DE PORVENIRES E ILUSIONES

Por Germán Dartsch Dreidemie

Subió al colectivo distraída, apenas si levantó la vista del libro para no tropezar con quienes bajaban por delante, si bien sí olvidó su lectura un momento para protestar mentalmente, no por el hecho de que esa gente bajara por delante, sino por el hecho de que cada vez que ella lo ha intentado, indefectiblemente se ha encontrado con la mirada increpante del chofer comunicando su displacer. “La próxima por atrás, preciosa”. Tal frase le regalaron la última, y eso la enfureció al punto de no volver a intentarlo jamás. Tal vez un momento de los más infames de la historia (múltiples sentidos, una sola sentencia, ingenio masculino y dictadura de la picardía… no es fácil ser mujer, literalmente). En fin, ¿quién no guarda algún rencor contra los choferes de colectivo?

El punto es que subió al micro leyendo, y al pagar el pasaje ya no pensaba en todo ello. Recuerdos y emociones se mueven en distintas relaciones de velocidad y lentitud respecto del mundo en que habitamos como cuerpos (ni más rápido, ni más lento, más bien variable, diversa temporalidad). Pagó sin dejar de leer, sin mirar, sin pensar en el acto. Debe tener alguna app que nosotros no instalamos: si yo lo intentara, al menos tendría que fijarme al momento en que la máquina efectivamente detectó la tarjeta, pues a veces toma su tiempo, que no es el mío. Ella lo hizo perfectamente.

Se fue al fondo, se sentó a la izquierda, aunque antes de que se sentara, era la derecha: cambio de perspectiva. Se acomodó para leer. Mientras estuviera sobre aquél colectivo, este sería su territorio, su base de operaciones, su lugar en el mundo (perder el asiento significaría ya no poder leer tranquilamente, y no es para culparla: era un excelente libro).

Pero en ese momento, por la ventana, en un cielo sin nubes, perfectamente celeste (una apreciación que debería definir sus términos), notó un pequeño destello, efímero. No se interesó: siguió en lo suyo. Pero al tiempo volvió a verlo, y prestó atención. Era una estrella de existencia pulsátil. Aparecía y desaparecía. Brillaba por instantes nada más, y ella pensó que brillaba para ella. Siguió mirando, curiosa y un poco enamorada (no de la estrella, eso es tonto: de la situación lo estaba). Guardó el libro sin marcar la hoja, cortando el dialogo en seco, y el muchacho no llegó a contar su historia, al menos por ahora. Por el momento, sólo eran ella y la estrella. Ella y su estrella.

Y empezó a pensar, a volar, es lo mismo (con el mismo riesgo de caer o de recaer): “Estrella mía, fulgurante junto a los a los latidos de mi corazón… aunque con más arritmia. Compañera de mis risas, compañera de mis lágrimas. ¿Qué querrá decirme esta estrella? ¿Qué querrá contarme? ¿Me traerá el secreto de La Verdad? O… ¿acaso soy yo, y sos vos, y es nuestro destino unirnos en el firmamento? O tal vez no es nada de eso, ¡tal vez me está marcando como La Elegida! Es mi estrella de la victoria, que brillará con más y más intensidad conforme yo vaya conquistando, cual guerrera celestial, ¡la derrota de mis enemigos!”.

Siguió pensando, fantaseando entusiasmada. Ensimismada. Fuera de sí. Tal vez esté siendo avisada de una poderosa flota de naves invasoras que se aproximan a la tierra, ¿y quién podría defender su planeta si no ella, bendecida por la fuerza sobrenatural de una estrella del destino? O tal vez, en lo más profundo de nuestro mundo, un ser desterrado de la luz y olvidado de las historias más antiguas ha despertado para proclamarse impiadoso rey de la humanidad, y ella ha de detener su voraz apetito de poder.

Fue entonces cuando el colectivo pasó bajo un puente, y he aquí que, con sorpresa, ella vio a la estrella brillar una vez más. “Pero, ¿cómo?”, se preguntó, “¿no estás en el cielo?”. Se paró y se inclinó sobre la ventana para ver mejor. Los lentes se le deslizaban, se le caían del rostro. Se los sacó para que ya no molestaran. Y la estrella no volvió a brillar. El colectivo finalizó su excursión bajo el puente, el cielo se hizo presente una vez más. La estrella no volvió a brillar.

Volvió a ponerse los lentes y se sentó frustrada. Y entonces, con la misma fuerza de la primera vez, la estrella volvió a brillar para ella.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: