LOS SOBREVIVIENTES

¿Hay doble moral en la forma en que miramos el éxito deportivo?

Por Alejandro Wall

*Nota publicada originalmente en Tercer Cordón

Aunque la televisión no la haya enfocado, antes del partido contra Aldosivi, por la segunda fecha del torneo, Huracán mostró una bandera que reclamaba justicia para el Bocha. El Bocha es Cristopher Rego, asesinado por la Prefectura en Parque Patricios el 12 de agosto. El ex suboficial Pablo Britez le disparó dos veces porque Cristopher no paró en un control con su Peugeot Partner blanca. Otros prefectos intentaron encubrir el fusilamiento levantando las vainas. Hay ocho agentes procesados. “El joven, quemero de ley, tenía 26 cuando fue asesinado de dos disparos”, contó Huracán desde su cuenta oficial de Twitter para convocar a una marcha en reclamo de justicia.

En el país gobernado por un presidente que saludó a Luis Chocobar, el policía que mató por la espalda a un hombre que huía luego de haber apuñalado a un turista para robarle, Facundo Ferreira, un niño de once años, es asesinado de un tiro por policías tucumanos, y quien sea confundido con un ladrón será perseguido por las fuerzas de seguridad. Le ocurrió en febrero en Wilde a dos hombres que iban en auto a jugar a la pelota. Recibieron disparos desde un patrullero. A eso le llaman gatillo fácil, el eufemismo de la criminalidad estatal. Es el país del Bocha. Y también de otros Bocha, que seguro eran hinchas pero que, sobre todo, soñaban con ser jugadores.

A Maximiliano Maidana lo mató una bala policial en El Talar, partido de Tigre. Maxi volvía de un cumpleaños. Los policías René Nerbo y Alberto Pérez, de la comisaría 5º, disparaban contra unos pibes del barrio San Pablo que estaban en un auto, dijeron que querían impedir un robo. Pero una bala le dio a Maxi, que tenía diecisiete años y jugaba en las inferiores de River. En dos días a los policías les dictaron la falta de mérito y la causa quedó archivada. Fue en enero de 1997.

También tenía diecisiete años Hugo Arce, que jugaba en San Telmo cuando en septiembre de 2011 un policía lo mató en el barrio de Gerli. Iba en un auto con amigos. Sergio Bovadilla, cabo de la Federal, declaró que lo intentaron robar cuando llegaba a su casa. Según la Coordinadora contra la Represión Policial (Correpi), las pericias probaron que el policía disparó más de diez veces contra el auto en el que iba Hugo, a quien mató y también hirió a su amigo, Carlos Vázquez. Los pibes iban desarmados. No hay disparos que no sean del policía. En 2017, la Correpi logró que se cite a indagatoria a Bovadilla, aunque todavía no se lo encuentra. Se cree que está en Formosa, en una delegación de la Policía Federal.

Huracan

Maidana y Arce son los pibes que no llegaron. Porque los mataron.

Walter Lezcano contó en la quinta edición de la revista Don Julio, la historia de Lautaro Bugatto, campeón con la reserva de Banfield, a préstamo en Tristán Suárez cuando el policía bonaerense David Benítez le pegó un tiro. Benítez perseguía a otros pibes. Disparó a mansalva y una bala le dio a Lautaro, que salía de su casa junto a dos primos y un amigo. Era mayo de 2012. Lautaro 21 años y una hija de un año y once meses. Benítez fue condenado a catorce años por homicidio simple.

Todos ellos, igual que Darío Coronel, el Guacho Cabañas, amigo de Carlos Tevez, que jugó en Vélez y Argentinos y se rajó un tiro en la cabeza cuando era acorralado por la policía en el Fuerte Apache, forman parte de las estadísticas de la violencia institucional. En la última marcha nacional contra el gatillo fácil, Correpi denunció el aumento de las políticas represivas en el gobierno de Cambiemos, durante el cual se produce una muerte a manos del Estado cada 23 horas.

Son también solo algunos casos de los pibes que no llegaron. Los que llegaron, en cambio, son los sobrevivientes. A los primeros la sociedad les soltó la mano. A los otros se las toma como ídolos. Cuando Francia ganó Rusia 2018 se habló de la doble moral, de cómo esos hijos de inmigrantes, eran abrazados por los franceses como campeones. A otros inmigrantes, a los que no llegaron a ser futbolistas, se los persigue. Lo mismo se decía con la Francia de 1998. El multiculturalismo como farsa. ¿No ocurre lo mismo con los pibes de los barrios pobres en la Argentina y en Sudamérica?  El fútbol los galvaniza. Muchos de los que piden bala para los pibes de los barrios, son los que celebran los goles de los que llegaron.

