MAYO DEL 68: UNA REVUELTA IDEOLÓGICA DE MASAS

Posiblemente el mayo francés no se trató de una revolución en el sentido tradicional del término, pero ¿no fue la propia noción de revolución la que se vio afectada en dichos acontecimientos?

 Por Gabriela Manini*

La expresión revuelta ideológica de masas parece ser el término más justo para nombrar, en sus efectos más que por sus causas, la serie de eventos que convergen en el acontecimiento del mayo francés. La toma de las Universidades de Nanterre y la Sorbona, las barricada en el Barrio Latino, la ocupación de fábricas, la más grande huelga obrera de la Francia contemporánea (10 millones trabajadores), son sucesos que se desencadenaron a gran velocidad y de manera explosiva. Se trata de un encuentro “sin fusión” que aglutina, bajo el término ya genérico de Mayo del 68, movimientos estudiantiles, artísticos, sindicales y partidarios, inscriptos en una multiplicidad de ismos (anarquismo, anarcosincalismo, situacionismo, leninismo, trotskismo, socialismo, entre otros) a lo que se suma la acción espontánea de cuadros medios de trabajadores y profesionales jóvenes.

A lo largo de los últimos 50 años, la naturaleza y el impacto de esta revuelta, está zanjada por tantas interpretaciones como actores, disciplinas, homenajes, detracciones, mitos y contramitos se han arrogado la posibilidad de suturarle un sentido. Se habla –no sin tensiones en torno a su protagonismo relativo– de un mayo obrero y de un mayo de estudiantes, a lo que Badiou suma un mayo libertario atento a la promoción de nuevas prácticas amorosas, libertades individuales, derechos de las mujeres y emancipación de los homosexuales. Todo ello articulado a formas profundamente novedosas de uso de la palabra pública y de organización de la acción colectiva,  como el recurso al happening y a la improvisación en las nuevas experiencias del teatro y cine, que más allá del giro ocasional hacia el anarquismo snob y festivo, hacen a la tonalidad del acontecimiento. Como ejemplo, basta ver la fuerza gráfica de los afiches del atelier de la escuela de Bellas Artes, hoy devenidos en objeto privilegiado de merchandising.

El carácter disruptivo del acontecimiento es posiblemente lo que más se ha puesto en juego en el retrovisor de los comentaristas. Como expresión extrema –o gesto de vehemente reduccionismo– se apela a la idea de un movimiento “verdaderamente revolucionario” y a su revés simétrico, el que lo asimila a un proceso de condensación hormonal, caricaturizando al movimiento estudiantil con el apelativo pousée d’acné (brote de acné). De este montaje, lo que interesa considerar, al menos como índice, es la pregunta por la modalidad de articulación entre teoría y acontecimiento político o mejor, y bajando las expectativas filosóficas del problema, por cómo se fija en términos teóricos el parámetro de la transformación frente a lo que Marx llama la “incorregible imaginación de la historia”. Este interrogante merece ser situado, además, tanto en el momento en que se produce el estallido, como en el conflicto de interpretaciones que se proponen elucidar su alcance.

La revuelta del mayo no puede pensarse al margen de la escena geopolítica internacional. La movilización de jóvenes trabajadores, estudiantes e intelectuales responde en Francia a la influencia de la guerra de Argelia, de la Revolución Cubana, de las guerrillas en América Latina, de la lucha del pueblo vietnamita, de la Revolución Cultural China y de las revueltas de los “Negros” americanos en las grandes ciudades de Estados Unidos. En este sentido, reconocer el carácter acontecimental del movimiento francés no implica sostener que salga de la nada, sino hacer lugar a su dimensión imprevisible, a su expresión como exceso y a su impronta heterogénea respecto del orden y el sentido estatuido.

Por caso, Georges Séguy, miembro de PCF y secretario de la CGT durante la protesta, describe en sus memorias el desborde de las masas escapando a la dirigencia mientras, manual en mano, la conducción se pregunta si se trata de una situación verdaderamente revolucionaria o de “toma de poder”. Desde el Partido querían instrumentar un golpe de movilización social de gran amplitud pero no querían que se desarrolle de manera autónoma porque su objetivo principal era intentar controlar desde el interior la relación de fuerzas con el socialismo, en vistas a la “unión de izquierda” en gestación.

Este desfasaje no remite solamente al Partido o al sindicato como forma de organización de luchas, sino que refiere a un conjunto de problemas que escapan a la grilla de politización de la cual la teoría marxista tendría las claves. La teoría marxista francesa, aun la menos ortodoxa, quedaba desajustada frente a lo que consideraba un emergente “izquierdista” y “espontaneísta”, limitada en su capacidad explicativa frente a las nuevas formas de subjetividad de la cuales el mayo fue en parte revelador.

Aunque las figuras de Sartre y Marcuse (hasta entonces la influencia de la escuela de Frankfurt en la escena francesa era prácticamente inexistente) aparecen asociadas al devenir del movimiento, hay un consenso amplio entre los intelectuales en que “nadie lo vio venir”.

