LIBERTAD

 

Vis medicatrix naturae

Por Germán Dartsch Dreidemie

Ella se preparó algo para tomar. Una bebida caliente. Hacía mucho frío en la habitación.

Le dio una mirada, no con lástima sino con comprensión, a su querido, abatido en el suelo. Hubiera sido muestra de una falta de corazón dejarlo sólo en esos momentos. Se sentó junto a él. Ya habían hablado, así que no había necesidad de guardar rencores. Ya estaba todo bien, ya estaba todo en orden entre los dos. Ya nadie tendría que sufrir.

A veces es necesario tomar decisiones que duelen, pero que duelen sólo por momentos. Aunque el dolor no desaparece por el bienestar que nos causan tales decisiones. Los sentimientos no son tan simples: somos una arena de combate silenciosa, una guerrilla interna que a veces estalla hacia afuera. Es comprensible. A todos nos pasa. “No vamos a condenarnos mutuamente por eso”, pensó ella.

No vamos a condenarnos por esto — le dijo.

Él estaba sereno, ya se había calmado finalmente. Ella se mantuvo a su lado.

Llegaron antes que el resto de los camiones de la mudanza. No hacía mucho que Sol y Lisandro habían contraído matrimonio cuando el padre de Lisandro murió. Su corazón estaba en tiempo extendido desde la última operación: era algo que se esperaba. La vida es algo que va y viene.

Bueno, supongo que tendremos que limpiar este lugar antes de que nos traigan los muebles — dijo Lisandro animado.

Con la muerte de su padre, Lisandro había heredado una finca en el campo, de la que debía hacerse cargo al menos hasta venderla. El plan era venderla. Pero entretanto se hicieran los trámites de la sucesión y demás menesteres, ¿por qué no aprovechar la oportunidad para tener el joven matrimonio un lugar donde vivir? Así fue como terminaron mudándose a este pequeño pueblo lejos de la ciudad. Un cambio de aires. Nuevas oportunidades para quienes dan restart a su vida.

Durante los últimos meses de hospital del padre de Lisandro, la finca no había estado operativa, por lo cual habría que poner varios asuntos en orden con la propiedad. Por supuesto, volver a reactivarla no estaba en los planes: sólo dejarla presentable y apreciable para un posible comprador.

Amor, tenemos un problema acá — le dijo Sol.

A ver, ¿qué problema tenemos? — contestó él sin perder el buen humor.

Bueno, más bien, qué no tenemos: no hay un sólo producto de limpieza en toda la casa.

Entonces, empecemos dando un paseo por el pueblo hasta encontrar una proveduría.

¡Buen plan, Li!

El pueblo era un lugar bello, un oasis en el desierto. Por las indicaciones de algún lugareño transeúnte, la proveduría estaba a unos metros a pie. Todo allí estaba a unos metros a pie.

Sin embargo, al llegar a la proveduría, el lugar estaba cerrado. Cuatro personas estaban en la puerta: una anciana, quien lloraba; y un hombre y sus interlocutores: dos oficiales de policía. Al acercarse al lugar, una mujer del pueblo los detuvo:

Mejor no meterse: esto ha estado pasando muy seguido últimamente.

¿Qué cosa? — preguntó Sol.

Los niños, no sabemos qué pasa con los niños. Hace unos meses, medio año tal vez, cuatro amigos, de unos 15 a 17 años, salieron a divertirse. Sólo uno de ellos volvió, completamente ensangrentado y sin conocimiento de lo sucedido. Los otros tres fueron encontrados, apuñalados varias veces, con saña, con furia: las pericias incluso indicaban que habían sido apuñalados varias veces luego de muertos. Cuando la investigación avanzó lo suficiente, los exámenes de la policía, de la sangre y del arma encontrada apuntaban al único superviviente: todo indicaba que él los había matado. No había móvil, ninguna razón para que lo hiciera. Él no recordaba haberlo hecho tampoco, pero no pudo negarlo: para él todo lo que había sucedido esa noche era tiempo perdido.

Eso es horrible — intervino Lisandro.

Era por supuesto un caso aislado — continuó la mujer — pero volvió a ocurrir en una juntada de unos chicos de veinte. Eran tres. Uno mató a los otros dos. No había razón para que lo hiciera. No recordaba haberlo hecho. El patrón se repitió dos veces más, y todos empezaron a desconfiar de los jóvenes en el pueblo, y los amigos se separaron. Hoy son pocos los que se reúnen. Hay algo en la noche que posee a los chicos y los lleva a cometer esos actos atroces. Ustedes son jóvenes así que tengan cuidado con la noche.

No le hagan caso, es sólo una fanática de los rumores — otra mujer intervino en la conversación — vengan, conozco un bar a unos metros, con proveduría, que está abierto ahora.

Una vez en el lugar, la mujer se presentó:

Mi nombre es Janet, encantada. Aquí mis amigos: Jorge y Adolfo.

Dos hombres sentados en una mesa saludaron. Los recién llegados se sentaron junto a ellos.

