ADIÓS A LA CRÍTICA

¿Hay un paisaje ideológico propio de la posverdad?

Por Javier Frias

En un esfuerzo envidiable de síntesis, se ha señalado por ahí que, si fuese posible acceder a los estudios del futuro, probablemente los historiadores describirían nuestra cotidianeidad como “la era en la que había que resaltar lo obvio permanentemente”. Pero, ¿a qué se debe toda esta obviedad empalagosa? En una nota anterior intentábamos precisar en qué sentido nuestra época puede ser considerada la época de la posverdad. Pero si queremos comprender por qué hoy estamos obligados a resaltar lo evidente deberíamos avanzar en el análisis de las consecuencias ideológicas de la posverdad.

Según nuestra visión, lo auténticamente novedoso de la posverdad es que la imposición de una visión particular sobre el mundo ya no opera a través de la pretensión de instituir esa mirada como la única verdad, sino bajo el supuesto de la muerte de la propia verdad a manos de una proliferación hasta el infinito de opiniones singulares. Pues bien, es sólo en un escenario de esa naturaleza que puede tener lugar la emergencia de la cosmovisión que estructura las referencias y aspiraciones de nuestra época: el realismo capitalista.

Código de barrasRealismo capitalista es el nombre que recibe aquella idea según la cual vivimos en un mundo en que no hay alternativa posible a la dinámica del capital y en donde, por tanto, “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, como dijera alguna vez Fredric Jameson. Así, desde el final de la Guerra Fría y su correlato simbólico, el “fin de la historia”, es posible reconocer cierto relajamiento ideológico del capitalismo respecto de los compromisos democráticos y sociales que había asumido como proyecto civilizatorio para la humanidad toda. Ya sin competidores a la vista, y en el marco de una vorágine comunicacional que todo lo absorbe de manera inmediata, la utopía civilizatoria del capitalismo ha ido cediendo paso a un posibilismo pesimista que sostiene: “esto es una verdadera mierda, pero acostúmbrense porque no hay otra cosa”.

En ese contexto, es claro que la imagen clásica de la ideología como mera deformación de la realidad tiene severas limitaciones explicativas. Pues, como ha señalado Zizek, contra la fórmula que en su momento esgrimió Marx (“no saben lo que hacen, pero igual lo hacen”), la matriz ideológica del capitalismo tardío debe describirse de manera opuesta: “saben perfectamente lo que hacen, pero igual lo hacen”. Es decir, la forma ideológica contemporánea ya no puede pensarse como una razón falseada, sino directamente como una razón cínica.

Ya nadie va a escuchar nuestra remera

La pintura de época del cinismo capitalista arroja verdaderas piezas de museo. Primer acto: la multinacional farmacéutica Bayer compra la productora de agroquímicos Monsanto. Segundo acto: Sebastián Piñera le regala a Trump una foto en la que la bandera de Chile aparece dibujada al interior de la bandera norteamericana. Tercer acto: un vecino de Buenos Aires se muestra sorprendido por la visita de Mauricio Macri mientras una cámara lo filma desde adentro de su casa. Cuarto acto: Macri twittea, a un día de conocerse que la participación de los trabajadores en la renta nacional está en su punto más bajo desde que es presidente, que “nadie puede pretender cobrar más de lo que vale su trabajo”. Las escenas se repiten hasta el cansancio.

Piñera trump

Como puede verse, el corolario de la razón cínica son los mensajes ultra-masticados. En el realismo capitalista no hay lugar para la interpretación. Los tipos que detentan el poder nos están diciendo todo el tiempo en la cara lo que son, los intereses que defienden, lo que quieren hacer. Así, ya no tiene demasiado sentido advertir que el planteo de “volver al mundo” significa, digamos, que un país se someta a las condiciones que imponen los organismos multilaterales de crédito. Macri nos ahorra el trabajo revelatorio; elige la figura retórica de “enamorarse de Lagarde” para que a nadie le queden dudas.

Es fácil advertir por qué este escenario atenta contra la imaginación política de las izquierdas y los movimientos populares. Frente a la transparencia del poder pareciera que a la crítica no le cabe ninguna función más que la meramente descriptiva: “resaltar permanentemente lo obvio”. La eficacia del sinceramiento capitalista está justamente en el hecho de que convierte a toda crítica en una pose sobreactuada. La denuncia contrahegemónica parece tener hoy el mismo efecto redundante de las etiquetas aclaratorias que llevaban todos los objetos en la vieja serie on-line Alejo y Valentina

Alejo y valentina

“Cuando el tiempo sea sólo rapidez” decía Heidegger. Bueno, aquello ya ocurrió, y en esa velocidad descansa la desnudez actual del poder: es casi hipnótico, el tic no alcanza a tac…

Que vuelvan los lentos, o la utopía neopositivista

Permítasenos ensayar ahora una tesis complementaria. Aquí creemos que la contracara de la posverdad, como efecto-reacción a la misma, es justamente el crecimiento electoral de la derecha y de los movimientos contra la mal llamada “ideología de género”. Es decir, en el contexto de la vorágine relativista, la cruzada conservadora debe ser entendida como un intento de retorno ingenuo a una suerte de positivismo primitivo en que la verdad es una sola cosa, dada de una vez y para siempre, y escandalosamente fraguada por lobbys internacionales, progres, comunistas encubiertos, feministas, medios de comunicación, organizaciones de derechos humanos y un largo etcétera.

