LAS GUERRAS SOBRE NUESTROS CUERPOS

Las manifestaciones de violencia hacia las mujeres son múltiples y se intensifican cuando las sociedades se encuentran en medio de conflictos armados. La violencia sexual como arma de guerra representa la maximización de todas ellas.

Por Amira Denise Funez

Imagen: Mariana Calderón

A lo largo de la historia, se consideró a la violencia contra las mujeres como una consecuencia inevitable de los conflictos armados. Este hecho se remonta más atrás y se extiende mucho más por el territorio de lo que podría imaginarse. La Ilíada de Homero, por ejemplo, se inicia con un debate sobre la violación como herramienta militar; por su parte, al finalizar la Segunda Guerra Mundial se estima que más de un millón de mujeres alemanas fueron violadas por los soldados soviéticos.

En la actualidad, esta concepción naturalizadora de la violencia sexual está cambiando. En la década de los noventa los conflictos armados en la región de los Balcanes y el genocidio de Ruanda traspasaron límites irreconciliables con el respeto a los derechos humanos, lo que dio un fuerte impulso a la lucha de las mujeres contra la impunidad. El cuerpo de las mujeres se sigue violentando, pero se lo reconoce como una amenaza al desarrollo, a la paz y a la seguridad, una violación de los derechos humanos y, a partir de 2008, como un crimen de guerra y posible acto de genocidio.

La violencia sexual generalizada hacia las mujeres y niñas (que abarca violaciones, esclavitud sexual, prostitución forzada, embarazos forzados, esterilización forzada y actos relacionados) constituye una “estrategia” de guerra. Cuando se emplea como un instrumento de guerra estratégico y sistemático –como en Ruanda, Sudán, Sierra Leona, Kosovo y otros muchos conflictos–, la violencia sexual puede llevar a la destrucción cultural. Mientras que la mayor parte de la violencia durante la guerra tiene como objetivo matar al enemigo, la violencia sexual se perpetra a menudo no sólo para causar heridas físicas y humillación, sino también para contribuir a la destrucción de la cultura contraria, ya que en estas sociedades suelen ser las mujeres las encargadas de la transmisión cultural.

La vergüenza y el secretismo asociados con las heridas sexuales implican que no suele hablarse de ellas, incluso entre mujeres. A diferencia de otros tipos de violencia contra las mujeres, este suele ser “invisibilizado”, pues surge un silencio basado en imaginarios culturales e ideologías patriarcales que sugieren que las mujeres pueden evitar situaciones de abuso. A esto se suma el hecho de que en muchas sociedades se rechaza y aísla a las mujeres que han sufrido este tipo de violencia, tanto por configuraciones sociales como por el terror sembrado. La perpetuación de normas sociales que privan a las mujeres de autonomía propicia la idea de que es posible apropiarse de sus cuerpos y controlar su conducta. En conflictos armados, esta idea de apropiación y control puede cobrar formas extremas.

  • En  el marco  jurídico aplicable en Afganistán,  las mujeres víctimas de este tipo  de violencia pueden ser acusadas de  adulterio y quedar expuestas a mayores padecimientos,  lo que las desalienta de intentar hacer algún tipo de denuncia
  • En el caso de Colombia, la militarización de la vida cotidiana, la intromisión de actores armados en el mundo social y político del país, la legitimización que se ha hecho de la guerra, hacen que las mujeres perciban que al denunciar ante un organismo estatal, lo hacen ante aquellos que también representan a sus agresores.
  • En Iraq, el  Estado Islámico  ha utilizado la  violencia sexual como  parte de su estrategia para sembrar el terror, perseguir a las minorías étnicas y religiosas, y reprimir a las comunidades que se oponen a su ideología. Las mujeres jóvenes son “vendidas” en mercados abiertos o “cedidas” en matrimonio a combatientes del Estado Islámico como regalo.
  • En Sudán del Sur la violencia sexual está agravada por la militarización de la sociedad. Sin  embargo, trivializada por los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley y por la comunidad. Así, las supervivientes a menudo son obligadas a casarse con los autores como “reparación”.

Los anteriores ejemplos(1) son sólo algunos de los casos actuales donde se ejerce la violencia sexual contra mujeres y niñas alrededor del mundo. A pesar de ser un acto de guerra invisibilizado las más de las veces, la lucha de quienes buscan justicia nunca para. Helen Durham es una de las mujeres que ayudó a definir la violación como crimen de guerra. Para Helen, la respuesta radica en hacer la conexión entre guerra y paz. Los conflictos armados exacerban las desigualdades sociales previas. La violencia sexual durante los conflictos, según ella, no se produce en medio de un vacío. Es, en gran medida, la segunda piel de la violencia sexual durante el tiempo de paz.

Pero que algo quede claro: ninguna guerra “se gana” violentando el cuerpo de las mujeres. Este es otro acto más para demostrar el poder que ejerce el sistema patriarcal sobre las mujeres. Hoy en día, en todas partes del mundo las mujeres estamos librando batallas, todas diferentes pero con un mismo objetivo: levantar la voz por las que no pueden. Es que aunque usted que lee no lo crea, aún en el marco de conflictos armados se pregunta a las víctimas de violencia sexual cómo iban vestidas.

Referencias:

(1) http://www.acnur.org/fileadmin/scripts/doc.php?file=fileadmin/Documentos/BDL/2015/10064

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