POSTAL MEXICANA

Crónica de puesto de diarios.

Por Romina Andrea Barboza

Doña Mari duerme la siesta sentada en su silla habitual, la única que tiene. En México no es común ese corte, no se duerme la siesta, es más, entre las tres y cinco de la tarde se almuerza. Así es en Guadalajara. Son las 15:15 y doña Mari duerme. Me detengo frente a ella para ver si despierta mientras observo los pocos periódicos que tiene la estantería. No hay mucho para buscar, no hay más Público Milenio. Ella despierta. -¿Qué lleva señorita? Público Milenio no va a ser esta vez. Tomo un ejemplar de El Mural. –A cuánto?, digo. Duda. Voy sacando las monedas de a una. –Ya comió?, pregunta una señora que se detiene en la banqueta, con marcado interés por Mari. –Sí, reina. El puesto de periódicos, dulces y algunas revistas tiene las dimensiones como las de cualquier puesto ordinario, dos metros por uno. La particularidad es su ubicación, Alcalde esquina Arista, justo frente a una clínica dental. Céntrico. –Qué pasa que está triste?, interroga con absoluta certeza. –Sólo estoy apurada, respondo para intentar esquivar la pregunta incómoda y no dar explicaciones a una desconocida, pero no dejo de sorprenderme por su aguda observación. Doña Mari, todos los días entre las siete y las siete y media llega al puesto. –Hay que trabajar. Desde joven uno empieza y ya no termina, sus palabras transmiten un dejo de agotamiento.

Vamos a la virgen de Talpa, le dice su mamá. La promesa del agua del tajo incentiva a Juanita a viajar, a pesar de la fuerte migraña. El Valle de Talpa es uno de los distritos de Jalisco. La zona se caracteriza por sus vastos ríos: Talpa, San Nicolás, Cuales, San José y Bramador; los arroyos: Desmoronado, La Quebrada, Las Palomas, El Corazón, Toledo, son algunos de ellos; también el suelo está nutrido de manantiales. Ella sabe bien que esos arroyos no son como otros. Allí se celebra durante los primeros días del mes de mayo el Aniversario de la Coronación de la Virgen de Talpa. –La cabeza, el cerebro, los brazos, el cuello me dolía. Mientras el nieto fue a buscar ramas para hacer lumbre, Juanita aprovechó para ir al río a zambullirse decidida a hablar con la virgen. –Me llevé la ropa y a la orilla me puse la camisetita y mi pantaloncito, el calzón y entré al agua, ´hasta aquí´ señala, con ambas manos, la altura del corazón. Tal es la concentración y firmeza de su testimonio que cierra los ojos mientras relata: Me zambullía y pensaba en que la virgen me sacara el dolor de cabeza. A los pocos minutos su nieto volvió y, preocupado por su abuela, fue a sacarla del río. –Desde ese día hasta hoy, nunca más me dolió la cabeza. Juanita tiene una fe inquebrantable, de esas que llenan de sentido la palabra Fe. Esa no es la única experiencia que le confirmó su creencia. Tan fuerte es que, a propósito de un presente que le hizo un chavo dice, –Un joven me regaló esta cruz. La particular forma de la madera marca el origen del mismo, Querétaro. –Allá todas las ramas de los árboles crecen con forma de cruz, le había dicho. Al mismo tiempo que me enseña el obsequio, Juanita me dice –Esta espina se me hace donde clavaron los pies de Jesús, luego deja el preciado crucifijo en su lugar.

Acomoda las cajas, una arriba de otra, ordenadas en la única repisa de su izquierda, a media altura, a un poco más de un metro. -¿Tiene pastillas de menta?. –No sé cuáles son esas… y señala una esquina de golosinas. Levanto las cajas recién ordenadas y veo algunas que parecen de menta, saco un paquete. –Cuatro pesos. Doña Mari cuenta las monedas. –Déjese esto, me devuelve un peso. A pesar de mi negativa, su firmeza se impone, –Déjatelas. Insisto pero ella responde –Usted comprando el periódico me socorre. Con una sonrisa agrega, –gracias, reina. –Mari, ya te vas?, otro de los vecinos casuales pregunta con ánimo. –No hay más periódicos, Mari señala los cinco o seis ejemplares que quedan. –Trae más entonces, replica con humor el hombre de unos cincuenta años. Con la misma simpatía y una sonrisa que marca las arrugas dice –Sí, mañana. Doña Mari es querida por sus vecinos de la transitada avenida Alcalde. En veinte minutos tres personas se acercaron hasta el puesto de periódicos, no para comprar, sino para preguntar por ella. Los tres largos años que lleva trabajando allí se hacen evidentes al calor de la (pre)ocupación de los transeúntes de la zona, trabajadores como ella que comparten la céntrica ubicación en horas laborales.

