PALABRAS MÁS, PALABRAS MENOS

¿Macri demostró que el lenguaje no es neutral? Algunos comentarios sobre la última conferencia presidencial.

Por Javier Frias

Son aproximadamente las 7 de la tarde y me siento a mirar la conferencia de prensa de Mauricio Macri. Estoy viendo cómo el presidente agolpa las palabras, una detrás de la otra. Escucho cada nueva palabra con la esperanza de que conecte las anteriores y dé sentido al conjunto de lo que se enuncia, pero aquello nunca ocurre. Llega la palabra de cierre y la oración se va sin decir nada. El artilugio se repite una y otra vez hasta que la conferencia finaliza.

Me quedo con gusto a poco, por eso exploro en internet para leer las repercusiones. “Repercusiones hay cuando pasa algo -pienso-  y aquí, salvo por el saludable gesto de ofrecer una conferencia de prensa, no ha pasado absolutamente nada”. Igual chusmeo un poco. Hay varios que se detienen en un concepto: “tormenta”. A mí también me ha llamado la atención la palabra. Los contadores más atentos dicen que el presidente utilizó esa expresión unas 10 veces. Por las dudas abro la puerta para ver si está cayendo piedra con forma de FMI pero no hay peligro climático a la vista. “Debe ser en Buenos Aires…” especulo y cierro la puerta.

Si hay crisis, hay metáfora

Son muchos los que han advertido la picardía de utilizar la palabra “tormenta” para describir una crisis socio-económica. Está claro, una tormenta es un acontecimiento natural, fortuito, aparentemente ajeno a la acción humana. No hay que ser un experto en lingüística para reconocer que se trata de un término nada inocente. Siendo optimistas, digamos que al menos es una versión más sofisticada del “pasaron cosas”. Es decir: “no sabemos qué carajo está pasando, ni qué factores lo han provocado, pero que quede claro que nosotros y nuestras políticas no tienen nada que ver”.

Tormenta eameo
Imagen: Eameo

La palabra “tormenta”, sin embargo, no nació de un repollo. Forma parte de un conjunto más grande de metáforas y eufemismos que son moneda corriente en el arsenal discursivo del PRO. Nombro algunos que se me vienen a la cabeza para ilustrar la cuestión: lluvia de inversiones, brotes verdes, el campo, el mundo, la confianza, la herencia, las mafias, la gente.

Se trata de un elemento característico del relato PRO (y decimos relato en el sentido filosófico del término, no en el que le dio el periodismo de guerra que todo lo que toca lo echa a perder). La narrativa del macrismo puede que no sea muy diferente a la mirada clásica de la derecha argentina. Sintéticamente: nuestro país era potencia, 70 años de peronismo, le dimos la espalda al mundo, los vagos que no laburan, el Estado es ineficiente, el esfuerzo individual y coso. Pero ciertamente hay una novedad en el relato cambiemita: la forma de contarlo. El PRO le imprimió a la vieja visión de nuestras élites cierto aire new age a través de un conjunto muy variado de recursos comunicacionales. Las metáforas y la retórica de superación individual forman parte de esa estrategia en la que el macrismo intenta hacer que lo viejo no se note que es viejo y, mejor aún, que parezca novedoso.

Las palabras y las cosas

Para cumplir con la cuota de crítica mínima, los periodistas afines al gobierno nacional insisten constantemente en que Cambiemos no comunica bien. De hecho muchos suelen señalar que el gran problema de Macri es que no le explicó a la sociedad en qué estado recibió el país. Y todo esto lo dicen en el mismo país en se inventó discursivamente una cosa llamada “pesada herencia”.

En verdad, bien o mal, lo cierto es que el PRO hiper-comunica todo. Las 10 veces que Macri pronunció la palabra “tormenta” niegan cualquier atisbo de espontaneidad en la locución presidencial. Cambiemos pone palabras allí donde no entran. Sobreactúa los sloganes. Se casa con las metáforas. Por eso en muy poco tiempo su matriz discursiva es recontra identificable. Hay palabras ya contaminadas por el ADN PRO: cambio, diálogo, unión, alegría, república, transparencia. A las palabras se les saca todo el jugo posible. El problema es que las palabras no pueden reemplazar, así sin más, a las cosas. El equipo de comunicación del PRO hace lo que puede con la realidad que le toca narrar.

Como ha planteado Iván Schargrodsky, quizás el síntoma más claro de que el gobierno nacional no tiene resultados para mostrar es que la mayoría de su apuesta discursiva se concentra en el pasado y en el futuro. El PRO gobierna disputando la historia (la “pesada herencia”) y administrando las expectativas (el “segundo semestre”). Del presente casi no se habla, tal como demuestra el silencio estampa del oficialismo en relación al escándalo del financiamiento ilegal de su campaña. Y cuando hay que hablar, porque no queda otra, de suerte aparecen las metáforas. Pero está claro que con metáforas ni se come, ni se cura, ni se educa.

Una metáfora de cierre: el lenguaje anti-inclusivo

Es interesante que todas las licencias poéticas que la retórica presidencial practica con total libertad se den en pleno debate por el llamado “lenguaje inclusivo” (que Pablo Alabarces, acertadamente, propone llamar “igualitario”). El lenguaje presidencial es, si se nos permite, anti-inclusivo en la medida en que, por ahora, excluye a la realidad. De manera que, si las intervenciones nada neutrales del oficialismo para que las palabras no digan lo que no se puede decir son perfectamente legítimas, ¿cuál sería entonces el problema de una apuesta lingüística que pretende nombrar aquello que en nuestra lengua permanece invisible? Los conflictos sociales también se expresan en las disputas por la representación del mundo y los conceptos que usamos para hacerlo. Tormenta vs. ajuste, el campo vs. patronales agropecuarias, mérito vs. desigualdad, todos vs. todes. Las palabras son siempre el terreno de una lucha por el poder. Es decir, a las palabras no se las lleva el viento, ni tampoco las tormentas… se las lleva la RAE, hasta que alguna vez se las arranquemos.

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