UN HUECO EN LA PARED O UN GATO EN LA VENTANA

Por Facundo Maldonado*

Es otro día ficticio lleno de sudor, en el horno se cocinan panes. El olor se disemina por el pasillo y en todas las habitaciones, incluso en el baño y la lavandería. Los gatos dan vueltas, juegan con lo que encuentran en el piso, cascaras, bollos de papel, colillas de cigarrillos, cualquier cosa los puede satisfacer. Hay algo seguro, es miércoles y las sombras de la casa juegan con los colores del sol. Nanay se asoma por la ventana que da al patio para dar aviso sobre la posición de las bandejas mientras fuma un cigarro; no entiendo por qué lo hace, solo hay una fuente cuadrada con solo un pan redondo y habita dentro de una caja que emite calor. Grita: “¡El pan está en el horno!”, como si quisiese recordarlo. Fuma y canta en la cocina mientras discute con uno de los gatos sobre el sentido de la vida y de todo lo demás. El ritmo de la mañana es ideal a excepción del compás errado con el que la charla se vierte sobre la mesa vacía. El fuego es cada vez más lento, inconsistente, en contraposición con la energía que los rodea.

El cigarrillo armado me deja algunas briznas de tabaco pegadas entre los dientes y de esa paradoja nace una duda, esa curiosidad asesina. El tabaco me hace picar la lengua. El humo se va junto con algunas cosas, como las que tengo en mis pulmones: vida, aire y la extraña sensación de haber pertenecido brevemente a un lugar no asignado para mí. Estoy en el patio mirando como un espía lo que sucede mientras espero que la cocina cocine.

Huyendo comencé el viaje a la montaña. Mi montaña. Una montaña construida dentro de una manzana (cuadrada), dentro de un barrio con su propia topología y particularidades, que comprende una parte de la ciudad, como el epicentro de un desastre (redondo). Montaña, terraza, da igual. La escalera inclinada con escalones recubiertos de baldosas rojas, donde algunas plantas cuelgan en macetas de los bordes haciendo las veces de baranda, conduce a la cima. Las voces del interior de la casa se van haciendo débiles hasta convertirse en un rumor, un eco sordo. El otro gato maúlla acercándose a la escalera, se queda estático mirando hacia donde me encuentro, la figura recortada por el sol en lo alto. Desde el borde de la terraza puedo ver la tierra desaparecer junto a todos sus cuentos de terror, tengo acceso ilimitado a lo que mis ojos quieran consumir, mientras una bandada de palomas se echa a volar, me distraigo.

El todo y la nada convergen para destacar la realidad, me pierdo en la cornisa de un edificio y veo el tren pasar con la gente acomodada en los asientos. Alguien lee el diario mientras se deshojan las páginas agitadas por la ráfaga que va detrás, la pequeña estación queda liberada a su paso y el tipo que rompe con su estatismo no encuentra manos que lo ayuden a recoger esas páginas casi perdidas que se van persiguiendo la carrocería de metal. Desde aquí puedo ver cómo la vecina barre el patio y el perro molesto que la acompaña le ladra a la escoba, artefacto incomprendido. La vieja junta la porquería del perro y el perro sigue ladrando. La escoba arrastra las hojas y las gracias del perro y la vieja sigue barriendo. Nunca supe si la vecina era vieja o se volvió así mientras barría y el perro ladraba.

Mientras, en la cocina resuena la voz de Nanay, lucha con el calefón, con el agua caliente que sale fría, con el horno que no tira calor y con el pan a medio cocinar. El gato que está en la ventana se pone a jugar con un frasco, solo le quedan algunas líneas verdosas, está a merced del felino que juega a tirarlo. Los otros gatos se asustan mientras los vidrios se desparraman y Nanay emite improperios, gritos de rabia. Es solo un frasco, Miau se va a hacer cargo de los gastos cuando por la mañana le lleve pajaritos muertos a su almohada. Nuevamente, una escoba se pone en movimiento y pienso “nos van a dominar”. Nanay recoge los vidrios del suelo y los vuelve a tirar, esta vez en el cesto de la basura.

Dice, mientras toma algunas cosas y las guarda rápidamente en sus bolsillos, hablando de espaldas algo que entiendo como “impuesto, ir, pagar”. Salió dando un sonoro portazo como cierre de su acto. De un momento a otro me encontré solo, convertido en el fantasma que ronda la casa, que observa con detenimiento la quietud de ciertas cosas, que juega como los gatos, el fantasma al que le cae la ficha que la entidad que rige el universo olvidó de enviar la factura del gas.

Avanzo y me zambullo en el interior de la casa, bajo las escaleras con el impulso de esa pendiente rara, esquivo las plantas, piso las baldosas otra vez, solo que ahora el camino es en bajada y puedo verlas desde otra perspectiva, en su rojo esplendor. La cornisa y el edificio se pierden tras una pared desprovista de revoque, junto con el cielo, el perro, esos tentadores pájaros y todo lo demás. Camino muy despacio para no levantar sospechas de mis intenciones, lentamente levanto un pie y luego el otro y avanzo. La pintura agrietada en los vértices de la habitación se descascara y cae como cae la ceniza durante el fuego más intenso. El descolorido cielorraso cuelga del techo y el gato que maúlla en la ventana, como una esfinge, custodia mis movimientos. Me observa como se observan las cosas extrañas, las desconocidas, con desconfianza a los pasos que doy, con una despreocupada sorpresa y curiosidad al escuchar los ruidos que hago (al parecer, aún no pierde todas sus vidas en eso de la curiosidad).

