CEREMONIA DESPUÉS DE LA TORMENTA

Salió “El ruiseñor, el amor y la muerte” para poner paños fríos a una relación que quedó desgastada luego de la cita en Olavarría.

Por Javier Frias

Yo no sabría echarte de menos

La noche de Olavarría algo se quebró. A la 1:23 de la mañana la agencia Télam, en pleno proceso de “modernización”, anunciaba 7 muertos. No importa tanto como haya sido el desenlace posterior de la noticia. La confusión generalizada de aquellas horas era el síntoma de que algo no andaba bien. Hacía tiempo que los recitales del Indio habían empezado a verse mal y a escucharse peor. Los shows se volvieron incómodos para el público. Por más buena voluntad que hubiera, ante la masividad del fenómeno Solari ya no quedaba la sensación de que fuera factible eso de cuidarnos entre todos. Y Olavarría puso todas esas inseguridades al descubierto.

Olavarría

Preferimos que el tiempo cerrara la herida, pero no fue suficiente. Necesitábamos algunas palabras, como quién sabe que una relación ya no funciona pero igual espera el encuentro final, la última charla para recordar por qué ha amado y por qué aquello ya no da para más. Supimos que esas palabras llegarían el 27 de julio. El ruiseñor, el amor y la muerte sería el quinto disco solista del Indio. Aun sabiendo que el periplo iba a costar caro había que tener el disco físico para calmar la ansiedad. Tener el disco para entender la obra toda, tal como la etapa redonda había enseñado. Pero, más que nada, tener el disco físico dado que el Indio habla a cuentagotas, y por eso mismo casi que estamos obligados a rastrear en el arte de tapa, las letras y los mil soniditos que hay ahí metidos, los sentires que intenta a duras penas transmitir. Así que en eso estamos… escuchando, viendo, leyendo, alargando este último encuentro que esperamos no sea el último.

Perdonen mi ocurrencia, son mis modales así

De entrada el disco muestra un Solari intimista. Como ya se había adelantado, en la tapa aparecen José y Chicha, los viejos del Indio, que ahora es Carlos. Adentro hay imágenes de figuras del mundo del arte, la música, la literatura, el cine y la política que lo habrían inspirado en su formación. A decir verdad, no tengo la más pálida idea de quienes son la mayoría de los personajes que allí figuran. Una primera interpretación podría pensar que se trata de un gesto de arrogancia intelectual del Indio, pero creo que es un reconocimiento genuino. Es un “dejen de romperme las pelotas, sólo soy un simple mortal y si alguna virtud tengo se la debo a toda esta gente”. La gráfica en blanco y negro refuerza la idea de un disco melancólico e introspectivo. El amor y la muerte del título retoma dos de los tópicos que vienen obsesionando al Indio en los últimos trazos de su lírica. Es una manera de anunciarse terrenal, débil frente a lo mismo que padecemos todos. Es el Indio del 2004 que cantaba “solo le pido a la vida que no me duela”, pero con 14 años más, una enfermedad a cuestas y la sensación de estar transitando lo último de su carrera.

Voy apilando puteadas y sigo ofreciendo mis gentilezas

El ruiseñor tapaCon El Ruiseñor el indio confirma la tendencia en su carrera solista de alternar discos más jugados y disruptivos con otros más cómodos y seguros. Después del piñazo al mentón que fue El tesoro de los inocentes vinieron los himnos de amarguras de amor de Porco Rex. Con El perfume de la tempestad el Indio volvió a su lado más experimental y en Pajaritos… bravos muchachitos concibió un disco que se escucha entero, del primero al último tema, sin sobresaltos.

Este quinto disco pareciera estar concebido cinematográficamente. Los climas del disco son escenas de una película que tiene mucho de autobiográfica. En El ruiseñor desaparecen los interminables solos de viola que, más allá de certificar la destreza de Comotto y Benegas, se habían vuelto un recurso abusivo en los discos anteriores. La voz del Indio se desplaza de una punta a la otra. El tono general es amargo, sombrío, con pizcas de frescura que permiten descansar el oído. Se refuerza el registro lírico del Indio más personal y directo.

En el disco no hay abundancia de ruidos extraños. Aquellos parecen haber sido reemplazados con el recurso de las palmas, que suenan con justeza en casi todo el trabajo. Al redoblante de Martín Carrizo le falta fuerza en algunos momentos. Como con los solos de viola, intuyo que habrá sido una decisión del Indio. El disco debía sonar así, como un todo abroquelado sin demasiados lucimientos individuales. Retratar la añoranza requería una puesta musical no tan anómica.

