LIBROS EN ALAMEDA: POSTALES DE UNA ESQUINA FÉRTIL

Sobre el vicio de la lectura, o de los mundos que se tejen alrededor del mismo.

Por Agustín Bracamonte

Dentro y fuera de las ciencias sociales muchos pueden ser los motivos que impulsen un análisis profundo de lo cotidiano como un espacio “nuevo” en el cual podemos hallar elementos complejos y relevantes que usualmente dejamos pasar de largo. Sin ir más lejos, como menciona Schütz, en todo momento de nuestras vidas nos encontramos inmersos en una situación específica que es resultado histórico de todas las situaciones anteriores y se encuentra limitada -entre otras cosas- por un tiempo que avanza de manera irremediable en el mundo. Además, por el simple hecho de vivir, nuestra experiencia biográfica se topa con un otro capaz de modificar tanto su entorno como el de sus contemporáneos, osea, nosotros. El curso de la vida, entonces, es una sucesión ininterrumpida de situaciones netamente sociales. Sin embargo, rara vez nos percatamos de esto o nos detenemos a pensar que puede hallarse algo no familiar detrás de la rutina; algo inusual dentro los lugares que frecuentamos. Encaremos, entonces, un análisis micro; sin ánimos de caer en un “reduccionismo a situaciones” que omita la evolución social ni la complejidad de los procesos sociales a largo plazo.

En mi caso, decidí tomar asiento en un espacio urbano, histórico, casi privilegiado, en el que más de un mendocino al pasar por allí -al menos vagamente- se imaginó estar: sentarse a vender libros en “la Alameda”. Pero ¿qué guarda de llamativo este lugar? Desde ya, la inserción en dicho ambiente no fue nada fácil. En primer lugar, desprenderse de algunas obras o adquirirlas por cantidad en tiempos de devaluación, inflación y ajuste neoliberal, donde el margen de ahorro posible se ve drásticamente reducido, es un verdadero sacrificio. No sólo para “el puestero” sino también para los peatones, quienes si se acercan lo hacen dentro del comercio de lo usado y en busca de precios bajos, luego de haber comprobado lo dolarizadas que se encuentran las vidrieras de las -cada vez más escasas- librerías del centro. O, en el peor de los casos, la presión económica y la sobreexplotación ante la crisis es tal que la falta de tiempo o el “no tengo ganas” se convierten en un motivo más para dejar de lado la lectura en sí.

Libros alamedaNo es menor tampoco el rol que cumplen los aparatos tecnológicos -tanto en niños como en adultos- a la hora de entretener y acrecentar esta distancia; basta con nombrar al “celu”, la “compu” y el “tele” (que hasta apodos casi humanos tienen). En este contexto, pareciese que el olvidar cobrará más importancia que el recordar. Ahora bien, ante tanto bajón y rechazo hacia este viejo amigo de bolsillo y por el simple gusto de recordar mi condición de Homo Lestus, pregunto: ¿Será que a algunos les disgusta el olor de las páginas? ¿Será que el libro ocupa mucho espacio físico y nada de espacio virtual? ¿Será que no tiene luces? ¿Será que no emite -ni requiere- sonidos? ¿Será quizás que el placer que nos brinda es más bien retardado comparado con el goce instantáneo de los dispositivos? ¿O será que el libro per sé responde a otra temporalidad? ¿Y qué pasa en la Alameda? ¿Por qué motivos la gente sigue yendo? ¿Qué hay de los participantes de un lado y del otro del tablón? ¿Cuáles son los roles que cumplen? ¿También ellos responden efectivamente a este juego “chapado a la antigua”?

Si me pongo en modo Bourdieu, de hecho, podría afirmarles que no sólo nos encontramos frente a un juego, sino frente a un campo en el cual existe una “toma de posiciones” entre individuos, instituciones o agentes que se relacionan entre sí y participan de manera activa en el mismo. En su trayectoria, dichos agentes son capaces de acumular una cierta cantidad de capital (principalmente social, económico y/o cultural) que les facilita acceder a ciertas ventajas, a un cierto poder simbólico que se disputa dentro de ese campo. El peso y la importancia que posee cada tipo de capital depende del campo en el que nos encontremos; no es lo mismo pararse en el campo artístico que en el campo jurídico, por ejemplo. El campo en sí, además, funciona con una lógica interna específica que es capaz de poseer más o menos autonomía frente a la influencia de factores externos (como la presencia de otros campos). Estas regularidades propias del campo afectan en última instancia a los agentes, despertando un cierto interés en ellos que los motiva a actuar según un determinado habitus. Vale aclarar que esta fuerza no funciona de modo mecánico, permanente u arbitrario, sino en forma indirecta e implícita sobre seres activos, con su propio punto de vista y posibilidades de alterar su contexto. ¿A qué viene todo esto? Desmenucemos, saquémoslo a la calle.

A quienes se sientan cómodos en sus soledades lamento comentarles que, como señala Bourdieu, “hablar de habitus es aseverar que lo individual, e incluso lo personal, lo subjetivo, es social, colectivo”. Esta condición realza la primacía del entramado social sobre el sujeto, que en el caso de la Alameda se desenvuelve en un campo que cuenta sobre todo con matices literarios y artísticos. Podemos confirmar que se trata de un espacio donde circula mucho capital social y poco capital económico -pa’ colmo-; esto se manifiesta también en los agentes, sean vendedores o compradores. Detrás del telón puedo nombrar la existencia -como en todo campo- de ciertos requisitos que han de respetarse para entrar en el juego; sobre todo aquellos códigos ligados a la “antigüedad” que lleva uno en el lugar, la cual posee un importante peso simbólico entre los puesteros. De hecho, la cantidad de experiencia era capaz de configurar espacios y ubicaciones físicas distintas para los “recién llegados”. Pero desde ya, no se trata de un lugar hostil, para nada. Las partidas de ajedrez -otro entretenimiento lento- se encargan de romper bastante el hielo día tras día. Mientras movemos las fichas, centrados en el tablero, algo nos distrae… frente a nosotros una frenada anuncia la llegada de un patrullero a las paradas del micro, donde hay más de 20 personas. Acto seguido, proceden a revisar a un pibe; después de un rato lo dejan ir… Ésta vez el Código a cumplirse viene desde afuera de la Alameda, recién salido del horno, esperado y aplicado desde el día de su aprobación. Observamos de reojo la escena, viéndonos reflejados en ese pibe que camina embroncado, ya que para no convertirnos nosotros tampoco en puesteros “peligrosos” debemos pedir un permiso y tenerlo siempre a mano… El pibe cruza un semáforo y se esfuma entre la multitud que transita las veredas, yendo o viniendo bajo el sol del mediodía.

Volvemos al juego… sin decirnos nada. Entendemos la hipocresía de pedirles permiso a aquellos que no preguntan a nadie a la hora de extraer recursos naturales, señalar a dedo caras “sospechosas”, criminalizar la defensa de derechos, regalar cargos públicos a parientes y amigos o desintegrar cualquier espacio donde se teja algo con el hilo de la resistencia; como esta esquina, entre San Martín y Córdoba, por ejemplo…

Alameda esquina

Bibliografía utilizada

Bourdieu, P. y Wacquant, L. (2008). Una invitación a la sociología reflexiva. Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI editores.

Elias, N. (1993). El proceso de la civilización. Buenos Aires, Argentina: Fondo de Cultura Económica S.A.

Schütz, A. y Luckmann T. (2003). Las estructuras del mundo de la vida. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu editores.

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