LA POBREZA TIENE CARA DE NIÑO

Por Adrián Bonada

Hay días en los que mi imaginación vuela y pienso en cambiar vidas con alguno de los tantos peques humildes que andan dando vueltas en los barrios de nuestro país.

Imagino qué sensaciones tendría, al transitar en carne propia, las calles de la cruda realidad con la que caminan obligadamente, esa compañera de viaje que es impuesta y a la cual no se tiene la posibilidad de rechazar.

Me imagino despertando en una cama con mis hermanitos durmiendo a mi lado, es incómodo pero al menos no me siento solo por las noches, además tengo con quien abrazarme al escuchar los tiros que son tan comunes en mi querido barrio, rezamos todos juntos para que ninguna bala perdida lastime a alguno de mis amiguitos.

Me imagino a mi mama levantándome, yo estoy un poco adolorido y con frío, pero sin mucha ropa con la que abrigarme, aunque la verdad, mi piel ya está curtida después de 10 años de sentir lo mismo. Tenemos una estufita en la que nos agolpamos todos pero que no puede estar mucho tiempo prendida porque la garrafa es cara y tiene que aguantar para calentar el agua para el té. Todos sentados en la mesa mientras mamá distribuye los bollitos de pan para que todos comamos lo mismo. “Es poquito pero tiene que alcanzar para todos”. Me imagino dándole mi porción a mis hermanos menores; a los 10 años varias veces ya fui responsable de cuidarlos, cuando mamá salía a trabajar y la tía no estaba yo me quedaba en casa solo con ellos, así que ya siento que debo asegurarme de su bienestar antes que el mío.

Me imagino cruzando la villa buscando a mis amiguitos y yendo a la escuela, ellos me cuentan que en la balacera de anoche uno de sus hermanos más grandes fue asesinado. Yo ya no lo tomo con sorpresa, pienso que es normal, todo el tiempo muere alguien en el barrio.

Llego a la escuela pero tengo muy pocas ganas de prestar atención, ese pedacito de pan era lo que iba a comer, el hambre ataca, solo pienso en que se hagan las 11 y llegue la hora de la tortita y la leche. Salgo al recreo y juego a la pelota con mis compañeritos, soñamos ser algún día grandes jugadores de fútbol para poder salir del barrio y ayudar a nuestras familias. Cada día estoy más seguro de que nadie vendrá a ayudarme: solo yo puedo salvar a los míos. Eso me da tristeza, que de a poco se transforma en bronca.

Vuelvo a casa, es viernes, una fuerte lluvia inicia, hay una sensación rara, tengo que subir al techo y poner el nylon porque sino el agua entrará a la casa y lo poquito que tenemos quedará inservible. Mojado, entro a casa y veo a mis hermanos preguntándome: “¿dónde está mamá? tenemos hambre”, “Ya va a llegar”, les respondo. Como mamá no llega me cruzo al mercadito del barrio y le pido fiado a la señora, ella no me quiere dar porque le debemos algunos meses. Entonces llega mamá a casa y yo le doy un abrazo, saca unas papas y fideos, hace una rica comida. Comemos bien, no importa el frío, no importa que en casa llueva, por lo menos estamos todos juntos.

Al otro día me levanto y me acerco con mamá al comedor del barrio, nos dan un poco de ropa, siento felicidad porque voy a tener abrigo y mis hermanos también. Me la pruebo, siento

que voy de compras y elijo por primera vez en mi vida. Veo gente que viene al barrio de vez en cuando a estar con nosotros, la verdad que les tengo cariño, pero día a día me doy cuenta que ellos después de estar un rato vuelven a su casas tranquilos y eso un poco me molesta.

Subo a la ciudad y veo que el resto de la gente tiene cosas lindas y nuevas, no comprendo por qué ellos pueden tenerlas y yo no. Miro juguetes y zapatillas en vidrieras que nunca voy a poder conseguir. No entiendo por qué hay tantas cosas y no hay nadie que las use. Siento resentimiento y una profunda herida contra quienes pueden hacerse con ellas.

Vuelvo a mi casa y ya es de noche, el colchón se mojó un poco pero no hay opción, tengo que dormir, mi tío me pasa a buscar mañana a las 7 de la madrugada, me va a llevar a trabajar con él de albañil.

De repente vuelvo en mí, me doy cuenta que solo estoy escribiendo. No tendría que existir ningún niño de 10 años que pase esos sufrimientos y pesares. Es muy dura la vida del pobre, la verdad que no es para cualquiera, si solo un día todos/as nosotros/as tuviéramos la posibilidad de cambiar papeles y roles con alguien que lleva esa cruz, el sacudón sería tan grande, que todos dejaríamos de lado el egoísmo, y nos pondríamos a hacer algo para que, de la manera más rápida posible, dejaran de haber personas que en esta condición.

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