Voy dando tumbos, me agazapo, me pego a la pared para ser uno con el entorno, en algún punto creo que funciona y me vuelvo uno con el lugar, me puedo mimetizar, aprender cuantas filtraciones tiene la casa, la profundidad de cada fisura que existe en el piso, la dimensión de cada grieta que recorren los muros más viejos de este hogar. Alguien tiene que permanecer en la casa hasta que regresen sus habitantes, alguien tiene que atender el teléfono o si accionan el timbre, alguien tiene que ver quién lo toca, revisar que todo guarde su orden, al parecer inalterable.

Realizo las más variadas maromas, adopto distintas posiciones, comulgo con cientos de ademanes, poses y morisquetas. El sol proyecta mi sombra y el gato en la ventana observa cómo me adentro, debo parecer ridículo con todas esas mímicas jugando a que soy invisible. De pequeño pensaba que las cosas se movían al revés, que mis músculos no eran eficaces a la hora de andar. No me costaba caminar porque no era yo el que se movía: era el mundo y yo solo tenía que levantar un pie y luego el otro para que nunca me encontrara en el mismo lugar o saltar!

Después descubrí que no era así y ahora me acerco audaz como un ninja free style para poner orden y custodiar la puerta. Porque cuando puedo soy dueño de todos mis movimientos. Doy un vistazo por la mirilla buscando vestigios de humanidad, solo puedo ver claridad, autos que van, gente que pasa sin detenerse y la transparencia enfermiza del aire que llena todo el resto.

La puerta abierta al final del pasillo deja entrar el viento, lo encausa y arrastra pelusas hasta el lugar donde me encuentro, se arremolinan y vienen hasta mí, provocando un repentino estornudo. Me detengo, no sabía que los fantasmas poseían ese tipo de poder. Estornudar me devuelve la vida y ahora estoy en todos esos ojos pequeños que me miran desde distintos lugares porque volví a mi cuerpo: el desayuno no podía esperar y me afanaba jugando con un encendedor sin gas. Los maullidos de hambre me avisan que el vacío que siento en el estómago no es solo mi imaginación, que hay panes a medio cocinar y gatos que me quieren hacer olvidar de Nanay y de la factura del gas para que les preste atención.

Había una casa en el barrio que despertaba en mí una profunda curiosidad. Desde la terraza se puede ver como del pequeño patio brota un frondoso árbol y algunas ramas que caen sobre el techo haciendo de velo verde. La curiosidad me atrapó y quise saberme sus galerías oscurecidas, sus habitaciones vacías, esos rincones que no se tocan a pesar de que pase el tiempo y el polvo se acumule en gruesas capas. La casa estaba en apariencia dejada a la suerte que corren algunas cosas viejas. Quise aprender cómo es que las hojas secas se desperdigan por las canaletas oxidadas, el reptar de esa deliciosa fauna artificial que ronda la cocina abandonada, saber la cantidad de coloridas baldosas y cuanto canto rodado es el que circunda la galería y el patio. Con los ojos me adueñé y me convertí en la casa vacía de fantasmas ignorados. ¿Serán más terribles que las sombras proyectadas en la pared del comedor? Volví al patio sin galería, con escasas baldosas y sin árbol para el cielo despejado. Al parecer alguien olvidó alimentar la máquina que produce las nubes que tapan el sol, como a los gatos que cazan sombras todo el rato.

Nanay regresó a casa un poco antes del almuerzo, sin pan y sin gloria. Venía con algunas cosas en la mano, despojo de la burocracia que le tocó atravesar. Cuando entró, dejó su abanico blanco de sobres y papeles sobre la mesa junto al manojo de llaves. Divertido manojo de llaves. ¿Para qué necesitaba tantas llaves si en esta casa hay solo dos puertas que se cierran? Eran tantas que cada vez que las veía, pensaba que podían abrir otra vida para cada uno de nosotros, en otra casa en donde hay otros gatos, otros fantasmas, otras puertas, terrazas y baldosas, hubiese sido tan genial que tuviesen ese poder. Nadie puede salvarte de las cosas que se esconden tras lo desconocido ¿Y si ese espejo es en realidad una puerta hacia nosotros mismos? ¿Y si mi mente es un hueco en la pared? Siempre que me veo reflejado en algo, en lo que sea, no puedo no pensar en un “¿Ese soy yo? ¡Oh Dios mío! ¿Qué me he hecho, también estoy en la ventana?”. Desde el otro lado de la mesa, Nanay mira con hambre, parece que quiere comerme. Desde la puerta observo pero, ¿cómo le digo que miau?

 

*Otros textos del autor pueden consultarse en su blog personal.

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