Son nuevos, veo. ¡Linda parejita! — los saludó Jorge, un hombre corpulento de unos 30 años. Frondosa barba ocultaba casi por completo su rostro. Transmitía un sentimiento jovial, parecía una persona con la que era entretenido conversar.

Este pueblo es, bueno, un pueblo. No quiero sonar cliché pero estaría mal no advertirles lo que siempre se dice de estos lugares: apenas si hay algo interesante para hacer — Adolfo era más bajo y pequeño, de voz calmada, aunque en edad parecía mayor.

Pero este lugar es un buen lugar para matar el rato — Jorge bebió un chop de cerveza, entero. Pidió otro — incluso en la noche se suele poner animado acá. Con Janet y Adolfo nos la pasamos en este lugar todo el tiempo, así que vengan a visitarnos de vez en cuando.

¡Por supuesto que sí! — contestó entusiasmada Sol.

Entonces, ¿en qué estábamos? — intervino Lisandro.

De vuelta en casa, con los materiales de limpieza, empezaron a limpiar. El trabajo duró semana y media. Eventualmente, algunos noches salían a pasar el rato con Janet, Jorge y Adolfo.

No fue hasta que terminaron de ordenar todo que pudieron detectar una falla de funcionamiento en la calefacción: por distraídos, habían estado pasando frío. Sol empezó a sentirse agobiada y con fiebre cuando Lisando le dijo de ir al bar una noche.

Anda vos, Li, me siento bastante mal: creo que me quedo en cama hoy.

Una semana tuvo que guardar cama Sol. Semana durante la cual Lisandro salió solo cada noche, sin nada mejor que hacer a la espera de un trabajo. Cuando Sol se reincorporó a las juntadas, no se sintió entre amigos. Silencios incómodos interrumpían por momentos una conversación pulsátil. Era como si estuvieran esperando por algo, algo que de lo que ella no era partícipe, sino que al contrario: obstaculizaba. Si había habido algún tipo de iniciación a tales misterios, ella se la había perdido. Y así, dejó de asistir al bar durante las noches.

Lisandro estaba cada día más distante con Sol. Empezó a salir de día también. Durante las noches, llegaba agotado, cansado, con la mirada perdida. Cuando Sol intentó pedir explicaciones acerca de sus actividades, sólo se llevó una paliza. La primera vez que su amor le levantó la mano (para bajarla con fuerza) fue sólo el inicio de una nueva rutina.

Los días se sucedieron sin nada fuera de lo común: las ausencias de Lisandro y sus fatídicas presencias. Sol empezó a ausentarse durante las noches para evitar los golpes, ya por deporte, que le esperaban. No iba al bar. No iba a ningún lado. Sólo caminaba por las calles de tierra del pueblo, que por las noches parecía más bien un cementerio. Obviamente, un cementerio era la comparación perfecta para un lugar en el que en tan poco tiempo había tenido tantos muertos. Pero el calor del verano que por las noches refrescaba tibiamente y el canto de los grillos acompañaban sus veladas bastante bien. A pesar de todo, esas noches en soledad y errancia eran algo bello. Sol empezó a apreciar su soledad.

Una noche, los no-caminos de Sol se cruzaron con los de Janet. Se veía distinta a la acostumbrada chica de carácter divertido y sociable que era normalmente. Estaba sentada en el suelo, en la parte más alta de las afueras del pueblo: un montículo que no merecía llamarse, ni por cerca, colina. La luna brillaba fuerte, intensa y llena esa noche. Janet le dirigió una mirada a Sol, luego volvió a ensimismarse, sin dirigirle la palabra. Sol se sentó junto a ella. Durante un momento, ambas mujeres miraron al horizonte nocturno en silencio, sin emitir sonido. Janet introdujo una nota distinta a la melodía:

No volviste más — dijo en un tono monocorde.

No tengo nada que hacer ahí — contestó Sol sin mirarla.

Pensé que algo iba a cambiar con ustedes ahí, pero con tu marido sólo, es más de lo mismo.

No hay nada que hacer — a Sol no le importaba nada, ya, excepto disfrutar cada noche del paisaje nocturno.

Quién sabe. Tal vez yo te necesitaba ahí — Janet seguía serena. ¿O más bien muerta? Era como una muerta.

Ya no importa — Sol no estaba más viva.

Me hago una idea de lo que te está pasando — Janet la miraba a la cara.

Nada especial, algo que debe pasarle a todo el mundo — Sol no le devolvió la mirada ni una vez.

Existe una solución para todo, pero yo no me animo a utilizarla. Tal vez vos seas distinta. Se llama libertad.

Suena muy lindo — dijo Sol sin dar importancia.

No, es en serio, se llama libertad — Janet le agarró la cara con fuerza y la obligó a mirarla.

Libertad… ésta es mi libertad — Estaban cara a cara, pero Sol seguía apartando su mirada.

Y ésta es mi libertad — dijo Janet mientras le ponía una pastilla entre las manos — esta droga se llama libertad, y según lo que me han contado, te libera de tus ataduras: te da la fuerza y decisión para hacer lo que es necesario cuando es necesario. Si la tomara, tal vez podría confrontar a esos dos y tomármelas de este pueblo basura. Pero no tengo la fuerza, así que te la dejo: la única que tengo.

