LA MOSCA EN LA PARED DE CUBA

Durante más de 40 años el periodista neoyorquino Jon Alpert viajó regularmente a Cuba para retratar a sus personajes callejeros en intimidad, incluido el mismísimo Fidel. El resultado final es “Cuba y el cameraman”, un documental realmente imperdible, la mosca en la pared de la gran revolución.

Por Fernando Barraza*

01 – El prejuicio

Si te paran en la calle y te dicen que tenés que ver la película de un gringo neoyorquino, periodista freelance, que filmó durante 42 años más de mil horas de metraje en La Habana, Cuba, y que -en el aniversario exacto de la muerte de Fidel- estrena por la plataforma más yanqui del mundo un film de cerca de dos horas contando la historia de la Revolución, probablemente el prejuicio te carcoma las ganas de verla. Porque a esta altura del partido: ¿quién se quiere tomar el tiempo para sentarse a mirar otro avistaje norteamericano acerca de la gran revolución latinoamericana del siglo XX? Menos teniendo en cuenta que el deporte favorito de los gringos es criticar -por derecha y por izquierda- feroz y constantemente todo lo que la revolución cubana significa.

Teniendo en cuenta estos detalles lógicos y hasta puramente racionales, la tentación de pasar por alto este film es enorme. Pero pasarlo por alto es un gran, gran error.

02- El gringo

Jon Alpert, neoyorquino, abrió los ojos a la vida periodística a los 19 años, justo cuando Nixon declaró que no convertiría el dólar en oro y procedió a devaluarlo y cuando los países de la OPEP declararon un embargo de las exportaciones de petróleo a EEUU. La crisis fue feroz, los barrios neoyorquinos que mantenían sus pies en la clase media proletarizada, cayeron ferozmente en la pobreza. En ese contexto feroz Alpert, egresado de la secundaria, recibió por parte de sus padres un regalo extravagante y de vanguardia: la primera cámara portátil a VHS del mercado, importada de Japón.

Así el muchacho citadino, cámara transportable en mano, entendió a la perfección que mucho más que poseer un juguete onanista y voyeur, se estaba empoderando para abrir una ventana al registro social concreto. Filmando todo lo que se manifestaba frente a sus ojos, podía mostrar lo que las grandes cadenas pasaban por alto o manipulaban a piacere. Por eso filmó huelgas, refriegas estudiantiles, asambleas públicas de vecinos y trabajadores en desgracia y todos los quilombos que se les ocurran imaginar en aquellos agitados días de crisis del petróleo.

Una tarde, tomando registro de la construcción de un plan de viviendas impulsado por una cooperativa del Bronx formada por laburantes hartos de no tener techo, llegó a la conclusión de que mucho de lo que él consideraba como justo en esta vida era… ¡socialista! De allí a hacer las valijas y partir a filmar la revolución socialista más cercana a su barrio hubo un solo paso.

Durante el otoño de 1974, Alpert viajó por primera vez a La Habana para rodar por primera vez lo que le llevaría 42 años de laburo ininterrumpido: la gran revolución socialista del siglo XX.

03 – El tono

Hay films que necesitan forma, otros dinámica, otros sustancia. En “Cuba y el cameraman” hay forma y sustancia, pero es el tono lo que la convierte en única y -cómo no- irrepetible. Para lograr este tono original, Jon Alpert, cronista intuitivo preparado en la universidad del registro directo en las calles, no busca la conceptualidad artificiosa que los hijos de las grandes escuelas de cine y arte de NYC intentarían imprimir en un documental, aun cuando el tema central de su película es la siempre compleja, resbaladiza y eléctrica revolución socialista protagonizada por los vecinos de una pequeña isla lindera al imperio, quizás la más aguerrida del planeta. Lejos de caer en el lugar discutido, pretencioso y sentencioso, Jon elige apostar a la proximidad íntima, un tono aparentemente naif y completamente subjetivo pero muy efectivo a la hora de transcurrir el relato. Cada uno de los personajes que se cruzan frente a su lente en Cuba se topan con el mismo Alpert: el del tono ingenuo pero profundo, ágil y directo, ya sean éstos pequeños niños de las calles de La Habana vieja, granjeros del campo más “padentrano” de la isla o… el mismísimo Fidel Castro.

