LA INCONMENSURABILIDAD EN EL DEBATE POR EL ABORTO

Creencias personales y razones científicas: ¿hay diálogo posible?

Por Agu González GP

Mucho se ha hablado los últimos meses acerca del debate por la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo (IVE). Son numerosas las aristas y argumentos (¿argumentos?) de uno y otro lado de la “grieta abortera” y no será objeto de esta nota realizar una enumeración sumaria de los mismos porque, se ha escrito mucho y muy bien.

El objetivo de la presente es diferente y, si se quiere, más modesto. La inquietud que nos aqueja es dilucidar si hay diálogo posible entre las, a grandes rasgos, dos posiciones al respecto; sobre todo a raíz de las poco célebres declaraciones que se suscitaron hace casi un mes en la Cámara de senadores/as en el tratamiento de la fallida ley.

Otra de nuestras motivaciones, menos honorable (nunca menos que la Cámara de senadores) pero no por eso menos real, tiene que ver con utilizar para algo a la epistemología. Nos valdremos para ello de la noción que introdujera Kuhn en su Estructura de las revoluciones científicas: la inconmensurabilidad.

Según su definición más simple, dos cosas son inconmensurables cuando carecen de una medida común y, por lo tanto, no son fácilmente comparables ya que no estaríamos utilizando las mismas unidades de medida o, si se quiere, el mismo lenguaje. De nuevo, la pregunta es: ¿Los senadores/as de uno y otro bando/paradigma hablaron el mismo lenguaje?

Cuando hablamos de ideologías, partidos políticos, en suma, de diversas posiciones, damos por hecho que las posturas suelen ser diferentes, incompatibles, es decir, no iguales. Pero la noción de inconmensurabilidad añade a esa incompatibilidad la imposibilidad de una comunicación, debido a que no hay lenguaje o instancia “neutral”, común, que la permita.

Las diferentes posturas o paradigmas disienten respecto al repertorio de palabras que utilizan, por ejemplo, difícilmente podremos ver a los/as “pro-vida” utilizando la palabra “sororidad” ya que no es concebible dentro de su “marco teórico”, ni tampoco escucharemos al economista ultra liberal José Luis Espert hablándonos de plusvalía o lucha de clases. Pero inclusive, paradigmas rivales pueden utilizar las mismas palabras, con sentidos completamente diferentes. Téngase, por caso, la utilización de la palabra “vida” en cada uno de los polos antagónicos.

El otorgamiento de un sentido establecido a determinada palabra, tiene que ver con que cada paradigma lleva implícita una particular forma de ver el mundo. Esto es, una persona nacida en la América precolombina, podrá mirar al sol pero, literalmente, estará viendo algo diferente a lo que verá una persona nacida en nuestra América del siglo XXI. La primera verá a una deidad suprema, origen del universo a la que debe devoción para no alterar el curso pacífico de su vida; mientras que la segunda verá una masa inmensa de energía, que paradójicamente sí es fuente de la vida en la tierra, pero no necesariamente temerá no venerarla para no alterar el curso de su vida cotidiana.

nueve y seis

Hasta acá, todo bien. Podrá argumentarse que la diversidad de opiniones y la pluralidad de voces son sanas e inclusive necesarias para toda convivencia en democracia; también coincidimos. El problema surge cuando se supone que en el grado de desarrollo institucional y democrático al que hemos llegado, deberíamos hablar si bien no desde la misma postura, por lo menos, en los mismos términos, en el mismo lenguaje, en un mismo nivel de análisis.

Para no perder el hilo “epistemológico”, citaremos una imagen de pictoline que se ha hecho muy popular en el último tiempo en las redes, donde se exponen los argumentos de Karl Popper acerca de tolerar la intolerancia (otra paradoja más, Popper no era precisamente la persona más tolerante, pero no viene al caso).

En dicha gráfica, el austríaco-británico argumenta que si en determinada sociedad la gente aceptara todo tipo de “opinión”, podría llegar el caso de que una minoría racista yPopper acérrimamente intolerante, escudada (y respetada por el resto) en su “libertad de pensamiento”, terminara por llevar adelante los postulados de su doctrina y eliminara toda divergencia.