Juanita dio a su hija la oportunidad que ella no tuvo: –Se recibió de maestra. Con amargura completa, –a mí no me dieron estudio. El orgullo se hace presente por el logro de su hija, de una de las nueve. –¿Tú crees que Jesús no le da posibilidad de comida a cualquiera?. Sin dejarme responder prosigue, –yo planchaba y lavaba hasta las doce para ir a casa a hacer la comida y bañar a los niños antes de la escuela. Entraban a la una, tenía tiempo para bañar a dos o tres, los demás ya eran grandes. Actualmente Juanita vive con la hija maestra, en el piso de arriba de la casa: –Mi hija renta abajo. La fortaleza de los lazos familiares, de los valores que ella enseñó a sus hijos quedan implícitos. Con menor frecuencia visita a otro de sus hijos, estadías cortas. Con seguridad pero sin vanidad me relata, –yo crié a nueve hijos. A veces las señoras que me conocían me guardaban un poco de comida –“lleve para sus hijos”-, me decían. Siempre unos frijolitos, unas tortillas, una sopa, una pasta o dos… depende de cuántos sean de familia. No duda por un instante en la capacidad para salir adelante a puro trabajo.

Ya te demoré mucho, tu mamá se va a preocupar, me dice para terminar la conversación. Tal vez sea cansancio y quiera cerrar el puesto para finalmente volver a casa, o tal vez sea real preocupación por una jovencita. Su comentario posterior aclararía la intención. –Hay muchos rateros, la expresión cambia súbitamente a preocupación. Asoma el recuerdo vivo de algo reciente. –Un chavo me robaba todos los días. Por momentos, a lo largo de toda la mañana y tarde, Doña Mari dormita sentada en su silla. –El ratero esperaba a que me durmiera y me miraba por ahí, señalando la hendija de la puerta derecha del quiosco, –en cuclillas caminaba por el otro lado y con su mano tomaba  el paquete. Un día lo descubrí, cerré los ojos pero yo lo podía ver. Cuando quiso agarrar uno le dije ¿qué hace joven?, salió corriendo pero lo alcanzaron. Nunca más me sacó nada pero lo veo caminando por la calle arrebatando billeteras. Los gajes de su oficio le permiten estar al tanto de la actualidad, no por eso bien informada pero aún así insiste en convencerme de la inseguridad. –Ya ve lo que pasa, en el Metro sale un hombre que le arrancaron los brazos y las piernas, todo. Habla de la prensa amarilla mexicana, la mejor de la peor que he visto. Con cariño maternal agrega: –Tenga cuidado reina.

Mi nieta entró en la Normal y estudia frente a la…, Juanita duda. ¿computadora se llama eso? La educación, ese privilegio que recibió su hija también lo goza su nieta. –Muchos puntitos como con agujas, describe las horas de estudio de su nieta detrás de la computadora. Maestra para ciegos será la chava. Sin entender demasiado lo que su nietita hace me confiesa un poco desilusionada, –Yo le dije, tenés que estudiar maestra como tu tía, pero no, a ella le gusta eso.

Hay algo que interrumpe el pensamiento sobre la inseguridad. Después de una pausa cuenta: –Un día no tenía para pagar los periódicos del día anterior. Iba caminando por Revolución a devolver los que me sobraron y dije diosito dame para pagar los periódicos, ayúdame hoy. Doña Mari se apoyó en un poste en la esquina para descansar, a unos metros del galpón. –Vi un papel verde abajito y pensé un regalo, siempre pensando en los demás esta vez piensa en los niños, –un billete de juego. Lo abrí y eran 200 de a de veras. Con la incredulidad viva de quien recuerda con exactitud relata: –me alcanzó para pagar los periódicos del día anterior, los de ese día y hasta comer unos taquitos, su voz suena firme y alegre por aquél milagro divino.

La hija cuestiona la fe de Juanita, una y otra vez. Al contrario de la madre, quien no duda por un instante de su dios, la hija le discute la supuesta perfección de dios, no hay prueba de tal perfección si la ceguera progresiva de su madre no es curada por mandato divino. Con simplicidad y absoluta seguridad Juanita contesta –Él sabe que estoy mala. El camión que habitualmente toma es el 27 Zalate, siempre y cuando se sienta con fuerzas para caminar, si no en alguno que pase por Avenida Alcalde. Retoma el recuerdo sobre la discusión con su hija y concluye –yo sólo le pedí que el aire no me hiciera daño… aunque sea para ver al camión. Si Él quiere, me va a sanar.

 –Las personas que me encontraron… porque yo quedé huérfana de padre y madre a los 3 años… la señora quería una Juanita. Mi nombre es María Barrientos, en la ciudad me dicen Mari, pero todos en el pueblo me llaman Juanita.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: