EL FMI Y LA ARGENTINA: ¿AMANTES QUE VUELVEN A ENCONTRARSE?

¿Siempre se vuelve al primer (des)amor? Un análisis del reciente reinicio de conversaciones del gobierno argentino con el FMI.

Por Guadalupe Carracedo*

El dólar y el FMI vuelven a estar en boca de la ciudadanía. Las reacciones son diversas: miedo, preocupación, enojo, resignación (¿Sorpresa? Lo dudo). Las sucesivas crisis en nuestro país y sus nocivos efectos han inmiscuido en lo más profundo de nuestra psiquis, y no es para menos. Sin embargo, por alarmante que sea, el fantasma del corralito y los recuerdos de un 2001 furioso (aún) no tienen lugar en el contexto actual.

Vamos por partes. ¿Qué motiva el acercamiento al FMI por parte de la actual gestión de gobierno? La semana pasada tuvo lugar la mayor corrida cambiaria desde que asume Macri a la presidencia. Influenciado por factores externos -el incremento de tasas de EEUU y el fortalecimiento del dólar a nivel mundial- y por factores internos -la pérdida de credibilidad que generó el anuncio de cambios en las metas de inflación del 28-D y la implementación del impuesto a la renta financiera de inversionistas extranjeros-, el incremento del valor de la divisa alertó al equipo liderado por Sturzenegger: la respuesta del BCRA fue vender reservas (casi  U$S 5.000 millones) y elevar la tasa de interés de referencia a un 40% para contener el alza en la demanda de dólares. Respuesta ineficaz, porque al día de hoy comprar un dólar nos cuesta 23,13 moneditas argentinas. Ahora, siendo que la política cambiaria llevada adelante por este gobierno consiste en la liberalización del precio de la divisa, ¿por qué sacrificar reservas (que en gran parte son fruto del endeudamiento, no provienen de la liquidación de exportaciones ni de ingresos de capitales externos que quieren invertir en el sector real de la economía argentina) para responder a un mercado que considera que el peso argentino vale menos de lo que nos gustaría? Eso puede explicarse por tres razones: 1) el reconocimiento del impacto que el aumento del precio del dólar tiene sobre la inflación (el pass through, en la jerga económica), 2) el incremento que supone en pesos el monto total de deuda pública dolarizada, y 3) el persistente déficit en cuenta corriente que hoy en día nos hace depender de dólares financieros. Esto sumado a que el gobierno, consistente con su política monetaria restrictiva (control estricto sobre la emisión de dinero, considerado por el director del BCRA como el principal causante de la inflación), necesita U$S 9.000 millones adicionales para cerrar el 2018.

¿Y entonces qué? Voilá, aparece el FMI ofreciendo gentilmente un fondo de garantía para dar tranquilidad a los inversores extranjeros que apostaron y prevén hacerlo en nuestro país. Luego de años sin acudir a esta fuente de financiamiento, el gobierno considera que la tasa a la cual nos otorgará alrededor de U$S 30.000 millones (según la agencia Bloomberg, aún no hay información oficial) es mucho más conveniente que cualquier otra alternativa del mercado. Desestimando el costo político que tiene esta negociación, el equipo económico de Macri asume de la mano del FMI habrá cierta “tranquilidad” a los ojos de los grandes capitales extranjeros que tienen la mira en la Argentina. Esto es alarmante, sí, dado que conocemos el paquete de condiciones que dicho organismo impone a cualquier país que quiera acceder a un préstamo. No obstante, hay dos puntos que deben resaltarse.

En primer lugar, el contexto actual en que el FMI aparece está lejos de ser el escenario que nos llevó al corralito y el reconocimiento de la incapacidad de pago de la deuda argentina (el “default” del 2001). En aquel entonces, nuestro país tenía un nivel de reservas bajísimo (U$S 15.232 millones, según el BCRA) fruto de la compra y venta de dólares que implicó el sistema de convertibilidad cambiaria, el 1 a 1.  Asimismo, el nivel de ahorro en moneda extranjera por parte de los ahorristas de clase media era mucho más elevado. La situación actual es diferente: el BCRA dispone libremente de sus reservas dado que liberó el tipo de cambio y el valor de dólar en pesos argentinos quedó expuesto a las fluctuaciones de la oferta y demanda (aunque los últimos meses Sturzenegger torció el brazo e intervino en el mercado cambiario, sin dejar en claro cuál es la banda entre la cual espera que varíe el precio de la moneda). Además, el nivel de reservas es aún holgado (U$S 55.593 millones) y las posibilidades de financiamiento existen, aunque a mayores tasas de interés  que en los dos primeros años de gestión macrista. De ahí que, por lo menos en el mediano plazo, no enfrentamos el riesgo de una retención de nuestros ahorros ni de que el país se declare incapaz de afrontar las responsabilidades con sus acreedores.

Sin embargo -y aquí viene el segundo punto-, la vuelta del FMI es preocupante. No debería sorprendernos ya que, en términos de cómo entiende el funcionamiento de la economía, las medidas sugeridas por el Fondo están en sintonía con el plan económico del gobierno actual: la reforma previsional aprobada en diciembre pasado, la reforma tributaria tratada durante este verano en el Congreso y la tan demorada reforma laboral (resultado de las presiones sociales y la lucha que distintos sectores de la sociedad han sabido dar) son parte del combo. ¿Qué cambia  de la mano del FMI? Los tiempos. El organismo y sus simpatizantes entienden que la toma de medidas postergadas no puede esperar más, y probablemente sea una de las condiciones del acuerdo que negocian en este momento.  Si la estrategia hasta ahora era considerada “gradualista”, es porque la organización de la ciudadanía ha puesto freno a ciertos intentos de ajuste por parte del gobierno, como bien menciona el economista Santiago Buraschi en La Tinta.

¿Cómo sigue el tema? Dada la liberación del sistema financiero propuesto a principios de la gestión de Macri, las posibilidades de que una nueva corrida cambiaria vuelva a suceder son altas mientras no exista una alternativa de inversión lo suficientemente atractiva en el sector real de la economía. Ese sector que, de la mano de un aumento de la producción, es capaz de generar empleo y aumentar el nivel de consumo tanto de la clase media como de los sectores más vulnerables. Porque ahí está la cuestión: la “timba financiera” siempre está motivada por obtener una mejor rentabilidad, y en cuanto no hayan otras opciones, la desregularización financiera acaba siendo un juego de transacciones bancarias que perjudica la economía del país.

*Estrenando título de economista, lo que sería una socióloga que habla sobre cosas serias.

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