SER LACANIANO NO ES SER POSMODERNO

¿Qué separa a Lacan del relativismo propio de la posmodernidad?

Por Facundo Villarruel

Los lacanianos sostenemos que existe un resto que llamamos “lo real”, imposible de representar con palabras, que escapa a toda simbolización, a todo intento de captura por los dispositivos de poder. En esto nos separamos de Foucault para quien el poder produce el deseo. Separamos sexo de sexualidad. El sexo nace en la falla de los discursos sobre la sexualidad.

¿Qué decía el gran Foucault? Afirmaba en su Historia de la sexualidad que el poder más que reprimir la sexualidad, se ha encargado de producirla, de hablar y hacer hablar sobre ella. Argumenta que el elemento represivo no es el más importante en la relación entre el poder y la sexualidad. Había que controlarlo y para ello desplegar una serie de saberes que fueran minuciosos en su inspección. Por ejemplo, rastrea la genealogía de esta producción de la sexualidad en los manuales de confesión de la iglesia durante la Edad Media. Es el siglo XVII donde Foucault encuentra la bisagra entre el día luminoso en el cual el sexo no estaba reprimido, los cuerpos se pavoneaban, se exhibían sin tanto tapujo y la noche victoriana en donde reina el pudor y la reticencia.

FoucaultPero para nuestro querido Foucault la represión no es lo fundamental, es sólo una táctica secundaria luego de la proliferación de los discursos sobre la sexualidad. Hay en la Historia de la sexualidad una crítica al psicoanálisis de Freud, como una continuación de este hilo del poder por producir discursos sobre la sexualidad. Hay una denuncia hacia el psicoanálisis como disciplina normalizadora del sujeto y de la sexualidad.

Aquí, quien escribe y se escribe admite que se siente un poco intimidado por la interpelación de Michel. Pero no emprenderemos un enfrentamiento tan tajante ya que consideramos que hay parte de verdad en el planteo, dado que Freud se dejó llevar en ocasiones por su pasión por curar, propia del espíritu médico y optó por la vía de la comprensión y la interpretación, olvidando que su propio descubrimiento del inconsciente imponía la regla fundamental de la asociación libre y su escucha. La asociación libre va en contra de la coherencia de las interpretaciones. Por eso Lacan advierte: “Cuídense de comprender”. En esta advertencia está lo que señalamos más arriba: recuerda que lo fundamental del sujeto no puede ponerse en palabras, el lenguaje falla. Estas indicaciones bien podríamos recordárselas a Michel Foucault ya que acordamos en que saber es poder y que el poder y el saber generan placer, pero no es esto lo único que nos constituye como sujetos.

Al leer la Historia de la sexualidad uno tiene la sensación de que el poder nos constituye, de que viene desde abajo, de que está en nuestras prácticas más íntimas. Estamos de acuerdo. No podemos negar que es un aspecto que nos funda como seres humanos. Tenemos esa voluntad de saber, como tenía Amélie el gusto por imaginar los orgasmos que se estaban produciendo simultáneamente en la ciudad de París. La hermosa Amélie mira a la cámara y nos dice con una sonrisa la cifra que ha contabilizado, desde lo alto del techo de su edificio, como si ella fuera la misma figura fálica del panóptico. Un hermosísimo panóptico.

¿Cuál es el lugar para la idea de la nada en Foucault? Esa nada que Lacan hereda de Heidegger y que está presente en Sartre, heredero también de Heidegger. Venimos fallados al mundo, somos arrojados al mundo habiendo perdido la armonía natural de la que gozan los animales. El sujeto no puede ser reducido a las determinaciones sociales, discursivas, culturales, biológicas, que son incuestionables. Hay más bien, una cierta indeterminación en el sujeto humano, algo que le es impropio. Cuando nacemos somos tan frágiles, los más frágiles del reino animal. En esto los lacanianos nos separamos de la tradición humanista que decía que el hombre era el amo del universo. ¿Cómo? Si al nacer somos prematuros, endebles y fragmentados, tiene que pasar un buen tiempo para que aprendamos a caminar. No tenemos una esencia que nos garantice nada, por lo tanto es menester no albergar ninguna esperanza.

En el psicoanálisis de Lacan la palabra no es como dice Foucault, un instrumento del poder solamente. Aunque tiene razón, la palabra es poder. Pero la palabra del diván es una palabra que viene del sujeto, hay palabras y palabras. Se trata en psicoanálisis de hallar esas palabras que forman la trama del sujeto y que toman distancia de las palabras del Otro (el poder). Son palabras que vienen del inconsciente y que rodean un agujero. Para el machismo hablar de agujeros y nadas tal vez sea perturbador. Es esa perturbación la que genera el psicoanálisis. Se trata de feminizar al sujeto, en el sentido de ponerlo en relación con la nada, en relación con ese objeto nada de la que hablábamos más arriba.