04 – Y en eso llegó Fidel

La irrupción de Fidel en escena dentro de la película se da desde el segundo cero del film, que comienza con una subjetiva de las calles de La Habana repletas de gente en su funeral.

Fidel no está allí, al menos no en la manera occidental y capitalista en la que las personas deben “estar presentes”, pero su figura está en las lágrimas, en los carteles que el pueblo sostiene y en los gritos de victoria de la gente desconsolada. Los primeros instantes del documental son minutos en los que, sin que medie más que una placa, asistimos directamente y sin preámbulo al “estilo Alpert”, el mismo que estará presente durante todo el film. Escuchamos su voz nasal, vemos sus brazos saludando gente, escuchamos su congoja, comenzamos a entender su impronta espontánea, vemos a la gente pasar frente a su lente subjetiva y escuchamos a un pueblo vivar al comandante (inmortal en su muerte).

Luego la imagen funde a negro y retrocedemos 42 años en la historia de Cuba que -en el microespejo de una pequeña isla rebelada- también es la historia del planeta.

Jon Alpert filmó Cuba desde su mayor era de apogeo, durante el primer lustro de los setentas. Todos los 60’s fueron años de tensión para la joven revolución. Bahía Cochinos y la crisis de los misiles fueron los hechos más salientes y extrovertidos de aquel periodo de convulsiones internas pletóricas de ataques externos, pero no fueron los únicos acontecimientos que pusieron en tensión interna al socialismo castrista. Por eso, puertas adentro, la verdadera consolidación del modo de vida revolucionario, el esplendor total de la vida socialista cubana, llegó en los primeros setenta, justo cuando Alpert desembarca en Cuba con su cámara de mano. Curioso e inquieto, prende la cámara al bajar del bote y es arrestado a los minutos de haber entrado a la isla. “Ustedes están locos, tienen un país hermoso y lo esconden”, les dijo. Dos horas más tarde ya estaba filmando las primeras horas de 42 años de rodaje.

Su recorrido comienza por las calles de La Habana vieja, filmando a Caridad, una niña que jura que de grande será enfermera. Luego se va al campo, allí es donde conoce a cuatro hermanos de entre cincuenta y sesenta años que trabajan la tierra con una alegría contagiosa como si aún estuvieran en el siglo XIX. Los acompañará hasta su muerte, cuando lleguen casi a los cien años de edad.

El tercer protagonista que no tarda en aparecer (ahora sí “en persona” y con todas sus luces encendidas) es el Comandante en Jefe del Ejército Revolucionario, Fidel Alejandro Castro Ruz, quien -en medio de una de las miles de apariciones públicas en las calles de La Habana durante un acto de gobierno- siente curiosidad por aquel gringo “colado” que observa filmar todo, acompañado de un carrito de bebé donde lleva cintas y baterías para la cámara. Fidel se arrima hasta donde está Alpert y con su característica sonrisa bonachona le pregunta quién es y qué hace con ese carrito, en esa situación extravagante. La respuesta del gringo es sintética y tan rápida que Fidel no alcanza a notar cómo solo en veinte segundos… ¡ha comenzado a darle el primer reportaje de su vida a un periodista norteamericano!

A partir de ese primer encuentro, Alpert se cruzará con Fidel una decena de veces en las que departirá con el comandante con humor, cariño fraterno y una importante y picante cuota de ironía bilateral, aprovechando cada ocasión para hacer micro-entrevistas que harán las delicias de usted, querido/a lector/a que -no me caben dudas- algo tiene para decir sobre lo que Cuba ha significado para la historia de Latinoamérica.

Esta apelación es importante, querido/a lector/a, porque por más que usted sea un “cubanófilo” empedernido y haya estudiado cada aspecto de la revolución, permítame advertirle que nada parecido a lo que va a ver en esta película ha visto sobre Fidel hasta el momento. No es que usted vaya descubrir a un Fidel desconocido, todo lo contrario: usted va a refrendar lo que ya piensa sobre el comandante, pero lo va a hacer desde un lugar de intimidad que lo sorprenderá muchísimo.

El bueno y naif de Jon Alpert logró colarse en momentos históricos decisivos, como cuando plantó la cámara dentro del avión que llevó al comandante a la ONU en 1979, y no solo eso, sino que siguió a Fidel hasta la habitación de su hotel, y no solo eso, sino que también lo filmó haciendo chascarrillos mientras se acuesta vestido en la cama del hotel, y no solo eso, sino que convenció a Fidel de no tomar una cerveza antes de ir a dar su ahora emblemático discurso de política internacional que se ha convertido en uno de los más famosos en la historia grande de la humanidad.

El nivel de proximidad que logra Alpert (con Fidel y con todos sus entrevistados) es tan intenso que por momentos logra romper el contrato de desconfianza o la distancia ideológica que el público suele tejer cada vez que mira un documental.

05 – La grieta global

Si todos los motivos expuestos en este artículo no le contagian el entusiasmo que manifiesta quien firma esta nota por ver la película, probemos con un último abordaje: el político. La gran sorpresa es que, en la tarea árida de tomar una lectura política sobre la película, también nos vamos a sorprender un poco y -por qué no- hasta nos vamos a divertir en el camino.

Si nos cernimos al mensaje directo de su realizador, podemos tomar en cuenta las declaraciones que efectuó sobre la espera de un año exacto tras la muerte del comandante para estrenarla globalmente en Netflix, según él mismo dice “un claro signo de respeto en memoria de una de las personalidades salientes del siglo XX”. Económicamente le hubiera redituado mucho más haberla estrenado ni bien murió Fidel. Pues no, esperó un año, y algo nos está diciendo en esa espera.

También podemos analizar de qué manera encausó la comunicación, la prensa oficial del lanzamiento, revisemos el tag-line (frase publicitaria) que escogió para difundir el trabajo en el mundo entero: “Un experimento social que enfureció e inspiró al mundo, y que sigue haciéndolo en la actualidad”. Vuelva a leer, revise la frase con detenimiento y fíjese qué le sugiere. Es, cuanto menos, inteligente e interesante.

Si nos cernimos al grueso de la crítica especializada norteamericana, vemos cómo en lo político, los críticos básicamente se manifiestan… mareados. No existe en New York, Los Angeles, San Francisco o Washington (los cuatro polos culturales salientes de USA) crítico que se anime a dar un veredicto maniqueo sobre lo que la película “dice” políticamente, ninguno puede encasillar la obra de Alpert en un cajón de abierto pro o cernido contra. Sí se animan los críticos más anticastristas de los medios de Miami, que no escatiman argumentos defenestrantes para con la cinta. Pero eso; eso era tan predecible…

Luego está el hueco por el cual usted se cuela a ver políticamente el film. El espacio que Alpert le deja para que usted mismo arme lo que verdaderamente piensa sobre el devenir histórico de la revolución cubana es notable. Alpert no es Kusturica, ni Oliver Stone, no es de esos documentalistas que atan un paquete cerrado con el que uno adhiere o rechaza, porque otra posibilidad no queda. El camino del gringo es más parecido al que planteó el francés Jean Rouch durante las década del cincuenta al setenta del siglo pasado, ese cine de antropología visual donde mirábamos a los protagonistas como si fuéramos moscas en la pared, recién llegados a un universo tan real como cercano, desconcertados, hasta desnudos para la ocasión.

Finalmente está el contexto en el que el público argentino puede ver este film, en días como los que vivimos en Argentina, con un Estado que -a través de sus principales protagonistas en los tres poderes- avala el segregacionismo étnico, el asesinato de las fuerzas de seguridad del Estado y agita fantasmas de terrorismo sobre quienes piensan el mundo de otra manera, que exista la posibilidad de ver un trabajo sobre un tema tan emblemático, tratado de una manera tan libre, es gratificante y nos permite reflexionar más de una idea y más de una acción posible. El film de Alpert, más allá de la grieta global que han inventado peyorativamente los poderosos, es una invitación a la reflexión seria a través de un recorte cinematográfico de una de las historias más apasionantes que recuerde y recordará este pequeño planeta plagado de monitos parlantes que, con cierta sofisticación, juegan el básico juego del ganar dinero.

Para terminar: tiene el mejor final, el más emotivo, que usted haya visto en años. Pruébela, hágame caso, no la olvidará en mucho tiempo.

 

* Artículo publicado originalmente en Va Con Firma Mendoza

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