¿POR QUÉ RIQUELME EN AMÉRICA LATINA?

¡Que la Copa Libertadores nos libre de la Conmebol!

Por Javier Frias

Los latinoamericanos somos un rinconcito olvidado de la historia. Nacimos como nota al pie de página de la historia escrita por los vencedores. Fuimos periferia para que Europa fuera centro. Fuimos lo Otro de la modernidad que empezaba a configurarse allá por el siglo XVI. Nacimos mientras nos robaban, fuimos hechos en nuestro propio encubrimiento.

Si las riquezas de esta parte del mundo contribuyeron a la acumulación originaria que forjó el nacimiento del capitalismo, la División Internacional del Trabajo se encargó de hacer lo propio en su fase manufacturera. América Latina quedó resignada a ser proveedora de materias primas para las metrópolis industrializadas de Europa. Fuimos el patio agrario de las fábricas del mundo. Para decirlo galeanísticamente, fuimos subdesarrollados para que otros gozaran el desarrollo.

Tal destino fue edificado con la complicidad de nuestras clases dirigentes que, en su fascinación por las mieles del viejo mundo, copiaron sin chistar lo que venía de afuera. Gobernaron queriendo ser París. Se pararon sobre las espaldas machucadas de los nuestros para ver y admirar lo que pasaba del otro lado del Atlántico. Aquella Europa en auge sentaba la asimetría entre trabajo intelectual y trabajo manual para reproducir los antagonismos de clase. Y por aquí, los notables locales imitaban sin originalidad. Se decía que por estos pagos había puros brutos; masas salvajes e ignorantes capitaneadas por caudillos sanguinarios. Gobernar, entonces, era poblar. Para hacer el país había que tentar a las gentes de cabellos rubios. Tenían que venir los técnicos calificados a instruir a los nuestros. Y así fue como llegaron las grandes oleadas inmigratorias. Venían, para tristeza de nuestros civilizados, de las regiones más atrasadas de Europa, y ese influjo migratorio iría cambiando de a poco la fisonomía cultural de nuestras incipientes naciones.

Pero en medio de ese trance se nos fue dado el fútbol, que llegó en barco para luego hacerse cuerpo en nuestros pies de callo y uña encarnada. Con el fútbol, los latinoamericanos aprendimos algo que intuíamos: la supuesta separación entre trabajo intelectual y trabajo manual con que las élites ejercían su dominio era falsa. El fútbol lo demostraba, los pies y la cabeza iban sincronizados en un mismo movimiento armónico. Pero pese a esa revelación, nuestro origen periférico nos impondría limitaciones.

Si la División Internacional del Trabajo se replicó en el terreno futbolístico y nuestros jugadores poblaron las ligas europeas para regocijo del afinado paladar de sus espectadores, también el trabajo manual quedaría impregnado en un supuesto adn futbolístico que nos pertenecía. Los latinoamericanos, es cierto, jugamos a la pelota porque quisimos sentir con los pies. Mamamos el fútbol pisando fuerte el terreno, levantando tierra en los descampados. Hicimos del potrero nuestro cielo de barro. Lo hicimos propio porque era la forma de apropiarnos de nuestro suelo, que económicamente no nos pertenecía. Pero se nos enseñó que esa experiencia práctico-sensible que impone la pobreza no era un producto histórico sino parte de nuestra sangre. Nosotros teníamos que morir con la “nuestra”. Estábamos condenados biológicamente a ser trabajadores manuales. Así que exaltamos la garra, los huevos (sí, de macho), la rudeza, el aliento, el coraje, los codazos, el aguante, el amor propio. Frente a los engalanados, fríos y calculadores jugadores ingleses, nosotros fuimos el chipi Barijo y el cabezón Ruggieri.

futbol-mujeres

Pero mientras eso ocurría, mientras ese destino impuesto alimentaba nuestro folklore, a un pibe nacido en Don Torcuato un día le acercaron una pelota y la redonda vino a morirse para siempre debajo de su suela. De cariñosos, le dijimos Román. Y ese cariño fue retribuido cada vez que nos tocó verlo jugar.

Riquelme bien podría ser una herida al narcisismo europeo, a la Europa de las luces, la del ego cogito cartesiano. Román supo pensar donde aparentemente no se pensaba. “Pienso, juego, existo” dijo una vez, y se burló de la fantasía autodenigratoria que pulula en estas pampas. Hizo gala de un guante en el pie derecho que iba teledirigido por su cabeza. Y fue inteligente no por tilingo, sino por rebelde. Porque Román era bien nuestro, según lo que en teoría nos toca a nosotros: morochón, fierazo, de origen humilde, chuncano para hablar y dueño de la mejor ametralladora de escupitajos que jamás se haya visto en una cancha de fútbol. Ordinario y talentoso, quiso su habilidad ser dignidad de los pueblos del Sur. La razón era patrimonio europeo, en la filosofía y en el fútbol. Riquelme se rebeló. Y entonces nosotros, los salvajes de América, dijimos a través de su juego que también sabemos pensar, pero no como intelectuales puros, porque Román nunca pensó en el aire, sino desde aquí, situados, con los pies sobre la tierra, o sobre el césped.

Román MakeleleRiquelme, en definitiva, es ese equilibrista que un día le pisó la pelotita a los 11 jugadores del Real Madrid y no se la pudieron quitar. ¿Cómo no recordarlo? Había una sola pelota para 22 personas, y la pelota la tenía siempre Riquelme. Los galácticos del Madrid se enfurecían. Todavía no eran la empresa transnacional que son ahora, pero ya valían millones de euros. Tenían nuestra historia, nuestras riquezas, nuestros jugadores. Y Román, testarudo, no les quiso prestar ni un ratito la pelota. Invitó a la redonda a su morada, la cobijó bajo sus pies, la atesoró mansita mientras sorteaba los agarrones de la selección merengue y dejaba pasar los minutos. Casi como un niño, al escuchar el pitazo final, Román puso la pelota debajo de su brazo y se la llevó al árbitro hasta sus manos, como queriendo asegurarse de que ninguno de los muchachos de blanco pudiera siquiera aspirar a tocarla ese día.

La tozudez de Román en aquella noche japonesa era un resarcimiento simbólico ante tanto maltrato. Pero fue una de las últimas veces en que los de acá pudimos reclamar algo. Nunca más nos permitieron tomarnos ese atrevimiento. Todavía más, ahora nos dicen que ni nuestra propia copa, ni nuestros propios clásicos nos son merecidos. No los merecemos porque somos irracionales, porque no pensamos. Por eso Riquelme no fue el último diez, pero sí quizás el último latinoamericano, sobre todo en un mundo como el del fútbol dirigido por indignos e ineptos sin escrúpulos.

Román domingues infantino

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