NUESTRO BLACK MIRROR DE JUGUETE

En Bandersnatch hay muchos finales y un solo dueño.

Por Javier Frias

Como se sabe, hace unas semanas Netflix estrenó Bardersnatch, la película basada en la famosa serie Black Mirror que permite la participación interactiva del público en la toma de decisiones que afectan el desarrollo del film. Lo que sigue no es ni un ensayo sociológico, ni mucho menos una crítica de cine; se trata más bien de algunas reflexiones apuradas y por demás obvias de quien necesita descargar la adrenalina post-película.

Pero antes de continuar, por supuesto, es usted quien decide:

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Bueno, ya que ha optado por seguir, vayamos al grano: ¿qué es Bandersnatch? En resumidas cuentas, es el mejor cierre que los productores de Netflix podrían haber concebido para esa estupenda serie que es Black Mirror. Y aunque esto no es un good bye Black Mirror dado que ya está anunciada una próxima temporada, difícilmente la plataforma de streaming pueda ofrecernos algo superador frente a lo disruptivo que ha significado este estreno. Ahora bien, ¿por qué el mejor cierre?

2A simple vista Bandersnatch parece ser otro producto más que corrobora la victoria de los formatos por sobre los contenidos tan propia de Netflix. Y esto porque, linealmente hablando, la historia sobre la que se apoya el despliegue técnico del film es más bien simplona, sin grandes virtudes. Sin embargo, un mínimo repaso por la película o, mejor dicho, por las películas que nos entrega Bandersnatch, nos permite reconocer que esta entrega no es una mera historia más en la saga de Black Mirror con la particularidad de que ahora el espectador interviene en los giros narrativos.

En otras palabras, Bandersnatch no es una historia del montón contada de manera novedosa. La interactividad, por el contrario, es el meollo mismo del desarrollo de la historia. La impecable realización técnica de Bandersnatch, que anticipa las nuevas formas en que veremos cine en el futuro y que introduce al espectador en un verdadero laberinto de tramas y subtramas, no debe opacar el sentido general del film: aquí el recurso a la participación del público no es un capricho vanguardista (puede haberlo sido en un principio), sino un paso más que da Black Mirror en su indagación crítica del universo de las pantallas.

De esta manera, tras cuatro temporadas explorando y problematizando las formas que asumen las relaciones sociales a través de la mediación tecnológica, lo que nos propone Bandersnatch es un Black Mirror de juguete, para uso doméstico. Es que el plato fuerte de la película consiste, justamente, en que nuestra participación concreta en el desenvolvimiento de la trama nos convierte a nosotros mismos en objeto de la crítica distópica de Black Mirror.

“Tienen la ilusión del libre albedrío, pero, en realidad, yo decido el final” dice en un momento Stefan sobre su videojuego y la película se llena de un realismo escalofriante. Lo interesante del film está en ese juego. El protagonista le está hablando a su jefe, pero Netflix, por su intermedio, nos habla a nosotros: no importa cuán libres nos sintamos, cuántas opciones distintas tengamos para elegir, cuantas veces podamos retroceder a una decisión mal tomada; Black Mirror viene a advertirnos que el mundo digital se impone de una forma que nos excede, que no podemos controlar.

3

Bandersnatch retoma, así, la vieja crítica de Marcuse en El hombre unidimensional a la supuesta neutralidad de la tecnología. No puede separarse a la tecnología del empleo que se hace de ella, decía el pensador de la Escuela de Frankfurt. La tecnología nunca es una mera herramienta como podrían sostener las visiones más naif. Las pantallas, las aplicaciones, los dispositivos están siempre cargados de una performatividad propia. Los artefactos tecnológicos con los que convivimos a diario tienen manuales de uso implícitos que ciertamente achican los márgenes de nuestra apropiación crítica. De ahí que la intuición de Marcuse de que la razón tecnológica se ha vuelto una razón política revista hoy plena actualidad.

Y ese es, probablemente, el mayor mérito de Black Mirror, el de poner en discusión de manera anticipada, o no tanto quizás, los tipos de solidaridades sociales que pueden estar emergiendo con la acelerada expansión tecnológica. Bandersnatch se vuelve todavía más sombría, más realista aun, cuando el propio Netflix aparece como un posible responsable de la paranoia de Stefan. La proyección espectador-protagonista en ese momento no puede ser más palpable. “Quién está decidiendo por mí” es una pregunta que, en boca de Stefan, termina de romper las fronteras entre ficción y realidad.

Y ni qué hablar, aunque hasta aquí no llegue el reconocimiento autocrítico de la plataforma de streaming, si nos ponemos a pensar en el tremendo Black Mirror a gran escala que Netflix está armando con el mapeo de todas nuestras decisiones a lo largo del film. La de perfiles que deben estar construyendo con las preferencias de sus clientes. Adoptando el modelo de compartimentación de usuarios en redes sociales de acuerdo a búsquedas, likes y cosas que este nativo analógico no comprende, Netflix ya no sólo podrá sugerirnos películas pensando en nuestros gustos, sino que incluso podrá producirlas de manera personalizada.

Bandersnatch es eso: el aviso de que el futuro ya llegó, la advertencia de que la soberanía en el mundo digital es un sueño eterno. Black Mirror es casi ahora. Deberemos acostumbrarnos a convivir con ello críticamente. ¿Para qué sirve la distopía en ese contexto? Para caminar. La distopía está en el horizonte. Netflix da dos pasos y la distopía se corre dos pasos. El consuelo es que, haga lo que haga Netflix con nuestra información, siempre habrá una Dra. Haynes dispuesta a convertirse automáticamente en ninja para regocijo de los espectadores. De eso no hay dudas, es un derecho ganado.

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