Existe, entonces, un hueso imposible de roer, una ausencia que constituye al ser humano. Se trata de aquello que no se puede deconstruir por más conciencia crítica y voluntad que se le imponga. No todo es relativo como dirían los posmodernos. La verdad existe. La verdad es lo real y lo real no es la realidad. La verdad es eso imposible, lo imposible de la reconciliación de la sociedad consigo misma, la imposibilidad de abolir el antagonismo tanto del sujeto, su división, como la división de la sociedad.

En verdad, la sociedad no existe, no existe una unidad llamada sociedad. Hay una herida incurable en la sociedad que sólo se puede suturar de un modo transitorio, esporádico. A esta imposibilidad de una sutura completa se le opone no se sabe bien cómo ni por qué, un deseo de curar, de hacer algo con eso, de inventar una posible solución que no siempre es la misma, una solución contingente, una cicatrización posible. El deseo es un misterio, como la vida es un misterio. Lo que nos enseña Freud es a no arruinar lo bello del misterio de la vida, el florecer del deseo con especulaciones filosóficas que buscan causas. Un poco aquí está el eco del tren de Althusser que no se sabe de dónde viene ni a dónde va.

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No pensamos como Durkheim que hay que recuperar un equilibrio perdido. ¿Cómo podríamos recuperar lo que nunca tuvimos? El conflicto y lo inestable son parte de la estructura, tanto del sujeto como de la sociedad. Pero ni el dolor, ni el conflicto resuelven nada por sí solos. Hace falta el deseo de curar, aunque esto sea imposible, aunque sepamos que el malestar en la cultura insiste. Entonces debemos asumir este malestar y aprender a vivir con él. A usarlo como el combustible de un arte que nos permita vivir con dignidad. Porque en este sistema que nos obliga a abolir el sufrimiento y la muerte, hay que recuperar la dignidad del sufrimiento, su importancia, su función en la vida como remanso, como llamado de lo particular, de lo real que nos habita y que no entendemos, el llamado de esa verdad que merodea entre nosotros, inefable.

No existe una unidad llamada sociedad, una totalidad cerrada que se llame sociedad, un sistema social como decía Parsons, no existe ningún tipo de solidaridad ni mecánica ni orgánica. No podemos seguir pensando a la sociedad en esos términos. Si el sujeto no es de por sí un ser normal, sano, sino que estos son ideales que se le imponen desde otro lugar, entonces queda hacer la jugada de llevar estos planteos al ámbito social. Otros lo han hecho, seguimos su legado. A menudo escuchamos en los medios de derecha este ideal de ser un país normal, esta voluntad de querer erradicar a los que cortan las calles, a los que son desviados y no se adaptan a una supuesta normalidad, a los vagos que no trabajan y que son mantenidos por la población económicamente activa. Yo mismo me he visto repitiendo estos ideales, ¿quién está exento de ellos? Todo esto y más escuché de la espantosa boca de Baby Etzchecopar por la radio.

FreudSin embargo, el poder no ha logrado apropiarse de los sueños, entendidos no como ideales, sino los sueños reales que tenemos por las noches, cuando descansamos de la vigilancia de la conciencia ni de los chistes y fallidos de la vida cotidiana. Es en esas fallas del sistema, en esos cortocircuitos en donde emerge una posible desconexión de los dispositivos de poder. Desconexión es el nombre de la revista que cobija este artículo. Cuando me dijeron que así se iba a llamar, bastó sólo esta palabra para encender mi deseo, para tocar algo de lo real de mi deseo que me es imposible explicar en última instancia. Podemos sí adentrarnos en el intento de las explicaciones sociológicas, no las descartamos. Con esto último desconfiamos del fin de los grandes relatos que nos ha propuesto la modernidad. Si algo nos enseña el psicoanálisis es la importancia fundamental del lenguaje en nuestra vida. Se trata de una cura por la palabra porque la palabra pacifica. Frente a la palabra del poder oponemos el poder de nuestras palabras.

Termino este artículo exhausto, salí a tomar aire en un recreo, salgo a pasear a la perra y al tocar la vereda escucho a una niña en monopatín que canta mientras cruza la calle: “Zapallo y verdura, los negros a la basura”. Era el día martes, mientras los negros hacían paro. Lo negro se asoció comúnmente al inconsciente, esa parte oscura y siniestra, esa parte que no soportamos de nosotros mismos ni en la sociedad. El canto nada inocente de la niña clara me perturba y a la vez pienso mientras paseo a la negra de mi perra que me gusta la basura.

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