Contra el realismo capitalista que todo lo mete en la picadora, las derechas radicales ofrecen una vuelta a la vida incontaminada. La familia, la biología, los valores, la cultura del trabajo operan como símbolos nostálgicos de un supuesto pasado sin tormentos al que hay que regresar. Contra el posibilismo, la utopía redentora. Contra el progreso trunco, el orden. Contra la razón cínica, la razón conspiranoica. Contra la fusión híbrida de estilos musicales, que vuelvan los lentos.

Entiéndase, de todas maneras, que se trata de un fenómeno en todo sentido interno a la posverdad y al realismo capitalista. Por eso es que, como sostuvo Alejandro Bercovich, mano dura y mano invisible se llevan relativamente bien en estos procesos. Con Bolsonaro y compañía el capitalismo sigue siendo la única alternativa posible aunque ya no se acepte su descalabro moral. El Estado ofrece a cambio una ausencia radical: hambrea pero permite la defensa por mano propia y por prejuicio propio. Esta compatibilidad entre ortodoxia económica y ortodoxia política es tal, que incluso habilita la pregunta de si no se trata ya del auténtico rostro del capitalismo posible, al que ciertamente podríamos empezar a llamar: el capitalismo de campera amarilla.

La etapa superior de la antipolítica

Los cultores de la euforia derechista se reivindican políticamente incorrectos contra un Estado elefantiásico que les dictamina qué pensar. Pero dicha “incorrección política” es, lisa y llanamente, un intento de anulación de la política como tal. Tomemos, por caso, la tesis central de Agustín Laje de que la “ideología de género” constituye una estrategia teórico-política de las izquierdas para recobrar el protagonismo perdido con la asimilación de la clase obrera a la vida capitalista. Es claro que para sostener esa tesis habría que demostrar dos supuestos insostenibles. Por un lado, que el llamado “giro culturalista” del marxismo y la reivindicación de las cuestiones de género constituyen consensos al interior de las izquierdas. Por el otro, que los sectores sociales que vienen sosteniendo las distintas demandas de género se restringen únicamente a expresiones políticas de izquierda.

Ciencia ideología perfilPero la inconsistencia de la tesis ahora es irrelevante. Lo interesante es que esta crítica a la cooptación izquierdista de la agenda de género no es una invitación a disputar políticamente la articulación de esas demandas, sino una impugnación de su propia validez. Es decir, no se trata de qué tipo de política se hace cargo de resolver las desigualdades de género, sino de negar que tal cosa exista. De ahí que recuperen el concepto de “ideología” en su sentido clásico: hablar de género es falsear la naturaleza humana. Estamos ante el animal más político de todos, pero en su “etapa superior”: del animal anti-político del capitalismo tardío al animal contra-político del conservadurismo “populista”. La indiferencia frente a la política deviene ahora en militancia activa por la desaparición imposible de la política.

¿Qué (no) hacer?

Para estas dos variantes ideológicas de la posverdad los aportes de las ciencias sociales no tienen demasiada utilidad. Condenadas a narrar de manera ordenada lo que el propio realismo capitalista explicita, o relegadas al lugar de no-ciencias, como mero adoctrinamiento ajeno a la verdad científica, en la posverdad no hay espacio para las ciencias sociales.

Ahora bien, este panorama abre ciertamente la posibilidad para que el pensamiento crítico se reinvente a sí mismo. El desafío es volver a la política en el auténtico sentido de esa idea: no dar nada por obvio, no suponer que las batallas están ganadas para siempre. Volver a la política implica no desestimar la legitimidad de las demandas “antipáticas” de seguridad, transparencia, libre circulación, sino pensar cómo articularlas creativamente en un programa emancipatorio. En definitiva, se trata de reconstruir micro y macroscópicamente algunos de los consensos democráticos mínimos que pensamos resultaban ya indiscutibles.

Siguiendo al Grupo Fragata, en ese camino conviene recordar algo tan sencillo como que decir la verdad no equivale simplemente a nombrar lo evidente tal como hace Mauricio Macri, cuyo compromiso con la verdad se limita a admitir que el país atraviesa una crisis. Por el contrario, decir la verdad supone explicar cada situación, revelar sus causas profundas, pensar sus consecuencias. Hay que defender la mayor productividad de la comprensión por sobre el simple juicio. Y, por qué no, tomarse en serio la provocativa propuesta de Zizek de dar vuelta la tesis 11 de Marx: hemos intentado transformar de diversos modos el mundo, ahora se impone interpretarlo.

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