“Tiene la misma lógica que cuando el menemismo perseguía a morir a travestis y trans en las calles, y al mismo tiempo se sacaba una foto cenando con una modelo/vedette travesti famosa. Para mí no ‘doble moral’ sino simple cuestión de clase: el fierita de visera de Fiorito que elude la bala policial se convierte en Maradona, famoso y multimillonario, y no hay presidente ni empresario que no quiera una foto con él”, dice la abogada María del Carmen Verdú, de Correpi.

Centurion

“El futbolista que llega –agrega el sociólogo Pablo Alabarces- pasa a formar parte de otro sistema. No es que se desclasa, sino que cambia de clase, se vuelve celebridad y en tanto celebridad pasa a ser clasificado, entendido y hablado como tal. Su nivel de consumo, las mujeres con las que sale”. Sin embargo, ese origen nunca se pierde. “Cuando tiene algún tipo de intervención que lo saca de ese mundo, vuelve a ser aquello que en realidad nunca dejó de ser, este negrito, qué queres”, dice Alabarces, que acaba de publicar Historia (mínima) del fútbol en América Latina.

Esa operación se expresa con claridad en Ricardo Centurión. Aplaudido por hinchas de Racing -o incluso de Boca- cuando la pisa y hace goles, elogiado en los medios, su origen villero surge cuando su protagonismo se desplaza hacia algún episodio lejos de la cancha. Ahí es cuando el apodo de wachiturro toma un significado despectivo. “Creo que fue Lilian Thuram (campeón con Francia en 1998) el que dijo que cuando ganaba era francés y cuando perdía era africano –dice Alabarces-. Eso se repite en cada caso. Según su función, se clasifica de cierta manera o de otra, se los discrimina o se los lleva a la categoría de celebridad”.

Fidel forma parte de la primera camada de fútbol popular de La Poderosa, una de las herramientas mediante las cuales se organizan los barrios. Con él jugaba Aquiles, que tenía dieciseis años cuando lo mató el policía Cristian Romero, custodio de Julio Cobos. Aquiles vivía en Zavaleta y había jugado en las inferiores de Racing, pero cuando murió estaba en All Boys, a punto de pasar a la Reserva. “Murió por esta sistemática del gatillo fácil, como distintos pibes que se cruzaron con la cana y les arrebataron el sueño”, dice Fidel, que hoy es un referente de deportes de La Poderosa.

“Los pibes –continúa Fidel- tienen la meta de ser futbolistas y también la de tener un trabajo para ayudar a su familia, y así rescatarse también un poco de la dinámica del territorio, que está en manos de las fuerzas policiales, de la falta de educación y la cultura, de la falta de deportes. Hay gente que no sabe todas las adversidades que enfrenta ese pibe para llegar, al que lo discriminan en el club, que lo dejan afuera por no tener botines y tener zapatillas rotas para entrenar. Se ven las figuritas y el vaso lleno cuando no hay un recorrido en la historia. Y esa historia puede ser la demostración de lo que es la vida en los barrios humildes. El trasfondo es ese y hay mucha desinformación sobre la vida de esos pibes, que llegan a ser futbolistas profesionales muy golpeados”.

La poderosa

Hace unos días, en una entrevista con Olé, Diego Maradona decía que Mauricio Macri no entendía lo que era ser argentino. “Él vivió toda la vida en Europa o se iba de vacaciones a Brasil, no sé… Porque hay que acordarse de cuando fue a La Boca y dijo ‘fango’ mientras estaba pisando el barro. Barro, barro, es barro… Es tierra y agua, se forma cuando llueve, pero él no lo conoce. Aparte fijate que no sabe leer, yo leo mejor que él y estudié en la General San Martín de Fiorito. Lo que pasa es que el nene de papá también puede ir pasando de grado llevando un día al padre al colegio…”. Para Maradona, ser de Fiorito es una reivindicación, es su identidad. Aunque haya viajado en primera clase, nunca dejó de ser de Fiorito. Pero también es la forma del desprecio que recibe. “Uno de los calificativos que llegué a escuchar de Maradona –dice Alabarces- fue que era un ‘negrito respondón y deslenguado’. Cuando ciertas opiniones de Maradona lo corrían del lugar de ídolo nacional, volvía a ser aquello que nunca había dejado de ser, un producto de Fiorito”. Del barrio, como lo eran los pibes que cayeron por las balas policiales. Como lo son también los que llegaron, los que sobrevivieron.

Maradona niño

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