MENTIRA LA POSVERDAD

¿Hay que dejar de robar con la posverdad por dos años?

Por Javier Frias

Corrían los últimos meses de 2016 cuando nos enteramos que el Diccionario Oxford había elegido el neologismo posverdad como palabra del año. Según nos contaron, el engalanado concepto provenía del término inglés post-truth, una conjunción de palabras que señalaría aquellas circunstancias en que los hechos objetivos comienzan a perder influencia en la formación de la opinión pública.

Se trataba de una idea seductora. Frente al ritmo vertiginoso que las nuevas comunicaciones le imprimieron a la circulación de información, y a lo contaminable que se volvió ese circuito a manos de fake news, trolls, falacias y difamaciones varias, no tardamos en adoptar el neologismo como parte de nuestra locución cotidiana.

Sin embargo, desde su aparición el concepto de posverdad siempre ha corrido el riesgo de confundir más de lo que explica. En efecto, según la RAE la posverdad es una “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. Y esta es, sin dudas, una definición problemática.

La pregunta inmediata que surge al leerla es, ¿qué es lo auténticamente novedoso de esta operación? Es decir, si la apelación a las creencias y emociones para construir opinión evidentemente no comenzó hace 20 o 30 años, ¿qué hay entonces de “post” en la posverdad? O, más concretamente, ¿qué ha cambiado en nuestras sociedades para que esta “distorsión de la realidad” justifique el empleo de un nuevo término por sobre otros que han intentado dar cuenta de fenómenos similares como las nociones de ideología, doxa, propaganda, manipulación, etc.?  

La única verdad era la realidad

Que los mecanismos distorsivos en relación a la representación de la realidad son de larga data es indiscutible. El supuesto mismo de que la verdad es una construcción pone de manifiesto que lo que consideramos como verdad en una época y en un lugar determinado es siempre el resultado de una disputa entre agentes sociales por imponer su propia interpretación del mundo.

Posverdad 3Una posible justificación de la pertinencia del término posverdad residiría, entonces, en la magnitud. Esto es, si bien la posverdad ha existido siempre, la particularidad de nuestra época sería la de haber dispuesto un conjunto de canales por los que la propagación de ciertas deformaciones ideológicas alcanza una dimensión antes inimaginada. Pero esta lectura no nos deja del todo conformes porque, al margen de que el flujo de información se haya amplificado notablemente en los últimos años, no está claro que en la actualidad la manipulación sobre la opinión pública sea mayor que en el pasado.

Aquí quisiéramos ensayar una explicación alternativa. Digamos, si nuestro tiempo histórico puede ser identificado como la época de la posverdad no es porque la formación de opinión sea algo novedoso ni porque alcance un mayor volumen en la actualidad, sino porque hay un cambio decisivo en la manera en la que el sentido común dominante irradia socialmente. Vale decir, la imposición de una mirada particular sobre el mundo ya no opera bajo la pretensión de decretar esa mirada como la única verdad, sino bajo el supuesto de que no existe verdad alguna, sino verdades en plural que se traducen como múltiples e inocentes opiniones, todas igualmente válidas y dignas de ser respetadas.

Posverdad 2Puestos a elegir, antes que el concepto de posverdad, preferimos la noción menos ambigua de censura invisible que alguna vez acuñara Pierre Bourdieu. Con esa idea el sociólogo francés pretendía señalar que la reproducción de la ideología dominante ya no actúa, como antaño, mediante la proscripción de contenidos, sino a través del mecanismo mucho más sutil de acelerar el tráfico de información de manera tal que sea imposible discernir entre lo riguroso y lo falso o entre lo relevante y lo que no lo es. Creemos que ese es el sentido adecuado que debiera atribuírsele a la palabra posverdad. Es decir, si vivimos en medio de la posverdad es porque el poder hoy se apoya sobre la aparente muerte de la verdad y su reemplazo a manos de una proliferación sin fin de opiniones, simulacros, discursos o aquello que en algún momento se llamó los “juegos del lenguaje”.

Mejor volvamos a tratar a los hechos sociales como cosas

De ahí que tengamos una discrepancia estratégica con ese gran rockstar de la filosofía que es Darío Sztajnszrajber. Queremos decir, estamos plenamente de acuerdo con su insistencia en que la verdad siempre es parcial, que objeto real y objeto de conocimiento nunca se confunden, que nuestro conocimiento de la realidad a lo sumo es aproximado, relativo a un tiempo y un espacio y afectado por el punto de vista, los intereses y los condicionamientos sociales de quien la aborda.

Darío Z 1

No obstante, pareciera ser que el gran peligro actual no es el empirismo que decreta la verdad como una cosa dada, única e inmutable, sino, por el contrario, el relativismo de las infinitas verdades. El poder hoy es fervorosamente nietzscheano por aquello de que “no hay hechos sino interpretaciones”. Frente a la gelatinosidad de un poder que opera relativizándolo todo hay que salir a gritar: ¡Hay hechos, hay interpretaciones, y hay interpretaciones más apropiadas que otras!

Y aquí no se trata de volver al viejo sueño positivista de erigir una Ciencia en singular y con mayúscula, sino de defender algunos criterios metodológicos y epistémicos que nos permiten evaluar la mayor o menor validez de una lectura sobre la realidad. Para tomar el ejemplo de la muy buena nota de Agu González, si estamos discutiendo políticas públicas en relación al aborto está claro que no tienen el mismo peso las estadísticas oficiales de mujeres muertas por esa práctica que el hecho conocido de que la madre de Vivaldi no abortó a Vivaldi…

A falta de una definición: Intratables como modelo pionero

Lo que la RAE no logra aclarar, bien puede ser explicado con un ejemplo gráfico. Si se nos permite, aquí sostendremos que Intratables es el primer y más genuino producto televisivo de la posverdad. Pues, como hemos planteado en otro lugar, la característica particular de aquel formato es justamente la de combinar una cantidad grande de opinólogos sobre una variedad muy amplia de temas. Al lema del programa “todas las voces” habría que añadirle la aclaración “todas las veces”, dado que literalmente son muchas voces sonando al mismo tiempo, superpuestas unas con otras, con prioridad para aquella voz que logra gritar más fuerte que las demás.

Es en dicho contexto donde se vuelve central esa suerte de bonapartismo regresivo que Santiago del Moro ejercita en su programa. Aunque aparentemente neutral en el debate, el conductor irrumpe para poner orden cuando el griterío se vuelve caótico. Su intervención pretende hacer de árbitro entre las posiciones, pero esa última palabra discurre sin inocencia alguna: los lugares comunes con que Del Moro cierra la grieta previamente construida, en el mejor de los casos, apestan a antipolítica.

Del Moro

Aquella dinámica es sumamente ilustrativa de la forma en que la posverdad opera como mecanismo de construcción ideológica. En nuestra opinión, en la época de la posverdad la reproducción del sentido común dominante está garantizada por dos factores. En primer lugar, porque las distintas opiniones disponen vías de expresión desiguales. En Intratables esto es evidente: la diversidad de posturas es completamente asimétrica. Y ello es cierto tanto en términos cuantitativos (con la necesaria presencia del “factor Brancatelli” como garante de una pluralidad impostada), como en términos cualitativos, dado que la palabra de Del Moro es la única que reviste carácter instituyente en el debate.

Y en segundo lugar, por la eficacia exponencial de la información falaz a la hora de influir sobre la opinión pública. Es decir, en la mirada simplista hay una potencialidad interpeladora con la que Intratables juega siempre. Así, es más sencillo creer que alguien que corta una calle es un vago que no quiere laburar a problematizar las condiciones sociales que determinan aquella circunstancia. O bien es más cómodo explicar una crisis a partir de una supuesta predisposición de los argentinos hacia la corrupción que intentar entender los desajustes estructurales de nuestra economía.

Por eso es que, en medio de estos cantos de sirena que recorren la disputa de ideas a través de la posverdad y la censura invisible, quizás sea oportuno retomar hoy cierta aspiración originaria por la verdad. Hablamos de una aspiración que no entienda a la verdad como un absoluto, sino como utopía, como aquello que está en el horizonte y no se puede alcanzar. En definitiva, una aspiración política que, sin ser garantía de nada, al menos nos permita caminar, como decía Galeano, y así salir de este lodo relativista en que estamos todas y todos manoseaos.

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