A ESOS PUTOS LOS TENEMOS QUE MATAR

Por Sol Frasca Tosetto

– Es que vos viste cómo es el Román, es bastante retraído, si cuando ve los partidos casi ni grita, está concentrado, como pensativo, pero se nota la fuerza que hace por dentro. Él es así.

– No sé Carlos, me preocupa, te juro que me preocupa, a veces llego a pensar… no mirá, ni lo digo, ya veo que se cumple.

– No pensés tonteras, él lleva nuestra sangre, es un Armando de pura cepa.

– Ojalá, ¡Dios te oiga!

– Con más razón entonces, vos sabés que yo tengo línea directa con él.

Román escuchó toda la conversación que se daba en la cocina, cada palabra aumentaba sus miedos. Su vieja claramente sospechaba y la vieja nunca se equivoca. Román sabía que estaba llegando el momento, y si bien le daba terror, por otro lado, lo ansiaba con todas sus fuerzas. Pero al viejo le iba a romper el corazón, a la vieja también, pero ella es más comprensiva, creo que lo va a entender, el viejo no, ¿Y si le da un paro cardíaco? No, no, no puedo decirlo. Lo mato. O me mata. Nos morimos los dos. Y la vieja se queda sola. Sola y con el corazón roto. Todo por mi culpa. No, no, no puedo decirlo.

– Viejos, me voy. Vuelvo a la noche -dijo Román-.

– ¿Cómo, no vas a ver el partido con nosotros? – contestó Carlos-.

– No, no puedo, tengo que hacer un práctico.

– ¿Vos me estás cargando? No hay partido más importante que este, ¿no lo vas a ver por un práctico?

– Es que es re importante y nos colgamos.

– ¡Por favor Ana, decile algo!

– Mijito, Román, por favor, no nos des este disgusto. Sabés que no es un partido cualquiera, tenemos que estar juntos.

– Ya quedamos con los de la Peña que íbamos, ¡no me hagás pasar esta vergüenza!

– Perdón, de verdad lo siento -y ese sentir era la única verdad que podía decirle a sus viejxs-.

Después de una larga discusión, Román finalmente salió de su casa, mientras Carlos y Ana María se quedaron ahí, desoladxs, sin poder explicar qué le pasaba a su hijo. Román se fue pensativo, acongojado, rumbo a la casa de Pablo. Cuando Pablo le abrió la puerta, al instante se dio cuenta de lo que pasaba:

– ¿Otra vez discutieron?

Román afirmó con los hombros caídos, se veía desolado.

– Uh, loco, no puede ser, vení, pasá – le contestó su amigo-. Ya sé que te lo he dicho mil veces, y entiendo lo difícil que es, pero ya es hora de que confieses la verdad, porque te hacés mierda vos y los hacés mierda a ellos.

– Es que vos no entendés, he tratado, mil veces he dicho “Ahora lo hago”, pero es como cuando estás al borde de la pileta con agua helada, por un lado, el calor es insoportable y querés darte ese chapuzón ya, pero por el otro lado está el pánico, el miedo del impacto, de no tolerar la situación, y quedo ahí, atornillado al borde de la pileta, sin zambullirme.

– Pero tenés que hacerlo, pensá, que por más fría que esté el agua, el cuerpo se aclimata.

– No es tan fácil… Vos no lo conocés, mi viejo es una persona muy particular, está criado a la antigua, si vos lo vieras cantando “A estos putos los tenemos que matar”. Lo dice en serio, lo siente, para él, merecemos la muerte.

– Pero vos sos su hijo, vas a ver cómo cambia cuando se lo digas…

– ¡No va a cambiar! Es así, o lo mato de un infarto, o me mata él a mí.

– No hablás en serio.

– Lo digo muy en serio.

– Pero no puede ser. No tiene nada de malo. No es algo que elegiste, o sí, pero se trata de lo que sentís, eso no se puede controlar, no es algo racional, es emocional.

– Ya sé, pero prefiero seguir así, escondiéndome, nosotros acá la pasamos bien, no importa si tengo que esconderme y mentirles a ellos.

– A mí sí me importa, primero, porque no te hace bien, y segundo, yo ya me cansé de esconderme, quiero que podamos andar por la calle sin cuidarnos de que alguien te vea, que no tengas que inventar excusas ridículas, que no tengas que esconderte, y que podamos vivir este amor libremente. Además, es preferible que se entere por vos, y no por otro lado.