Al fin sean bienvenidos todos

Pinturas de guerra da inicio al disco cortando cabezas con una batería que irrumpe casi como molestando. La letra arranca con un Indio preocupado por las moscas que merodean su lecho: “cuando ya abandone mi nombre a merced de miserables, tal será mi vergüenza que enviaré mi fantasma a librarme de ellos”. La Oscuridad, segundo en la lista, es de un amargor tan pleno que dan ganas de llorar. La viola psicodélica que se escucha entre estrofa y estrofa parece sacada de Oktubre. “Dejé jirones de mi vida aquí” canta el Indio citando a Eva, y todo suena a despedida.

Interior el ruiseñorEl callejón de los milagros hace sonar las palmas que el Indio ya había introducido en Pajaritos… y que serán una marca registrada de este disco. Se eleva el “coro anarco-pontificio”, una kermese de voces que convierten a este tema en una simpática peña rockera que debería durar más. El ruiseñor, el amor y la muerte recupera el tono oscuro anterior. Suena una balada de amor nostálgico. Hay algunos toques de Marco Antonio Solis que se filtran en la melodía. Pese a eso, se agradece la canción que muestra una cara musical no tan habitual en el Indio.

Del quinto tema, Strangerdanger, sólo habría que decir que, aunque no parezca, cuando el Indio escribió su letra todavía no estaba signada la vuelta del FMI al país. Con El martillo de las brujas aparece el clásico hit rockero al que el Indio nos tiene acostumbrados en sus discos: dos acordes que suenan hermosos. Misma receta que en Había una vez y Flight 956. La letra, bien transparente, se despacha contra el falso progresismo que habita en los barrios privados (la “moderna soledad”). Y con absoluta actualidad el Indio pregunta retóricamente: “¿no será pecado aguantar que decidan de una vez derramar?”.

Marcelo Figueras cuenta que El tío Alberto en el día de la bicicleta habla de Albert Hoffman, el descubridor del LSD. Allí aparece el Indio en una faceta muy calamaresca, incluso muy Pity Álvarez. La melodía pegajosa y la voz cálida del Indio quedan zumbando en el oído. Sigue Canción para un terrorista bonito que es, musicalmente, un homenaje a Skay solista, y no diremos más que eso.

El tema nueve es La pequeña mamba, un rock popero que pareciera la continuidad A la luz de la luna por melodía y temática. Suena la característica voz romántica del Indio que puede escucharse desde Tarea Fina hasta El martillo de las brujas, unos temas atrás. “Los muertos sin alma me quieren juzgar a mí” escribe el dolape en La moda no es vanguardia y lo explica todo. Con el Indio nos pasa algo parecido a lo que nos ocurre con Maradona. Conocemos de sobra sus defectos, pero nos repugnan un poco bastante sus detractores. El tema es una obra de arte. Se va con un fade-out que es una belleza que hubiera sido digna de quedar sonando varios minutos más.

A bailar que no hay infierno reparte palos a una pareja, y como es costumbre, se abren todo tipo de susceptibilidades en la horda redonda. La ciudad de los encandilados recupera el aire tenebroso de las primeras canciones con unos vientos que lo meten a uno en un callejón sin luz. “El deber de un amigo es perdonar” se escucha y la horda redonda ahora se ilusiona. Ostende Hotel arranca con un piano solitario junto a la voz del Indio. El pianito se mantiene durante toda la canción y suena distinto a todo lo anterior. Cuando entra la banda se vuelve todo perfecto: otro material de factura poco común en el Indio.

Entramos en las últimas escenas y la potencia rockera, que no abunda en El ruiseñor, aparece definitivamente con Panasonic y el mundo a sus pies. Un tema bien ricotero, en su melodía y en su letra. En el Último bondi quedaría pintado. Finalmente, El que la seca la llena cierra el disco a toda orquesta. Los fundamentalistas ahora sí se lucen: los vientos echan puta, el bajo slapea en un estribillo onda electro-dance, las palmas acompañan coreográficamente y las violas se llevan un disco que queda bailando en el marulo, para siempre.

Los fundamentalistas

No sirvo y nunca serví para tristes despedidas

Emotivo. A corazón abierto. El ruiseñor, el amor y la muerte tiene una oscuridad distinta a la de El tesoro. Aquí se trata de un crisol de temores: al desamor, a la enfermedad, a la muerte. Incómodo en su justa medida, novedoso en algunos pasajes, bajón en general y movilizante por momentos. El disco es probablemente uno de los mejores que haya hecho el Indio desde que inauguró su etapa solista.

A lo largo de las canciones sobrevuela cierto ambiente de despedida. El Indio dijo alguna vez “estar siempre a favor del adiós”, pero es probable que todavía quede tiempo para otro encuentro, para otras palabras. Igualmente, como ha dicho Marcelo Figueras, aun cuando no haya más canciones en la fábrica del Indio, las que ya nos ha regalado seguirán narrando y diciendo cosas nuevas. Por ahora nos quedaremos con ese consuelo amargo. Porque, después de todo, “el dolor más puro es el de haber sido tan feliz”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: