LA DESGRACIA

No llames a la desgracia porque podría escucharte.

Por Agustín González

Y allí iba ella, caminando cerca de esa esquina. Allí iba ella, supongo, con treinta años a cuestas, cara de nada y andar imperturbable. O allí iba ella disfrazada de hombre, de mediana edad, traje desprendido, corbata y calvicie prominente con una sonrisa tan cínica como inverosímil.

O allí iba ella al descubierto como un simple negro

O gris

O blanco…

Creo que ya no importa, lo importante es que iba, lógicamente y como siempre, al acecho.

Y en la esquina estaba él, como una vez por semana desde hacía ya un tiempo. Allí se encontraba, recostado en el diván del luminoso e impersonal consultorio, cuando dijo lo que tanto quería decir y lo que, como pronto comprobaría, nunca debería haber dicho.

Allí estaba él, en ese insignificante consultorio para el transeúnte distraído, cuando sus destinos se unieron tan fatídica como inevitablemente.

Pero, sin embargo, cuando dijo lo que el destino pareciera haber preestablecido que dijera, no se hallaba allí, dentro de las recién pintadas cuatros paredes. No. Él se hallaba en el lugar que tanto odiaba, y donde tan cómodo se sentía. Estaba en el vaso a medio llenar de su cabeza.

No viene al caso ahora ningún tipo de especulación filosófica en torno al medio llenado/vaciado del vaso, no.

Lo importante es que ahí dentro, donde el agua le llegaba a la cintura, se agachaba (le gustaba hacerlo) y lo cubría por completo, ahogándolo.

Quizás fue en uno de esos momentos donde no aguantaba más la respiración, uno de tantos, cuando finalmente se dispuso a escupir esas palabras que lo devoraban por dentro: “Quisiera que me pasara algo realmente grave”, le dijo, se dijo.

Y ya era demasiado tarde.

Justo cuando ella o él, o negro o gris o blanco (lo importante no es la forma que adopta la desgracia) se disponía a finalizar un nefasto día plagado de optimistas, lo oyó.

Y ya era demasiado tarde.

Lejos quedaría el pequeño vaso donde se supo resfriar mojando los pies, ahora, ahora sí, conocería el verdadero mar de los tormentos.

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