Volviendo al debate del Senado, sostenemos que dentro de una democracia “madura” (o en proceso de), y en el marco de una sociedad y un Estado pretendidamente laicos, los “argumentos” utilizados por lo/as legisladores deben ceñirse a un marco de seriedad, tolerancia genuina y cientificidad.

No caeremos aquí en el peligroso postulado de deificar a LA ciencia, como si solo existiera una única, imbatible e impoluta ciencia que habría alcanzado su punto máximo de desarrollo. En dicho caso, ni la epistemología ni la sociología del conocimiento nos habrían enseñado nada y el tristemente célebre “politólogo” Francis Fukuyama habría acertado al decretar el fin de la historia.

Sabemos que la neutralidad no existe, es decir, somos sujetos/as, estamos sujetados a, condicionados por, la época en que nacimos, el nivel económico que nos tocó, nuestro país de nacimiento, nuestras creencias religiosas, morales, y políticas, nuestro equipo de fútbol, tenis o squash, entre tantas otras, que nos impiden hablar completamente desposeídas/os de nociones en alguna medida falsas (o no del todo ciertas) o ideológicas. El desarrollo mismo de nuestras vidas nos ha hecho ver una misma cosa de diferentes maneras con el correr de los años. Todo esto tampoco implica una renuncia ciega al relativismo, ya que sino volveríamos nuevamente al “hiy qui rispitir cuilquir ipiniin”; sino que nos lleva, otra vez, a respetar ciertas nociones básicas de la comunidad en la que vivimos y por qué no, de la ciencia en que vivimos, que son ya inobjetables. Nadie objetaría hoy que la tierra es una esfera achatada hacia los polos que gira alrededor del sol, alegando que en realidad vivimos sobre una simpática tortuga que nada (o vuela, keseio) por los pintorescos aires del espacio estelar.

Aunque, para ser sinceros, existen dichos casos y, lamentablemente,  algunos llegan a senadores. Entonces rectifico: nadie que tuviera una dosis mínima de respeto por los consensos sociales y culturales a los que hemos arribado luego de miles de años de un pretendido desarrollo humano.

Entonces, un posible aporte sobre el debate legislativo, creemos, nos lo puede dar la epistemología. Cuando un paradigma compara la soberanía de las mujeres sobre su cuerpo con el qué hacemos “cuando nuestra perrita queda preñada”, podemos intentar ver qué lenguaje o qué paradigma ha quedado desacreditado en el tiempo.

Cuando determinado paradigma intenta llevar el debate hacia “las instancias previas de educación y facilitación de anticonceptivos” pero es, a su vez, el paradigma (o la mayoría de sus miembro/as) que se ha negado sistemáticamente a permitir la aplicación de la Educación Sexual Integral, podemos intentar ver si nos buscan interpelar desde la ciencia, o desde algún cínico tipo de engaño. Para muestra, las objeciones en el tratamiento de la modificación de la ley de Educación Sexual Integral (ESI) que se dió el martes en Comisiones de Diputados, donde el grupo “pro-vida” puso nuevamente trabas en la discusión y manifestaron que si quieren celeste, que les cueste.

O cuando un legislador nos “argumenta” su posición y su voto respecto a un proyecto legislativo (legislativo, no moral, ni personal, que atañe a una sociedad que respeta constitucionalmente la libertad de credos y se pretende laica), en base a sus “creencias religiosas y personales”, podemos intentar razonar si es válido o no, para el consenso democrático en el que intentamos vivir.

Por último, cuando se expone en base a argumentos estadístico-científicos avalados por diversos organismos internacionales y Estados que tuvieron este debate hace décadas, que los abortos no aumentan cuando se legaliza la IVE, pero que por el contrario sí lo hacen (o se mantienen estables) sea legal o no, ya no hay muchas dudas acerca de qué paradigma es el que se encuentra en condiciones más serias, “más científicas” de dar una solución racional al tema.

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