Román escuchaba con atención. Pero a la vez recordaba una imagen de su infancia. Fue a la cancha con su viejo, por primera vez, su papá casi llora de la emoción, en cambio para él era raro todo, por un lado, le intrigaba, pero por el otro, ya habían signos de que ese lugar no era para él. Pero eso no fue lo peor, ese día, Boca perdió. Su papá estallaba de bronca, no podía contener la calentura. Y en eso, ve un tumulto más adelante. Al principio no entendía qué pasaba, después lo vió. Al parecer, un hincha de River había tenido la mala idea de pasar cerca portando su camiseta. Para qué, entre la bronca por el resultado, y la conocida rivalidad, este pobre pibe cobró hasta quedar al borde de la muerte. Ese recuerdo siempre volvía a él, pero sobre todo lo que su papá le dijo: “Miralo, se lo merece por puto y cagón”. Se le helaba la sangre cada vez que recordaba ese momento. Pero bueno, no era momento para pensar en esas cosas.

Arrancó el partido. Boca – River. El partido iba 0 a 0. Pero en el entretiempo un hincha de Boca tiró gas pimienta. River no quiso salir a jugar. Todo fue un caos. Lxs hinchas de ambos equipos estaban enfurecidos con su rival: Por tirar gas pimienta, o por abandonar. El partido más importante, arruinado. Carlos y Ana María estaban volviendo de la peña. Carlos tenía la cara enrojecida de la rabia contenida. Ana María estaba igual, pero guardando un poco más la compostura.

Por su lado, Román hizo todos sus esfuerzos para llegar antes que sus viejxs a su casa. Pero esta vez tenía que hacerlo sí o sí. El día estaba fresco y se había olvidado la mochila. Además, calculando el tiempo, creía que podía llegar tranquilo a su casa antes que ellxs. Pero no, para colmo de males, pasó lo que no debía pasar o, visto de otro modo, lo que tenía que pasar.

Carlos lo vió y quedó paralizado, como si hubiera visto a un fantasma. Ana María empezó con palpitaciones, sentía que se quedaba sin aire. Román no sabía qué hacer, pensó en inventar una excusa, pero no tenía sentido, ya estaba todo dicho, no había vuelta atrás.

Cuando Carlos pudo reaccionar, empezó a los gritos, mientras lágrimas le caían. Ana María trataba de contenerlo, pero a pocas fuerzas ella se mantenía de pie.

– ¡Qué hacés Juan Román! ¡Por favor explícame qué significa esto! – decía colérico Carlos.

– ¡Mi hijo, mi hijo! – decía Ana.

– ¡Vos me querés matar! ¡Yo no te crié así! ¡Decime que no es cierto, por favor! ¡Estás deshonrando a la familia!

En ese instante, Román pensaba que debería haberse sacado la camiseta, sin importar el frío que hacía. Pero ya está, ya estaba hecho.

– Perdón, quise decírselos un millón de veces, pero no me animaba. Traté de mentirme, traté de ser lo que no soy, pero esta es la verdad: Soy hincha de River.

Esas palabras fueron como misiles al corazón para Carlos y Ana María. Carlos no dudó un segundo, se acercó a Román y le dijo de manera terminante:

– Es esa camiseta o esta familia. Vos elegís.

Con mucho dolor, pero decidido, Román dio media vuelta, y se fue. Mientras se alejaba escuchaba los gritos de Ana María, que le rogaba a Carlos que cediera, que no lo dejara ir. Román no se dio vuelta, pero así y todo pudo sentir la figura de su padre, erguido, firme, con la mirada fulminante, pero él tampoco iba a renunciar a lo que sentía.

Al otro día del caótico suceso, en la casa de la familia Armando había clima de velorio. No volaba ni una mosca. Carlos se levantó al mediodía, esperando que todo fuese una horrible pesadilla. Ana María, por el contrario, no pegó un ojo en toda la noche, y a cada rato se asomaba por la ventana, para ver si su hijo aparecía caminando por la esquina.

Todo estalló cuando Carlos por fin decidió levantarse y prendió el televisor. Ahí estaba el zócalo:

– ¡Ana María! ¡Ana María!- comenzó a gritar desesperado.

Su esposa entró corriendo a la habitación.

– ¡Qué pasó! -Preguntó casi sin aliento-.

Pero Carlos no dijo nada, miraba paralizado el televisor. “Joven hincha de River muere linchado tras el partido” decía. Ana casi se desmaya. Y en el momento en que se miraron, ambos explotaron en lágrimas.

– ¡Mi hijo! – era lo único que se podía entender mientras Carlos sozollaba.

– ¡Pará Carlos! Ahí no dice que sea nuestro hijo, cambiá de canal, veamos si dicen algo, ¡No puede ser! – decía Ana buscando consuelo en la duda.

– Es él, estoy seguro, yo lo maté, yo lo eché de esta casa.

– Carlos, no es él, no puede ser él…- repetía Ana María para no perder las esperanzas – Nos hubiesen llamado si fuese él.

Pero esas palabras fueron todo menos un consuelo. Justo cuando Ana María terminó de pronunciarlas, sonó el teléfono. Ambxs se miraron, no sabían que hacer, nada garantizaba que la voz del otro lado no afirmara la tragedia. Pero Ana tomó la iniciativa, encaró hacia el teléfono. Con las manos temblando y su rostro cubierto de lágrimas, atendió.

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