Libertad… — Sol observaba la pastilla, de un intenso color rojo transparente, entre sus manos. Cerró el puño con fuerza y se levantó — Ya me dio sueño, Janet. ¿Nos vemos otro día?

Quién sabe… — contestó Janet y volvió a su estado autista.

Sol llevaba siempre a su libertad con ella, sin saber por qué la había aceptado. Claro, como si drogarse fuera el escape. Iba a tirar esa basura, pero no se decidía a hacerlo.

Una noche, cuando estaba por salir, Lisandro llegó temprano. Sol no le habló ni se apartó: sabía lo que iba a venir. Y vino, en silencio, y con serenidad, el golpe de buenas noches. Pero sólo el primero.

Te extrañaba mucho, amor — dijo Lisandro, completamente apagado, mientras la golpeaba de forma impersonal, como poseído por la nada.

Sol sólo quería que terminara rápido así podía salir de paseo. Los golpes se intensificaron: hacía dos semanas que no la golpeaba, debía de haberse guardado bastante para la ocasión. Sol no sentía el dolor, se puso a pensar en qué sendero tomaría esta noche. Los golpes se intensificaron. A Sol se le adormeció el brazo. “Qué mal, pobre Li, no se da cuenta de que si sigue así va a matarme. No hay solución. Al menos espero que esta noche pueda salir a ver la luna. Que me mate mañana” pensó Sol, tranquila.

La luna brillaba intensamente, en la mente de Sol, brillaba intensamente. No quería morir esa noche, no quería morir hasta que pasara este ciclo de luna llena. Luego, que hicieran con su cuerpo lo que quisieran. Lisandro estaba cansado, tuvo que pararse a recuperar el aliento antes de seguir. Libertad… Sol quería la libertad de salir una última noche de paseo. Nada más.

Aprovechó la oportunidad, el entretiempo de Lisandro, para llevarse la pastilla a la boca y tragarla con saliva y algo de sangre que manaba de su labio inferior. Empezó a sentir una calma que recorría todo su cuerpo, perdió toda sensación, por un momento. “Así que esto es la libertad” se dijo, “se siente como si no tuviera cuerpo. Se siente como si no tuviera mente. Se siente como si no tuviera nada. Pero también se siente como si tuviera que tener algo. Hace tiempo que no tengo nada”. Los golpes se reanudaron. “Algo debo de tener por algún lado: vamos a buscarlo. Ah, si, tengo mucho dolor. ¿Eso es todo? Tengo mucha ira. ¿Esta es mi libertad? Pero no siento nada de odio. Tal vez deba hablar con Li sobre esto. Si, no he hablado mucho con él sobre cómo me siento. Si hablamos tal vez todo se solucione. Tan metida en mí misma estaba que no pensé en algo tan simple” resonaba Sol en su mente.

Los golpes eran demasiado intensos. La sangre de Lisandro empezó a cubrir el lugar. Los puños no eran suficientes: Sol tomó el atizador de la chimenea (en desuso) y continuó golpeándolo con eso. Lisandro ya no sentía sus piernas, sus brazos, su cuerpo. Todo se oscurecía para él. El taladro estaba cerca, ¡qué oportuno! También un serrucho: todo suma. Los brazos, fuertes tanto para abrazar como para golpear, de Lisandro, estaban completamente irreconocibles. Lisandro respiraba mucho, y muy fuerte. Agitadamente. Hasta que se calmó.

Perdón, Li, perdón por encerrarme en mí misma — sollozaba Sol — charlemos, ¿sí? Vamos a hablar y solucionarlo todo. ¿Estás con ánimos como para charlar?

Lisandro no contestó.

Estas noches, he estado visitando mucho el pueblo: he visto lugares hermosos, lugares que me gustaría que visitáramos juntos. ¡Vayamos ahora mismo!

Lisandro no contestó.

¿Estás cansado mi amor? Entonces descansemos juntos esta noche. Pobre, ¡tan egoísta soy! Nunca me puse a pensar en cómo debes estar sintiéndote vos, en qué pasa por tu mente, en qué te tiene tan extraño. ¿Ha sido difícil? ¿Has pasado por mucho? ¿También te has sentido sólo?

Lisandro no contestó.

Pero no te preocupes, yo estoy con vos, mi vida, no te voy a volver a abandonar. Ahora estamos juntos, para siempre, como lo prometimos. Dejá que tu amor te cure de tu dolor.

Se acostó junto a él, y estuvieron así por un rato, en completo silencio. Lo abrazó muy fuerte, con todo el amor que sentía por él. Hacía mucho frío. ¿En qué momento empezó a hacer tanto frío?

Hacía mucho frío. Sol tenía mucho frío. Se incorporó.

Ya vuelvo mi amor, no me extrañes mucho, ¿sí? — le guiñó un ojo, con ternura.

Ella se preparó algo para tomar. Una bebida caliente. Hacía mucho frío en la habitación.

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