DEMOCRACIA EN RUINAS

¿Cómo se gestó el camino de Bolsonaro a la presidencia de Brasil?

Por Lautaro Baez | Fotos: Midia Ninja

“Coragem. A vida e feita de coragem” (Fernando Haddad)

Es un hecho. Pese a la remontada de Haddad en los últimos días, Jair Bolsonaro será el próximo presidente de Brasil. En franca decadencia desde el impeachment a Dilma, la democracia brasilera será la carcasa de legalidad que el establishment de las tres B “Bala, Biblia, Buey” necesitaba para preservar las bases sobre las que supo construir su poder ¿Cómo llegó a quebrarse el compromiso democrático? ¿Por qué un discurso violento, racista, misógino, antidemocrático y confesional llegó a ser eficaz en más del 55% de los electores Brasileros? ¿Podemos esperar que este discurso haya sido solo una estrategia electoral?

Brasil vive desde hace años un proceso de tensión, deterioro y vaciamiento del sistema democrático. El origen de este proceso debe buscarse principal, pero no únicamente, en el entramado de articulaciones construido por la derecha brasilera para desbancar del poder a un PT que, pese al ataque sistemático de la elite económica y política del país, logró imponerse en las 4 elecciones previas al golpe parlamentario de 2016. En este sentido, el primer gran atropello del sistema democrático no llegó de la mano de la ruptura de la legalidad constitucional sino de su manipulación. La herramienta utilizada a estos fines fue el impeachment, que de forma inmediata permitía focalizar la corrupción, transversal al sistema político brasilero, exclusivamente en el PT, pero que fundamentalmente, con el desplazamiento de Dilma Rousseff del cargo, sentaba las bases para implantar un programa económico y político profundamente regresivo.

La destitución de Dilma Rousseff, entre otras cosas, empeoró los ánimos de la población, agravó la polarización de la sociedad, dio pie al recrudecimiento del Estado policial, pero principalmente sumergió a las instituciones democráticas en el descrédito y la ilegitimidad. En definitiva, allanó el camino para la aparición de un personaje como Bolsonaro, quien pese a vivir del Estado desde hace casi 30 años, logró presentarse como un outsider de la política brasileña. Lo que parece paradójico puede hallar cierta lógica a la luz de los hechos: Bolsonaro, a lo largo de toda su carrera política, ha sido un férreo defensor de la dictadura militar, la tortura y la violencia. ¿Quién mejor que él podría representar el descontento y el recelo hacia la democracia?

Sin embargo, lo antes dicho es tan solo una arista del problema. La llegada al poder de Bolsonaro no podría concretarse sin, al menos, dos grandes elementos más que merecen ser mencionados: el poder judicial y los medios masivos de comunicación. El protagonismo del poder judicial, así como de la justicia electoral, está fuera de discusión en todo este proceso. Por acción en el caso de Lula, quien fue sometido a un proceso penal desligado de cualquier compromiso con los principios básicos del Derecho y acabó condenado a prisión sin que se recabara prueba alguna en su contra; y por omisión en el caso de Bolsonaro, quien se ha llevado puesta la legislación brasileña más de una vez, siendo el escándalo más resonante el desatado en torno a la gigantesca maquinaria de difusión de Fake News. En tal sentido, cabe agregar que el financiamiento ilegal de campaña para propiciar el fraude, según lo establece la ley electoral, es causa suficiente para anular una candidatura.

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Al respecto de los medios de comunicación, tanto tradicionales como los producidos por la expansión de internet y las redes sociales, configuran (no tan) nuevos escenarios difíciles de descifrar. Es cierto que en el periodo de campaña Bolsonaro pretendió desligarse de los medios de comunicación tradicionales y apostó a la viralidad de las redes sociales, especialmente Whatsapp. Sin embargo, los medios tradicionales siguen desempeñando un papel difícil de subestimar, especialmente en la construcción de sentido común. Para el caso brasilero, la narración parcializada de los casos de corrupción y la satanización del Estado, y por tanto, de su intervención en la economía, constituyen los ejes centrales sobre los que Bolsonaro articuló su discurso. Si bien cargar los males del sistema político brasilero sobre las espaldas del PT y su forma de hacer política no lo explican por completo, es imposible concebir sin estos ejes la posibilidad de que el escenario de guerra interna vociferado por Bolsonaro pudiera tener cabida.

Ahora bien, nos falta considerar el elemento medular del triunfo de Bolsonaro: el autoritarismo. El neoliberalismo, nos dice Boaventura de Sousa Santos, es “una inmensa máquina de producir expectativas negativas”. Su cara visible es la profundización de la desigualdad, la violencia simbólica y real de todos los días, el individualismo y el egoísmo como virtud. El neoliberalismo es, por tanto, incompatible con la democracia a menos que esta sea entendida como mera formalidad. En contrapartida, el autoritarismo ofrece una solución más o menos rápida a las frustraciones e inseguridades, aunque no a los problemas de fondo, que los regímenes democráticos no han sabido resolver. Para las frustraciones ofrece culpables contra quien canalizarla: los rojos, el PT, los homosexuales, las feministas. Para las inseguridades promete un Estado cuya única función es darle legitimidad a la acción represiva desmedida de las fuerzas de seguridad. Por eso mismo, autoritarismo y neoliberalismo van de la mano. Bolsonaro es entonces un auténtico hijo de su época. Su llegada a la presidencia a través de las urnas no es más que la confirmación de la ruptura del orden democrático en Brasil.

En los días posteriores al triunfo electoral en la primera vuelta comenzó a desatarse el odio de los simpatizantes de Bolsonaro, quienes comenzaron a dar muestras de hasta qué punto están dispuestos a realizar “una limpieza como nunca antes conoció la historia del país” (Bolsonaro dixit). La primer víctima mortal fue el maestro de capoeria Moa do Katende, apuñalado luego de una discusión. Pero la escalada de violencia no quedó allí, le siguieron palizas a homosexuales, un estudiante golpeado con una barra de metal por repartir volantes, y el ingreso de la policía en más de 15 universidades para interrumpir y prohibir clases públicas. El propio Bolsonaro, que por la necesidad de ratificar su victoria en segunda vuelta había pedido el cese de las agresiones, llegó a la última semana de campaña con amenazas directas a la prensa, a senadores del PT e incluso a Fernando Haddad. En este contexto, esperar que los rasgos autoritarios de Bolsonaro sean parte de una actuación electoral parece, como mínimo, una ingenuidad extrema. Más bien, Bolsonaro ha demostrado estar dispuesto a justificar la violencia, perseguir la participación política y conceder impunidad a las fuerzas represivas.

Por último, en la noche de ayer se registraron los primeros ataques luego de la victoria electoral. En Sao Paulo la policía reprimió a manifestantes contrarios a Bolsonaro, en las calles Minas Gerais se registraron imágenes de un hombre armado con un rifle caminando entre los autos y en Pernambuco una escuela y un puesto de salud de la comunidad indígena de Pakararu fueron incendiados.  Mientras tanto, el ejército desfila de festejo por las calles de Río de Janeiro. El panorama es desalentador. Sin embargo, los sectores comprometidos con los derechos y la democracia se deben la conformación de un frente amplio de resistencia. Casi la mitad del electorado los respalda. Y como dijo Mujica, “no hay derrota definitiva”.

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