EL GRAFFITI

Un dibujo en una pared casi siempre es una invitación a otro lugar.

Por Sol Frasca Tosetto

Caminaba hacia el trabajo cuando de repente vio una pintada que le generó un sobresalto. No era pornografía, tampoco las mujeres 90-60-90 de las revistas. Era una mujer como ella, con sus perfectas imperfecciones. Pero no fue eso lo que le llamó la atención. La mujer se estaba, cómo decirlo, “tocando”. Tocando abajo del ombligo, en la entrepierna, en esa palabra prohibida que siempre le dijeron que era símbolo de impureza. Pero a pesar de todas las clases de buenos modales, a pesar de todas las advertencias y del lenguaje adecuado, al verla no pudo más que exclamar, en un tono bajo pero firme: “Se está tocando la Concha”. En ese instante sintió un cosquilleo, que le subió desde el punto de unión de sus piernas hasta estremecerle el pelo. Siguió, aceleró el paso, o mejor dicho, la velocidad de sus pasos reflejaron lo acelerada que estaba su cabeza, su cuerpo, su espíritu. Entró a la empresa, se dirigió a su oficina, trató de hacer el menor contacto visual, de evitar roce alguno de piel. Detrás del polarizado de los vidrios: Respiró. Respiró profundamente, largó todo eso que pasaba por su mente en una espiración ruidosa. Se sentó, prendió la computadora, pero el lento proceso de encendido solo aumentaba la impaciencia atroz. Bajó la vista, se vio. Y el graffiti de la calle se vio reflejado a pesar del sobrio pantalón marrón. Se peleó incesantemente consigo misma, quiso borrar la imagen, censurar a la imaginación. Pero en un impulso descontrolado, sintió cómo su mano bajó lentamente, agarrando la camisa, tratando de frenar a través de cada botón, pero como fuerza mayor las falanges siguieron descendiendo, lenta pero firmemente. Hasta que llegó el momento que se anunciaba y con un poco de temblor se deslizaron por debajo de la tela, analizando el terreno, jugando a la exploración. Los ojos entrecerrados y ese cosquilleo cada vez mayor. Avanzó sin conocer el rumbo, pero con la certeza de su brújula interior. Descubrió un mundo nuevo, descubriéndose, maravilloso deseo. En ese momento no pudo más que exclamar, en un tono bajo pero firme: “Me estoy tocando la Concha”. Y ahí, nombrando su cuerpo, nombrando su placer, supo del poder de las palabras, de las imágenes y de la piel. Ahí, en medio de una oficina, acariciando su alma, floreciendo de placer, encontró el punto exacto que la hizo gritar, sin sutilezas, sin miedo a ser. Un camino de ida hacia la libertad de ser mujer.

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