GENEALOGÍA DE LA DEUDA

Marca personal y análisis del legado del “Messi de las finanzas”.

Por Piero Pérez Prolongo

Dice Ambrose Bierce, “deuda, ingenioso sustituto de la cadena y el látigo del negrero”. Llamativamente, o no tanto, el problema de nuestra deuda externa pareciera pasar desapercibido para la mayor parte de los medios masivos de comunicación. En una suerte de impasse periodístico para con la realidad inmediata, la gran cobertura de los principales canales de noticias y diarios se ha circunscripto en los últimos tiempos a tratar la corrupción de los llamados gobiernos “populistas”, no solo en la Argentina, sino en los demás países de América Latina.

Tal como se sostiene en el libro de Norberto Galasso, “De la Banca Baring al FMI”, la deuda externa fue en todos los tiempos un instrumento de extracción de las riquezas nacionales, impuesta por las élites políticas y económicas. Si en los supuestos la operación de préstamo debería ser usada para motorizar el desarrollo nacional, la historia nos ha mostrado, y lo sigue demostrando actualmente, que su uso mayoritario se concentra en la especulación financiera, vaciando al país, condicionando su política económica y consolidando a los grupos de poder extranjeros y nacionales.

Sin embargo, ¿cómo se manifiesta este fenómeno en la Argentina actual? El Banco Central enfrentará el próximo 16 de octubre el último super-martes de Lebac. Dato objetivo y real, en diciembre las Lebac pasaran a ser un mal recuerdo, para ser reemplazadas por un instrumento similar, la llamada “bomba” Leliq. Pero antes de que pasen a mejor vida, conviene hacer un balance de lo que dejaron estas llamadas letras “Lebac” en los últimos dos años y nueve meses, periodo en el que “pasaron de ser el instrumento de inversión estrella en la city, a un activo tóxico criticado por los técnicos del FMI”.

Pues bien, hay que decir que por los intereses relativos a esa deuda, el Banco Central pagó una suma equivalente a 25.323 millones de dólares. Para tomar dimensión, ese monto representa la mitad de las reservas internacionales, las exportaciones de más de un año del complejo oleaginoso, cuatro años de retenciones, o el 50% del crédito negociado con el FMI. Se trata de dinero que, invertido en la economía real, hubiera generado un crecimiento de al menos 6 puntos del Producto Bruto Interno (PBI).

Las Leliq, por su parte, son un riesgo latente que irá en aumento en los próximos meses. La intención del Central de no emitir pesos hasta el año próximo potenciará el problema por la suba de tasas. La autoridad monetaria “Banco Central” deberá pagarle a los bancos retornos cada vez más elevados. El pago de intereses de las Leliq ya suma $28.961 millones. La cifra podría duplicarse al finalizar el año. Con un tipo de cambio cercano a 40 pesos, la banca recibiría por invertir en Leliq el equivalente a más de 725 millones de dólares mensuales.

Pero vamos al origen. El tristemente célebre “Messi de las finanzas”, Luis (Toto) Caputo es el responsable de liderar un ciclo de endeudamiento vertiginoso, superior al de la última dictadura militar. Pactó ocho emisiones de bonos por un total de 43.687 millones de dólares, de abril de 2016 a enero del 2018, con un grupo de doce bancos internacionales privilegiando al HSBC y al Deutsche Bank en la distribución de ese negocio. Sumando las comisiones formales y la venta directa de esos bonos a una cotización por debajo de la del mercado, ese grupo de entidades embolsaron, por lo menos, 610 millones de dólares.

En ese paquete de bonos está incluido el increíble bono a 100 años por 2.750 millones de dólares, en el cual participó en la suscripción original Noctua, la offshore vinculada a Caputo, lo cual supondría un claro conflicto de intereses. La última colocación fue en enero pasado por 9.000 millones de dólares. En su momento se presentó como una operación brillante porque Caputo adelantaba el ingreso de recursos y tenía cerrado el 80% del plan financiero del año. La realidad fue que esa operación tuvo como resultado la clausura de la fuente de dólares de Wall Street, porque los bancos y los fondos de inversión se saturaron de bonos argentinos, y esto precipitó la crisis.

Macri Lagarde
Imagen: Gonzalo Rielo

Cuando en marzo de este año Caputo volvió a Nueva York a solicitar un nuevo préstamo, le informaron que no había mas dólares para Argentina, que a partir de ese momento deberían acudir al FMI. Caputo señaló en esa oportunidad que aquella era una opción inviable políticamente e innecesaria financieramente. A los pocos meses, el gobierno no tuvo otra alternativa que acudir desesperadamente al FMI. Como Secretario de Finanzas, Caputo ha dejado, además, la mecha encendida de la “bomba Letes en dólares”.

Según Jorge G. Herrera en una nota del diario Ámbito Financiero publicada en la edición del martes 28 de agosto, en la era Macri ya se fugaron del país 52.126 millones de dólares. En 2016, sumaron 9.951 millones de dólares, en 2017, 22.148 millones de dólares, y en lo que va de 2018 hasta el mes de julio, otros 20.027 millones de dólares.

Si se investiga sobre el tema deuda externa, su historia y su evolución desde 1823 hasta el 2018, el lector no tardará en advertir que tales episodios siempre tienen idénticos ganadores y perdedores: de un lado los grupos de poder locales con sus socios del exterior, del otro la gran mayoría de la población compuesta por la clase trabajadora, la clase media, los jubilados, los niños, los pobres. En el lenguaje del poder la palabra “despilfarro” está reservada para referirse a los compromisos del Estado con los derechos sociales. Sin embargo, es la de la deuda y la especulación financiera la única y auténtica “fiesta” que pagamos entre todos.

Bici financiera 2

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