El acontecimiento escapa al sentido con que la teoría codifica las posibilidades de una transformación revolucionaria. El trazo de este vacío se imprimirá al interior del campo teórico, en las filas propias y ajenas, como resonancia diferida.  Althusser elabora en 1969 el manuscrito Sur la reproduction de donde se extrae el fragmento publicado como Ideología y Aparatos Ideológicos de Estado, dando cuenta de las formas en que la explotación y dominación capitalistas se realizan en concurso con una serie de Aparatos Ideológicos entre los cuales destaca el aparato escolar. Por su parte, en 1972 y en diálogo con Deleuze, Foucault se pregunta en qué medida es posible ajustar una estrategia de lucha considerando que, si bien aprendimos con Marx lo que es la explotación, “todavía no sabemos lo que es el poder”.

La lectura sobre la radicalidad del proceso a partir de la naturaleza de sus demandas, implica también considerar su alcance sobre la propia noción de revolución. Sabemos –no es difícil darle razón a Séguy sobre ello– que no se trató de una revolución en el sentido tradicional y marxista del término. Pero cabe preguntarse si en los acontecimientos del mayo no es la propia noción de revolución la que se ve afectada. En este horizonte, Balibar (L’ébranlement 68) divide el campo de las interpretaciones en torno a dos figuras.

Por un lado, bajo la figura de Debray, se agrupan los argumentos que vinculan el mayo francés con las exigencias de la sociedad de consumo. Los herederos del 68 serían presa de una ilusión óptica  desmedida visto que, a través del movimiento contestatario, de la crítica radical de las jerarquías, de los aparatos y los sistemas disciplinarios dentro del campo capitalista como del campo socialista, lo que se termina poniendo en primer plano es el individualismo consumista. De esta forma, lo que queda como trazo de las reivindicaciones de la generación del 68 es la extensión de la dominación de la forma mercancía en la sociedad burguesa. La crítica a las formas más arcaicas de control sobre los individuos es comandada, desde abajo, en beneficio de las necesidades del mercado.

Fuera de las márgenes de la cartografía balibariana, desde otras tradiciones pero en la misma dirección, se acusa al movimiento de querer cambiar la sociedad sin tomar el poder, de no haber cuestionado sino la esfera de las libertades privadas sin cuestionar la esfera pública. Aron, por ejemplo, habla de la Revolución inencontrable; Henri Weber de una cometida democrática, liberal y hedonista; y Lipovetsky de la introducción de un conjunto de valores nihilistas, donde las demandas de autonomía individual y social son formas de afirmación relativamente ocultas del individualismo hedonista sin verdadera preocupación por lo colectivo. La lista de celebridades autoconvocadas en esta denuncia es interminable.

La otra cara de la interpretación puede situarse en vecinazgo con Foucault e impide reducir las  esperanzas antiautoritarias del 68 a las demandas del individuo consumista. Lo que se formula en el 68 en torno al individuo tiene un carácter más agudo que pone en cuestión los roles sociales de la división normativa. No se trata entonces de una revuelta de niños contra sus padres, de estudiantes contra profesores o de mujeres contra sus maridos. Se trata de un cuestionamiento colectivo que porta sobre la cuestión misma de saber por qué esa división existe y que involucra, por lo tanto, el proceso de constitución del sujeto. Estamos entonces frente a una desestabilización profunda, aunque tal vez transitoria. La normalización interviene inevitablemente.

En ambos casos, la reproducción y la normalización persisten. ¿Por qué? Balibar evoca un giro lacaniano para comprender cómo el lenguaje del deseo es susceptible de recubrir formas de servidumbre voluntaria. Pero este es otro cantar, aunque sea lo que realmente es necesario explicar si se quiere atravesar, en la distancia, la nostalgia de la oportunidad perdida o el fastidio del capricho libertario tarifado. Es la astilla clavada en 50 años de filosofía francesa revisitando las posibles modalidades de salida; es la huella de la pista althusseriana en torno a los mecanismos de contra-interpelación o la noción de resistencia de Foucault, solo por volver sobre dos pesos pesados.

Lo cierto que es aun en esa persistencia la sociedad ya no es la misma. La función de las pedagogías, la forma de concebir el saber en su fusión con el poder, las categorizaciones sociales, y el sistema de jerarquías de los aparatos políticos, sindicales, escolares y familiares, fueron puestas en cuestión. En definitiva, como revuelta ideológica de masas el trazo del mayo se imprime fundamentalmente sobre la materialidad de la moral burguesa, sobre el conjunto de tutelas que gobiernan la vida social a mediados del siglo XX. Se sigue viviendo bajo el capitalismo en su revolución convulsiva, pero el autoritarismo queda deslegitimado, aunque pase a descansar sobre fundamentos tecnocráticos.

Finalmente, la instancia ideológica en que se juega la revuelta francesa involucra sin dudas al componente de clase. La huelga obrera en sus reivindicaciones salariales, de condiciones laborales y de jornada de trabajo, fue el elemento estructurante de la amplitud del acontecimiento. Asimismo, y en contrasentido al maridaje dialéctico entre crisis y revolución profetizado por el marxismo, las condiciones mismas del movimiento fueron posibles por la prosperidad del sistema capitalista en su fase de expansión. La dimensión del movimiento de estudiantes responde, en gran medida, al crecimiento de la base de reclutamiento de las universidades y escuelas. Esto es, a la entrada masiva en la ciudadela de la burguesía de toda una capa media –que incluye a las hijas e hijos de obreros y, sobre todo, de la pequeña burguesía– que realiza su voluntad de ascenso social a la vez que pone en cuestión la estructura jerárquica de la sociedad en la que vive.

 

*Socióloga y docente de la FCPyS (UNCuyo).

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