi reino se acordará de mí? Todas mis esperanzas vuelan sobre el lomo de ese magnífico animal.

Junto al rey, el bufón yacía inerte, como desde hace años lo ha estado.

El salón real está completamente vacío, habitado solamente por algunos cableados ya en desuso, luces que ya no encienden, y viejas videocámaras que ya no tienen quien las opere.

En el castillo, en las oficinas del castillo, en los vestuarios del castillo, en las salas de grabación, producción, posproducción y montaje del castillo, no hay un alma (aunque varios cuerpos lo habitan). Alrededor del castillo, una fuerte tormenta de arena azota al desierto que alguna vez fue un reino rebosante de vida. Sólo un proyector de efectos especiales funciona aún, trabado para siempre en la proyección diaria de un holograma.

En la corte real, el rey esperaba volver a saber de su reino.

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