TIEMPO

Por Noelia Pometti Menichetti

 

Victor había muerto durante la noche, luego de la boda de nuestro primer y único hijo, una hermosa ceremonia rodeado de nuestros seres queridos.

Esa noche, cuando nos acostamos, nos miramos como hacía mucho tiempo no lo hacíamos.

— Lo siento — me dijo.

Sabía qué significado tenía esa disculpa y le sonreí con dulzura mientras acariciaba su rostro, suspiró aliviado como acostumbraba siempre que algo le perturbaba.

— Se que me amas, lo has hecho siempre — Me besó y nos abrazamos con fuerza. — Te amo, sos una maravillosa mujer.

— Yo tambien te amo.

Media adormecida, sentí que llamaba a la Maga.

— Le pediré que te traiga el té que tanto te gusta en la mañana — le conteste sin saber que no despertaría y que con su último suspiro había llamado a quien siempre fue el amor de su vida.

— Me quedaré contigo.

— No seas tonto hijo, ve a estar con tu esposa. Yo estoy bien.

— Mamá, su madre tampoco se encuentra bien.

Sus palabras helaron mi sangre, sentía que faltaba una eternidad para llegar a la habitación. Toqué la puerta, después de recuperar el aliento y acomodar mi vestimenta, y mi nuera abrió la puerta con sus ojos llorosos confirmando la angustiante noticia.

— Mi reina…

— Mi niña, no es momento de formalismos — le dije mientras la abrazaba — Voy a tener que pedirte un favor, uno muy muy difícil. Necesito que te despidas de tu madre, porque en el momento en el que cruce esa puerta no podrá ingresar nadie más.

— Mi reina, yo… no…

— No me hagas tener que ordenártelo, por favor… no en este momento.

Acaricié su suave rostro, se parecía tanto a ella. Aceptó mi caricia y entró nuevamente a la habitación.

La Maga se encontraba acostada en su cama, su pálido y avejentado rostro no le había quitado la belleza que siempre tuvo.

— Mi reina.

— Amiga mía, ¿no te parece que es un buen momento para llamarme por mi nombre?

— No podría…

— Hazlo por mí, concédeme este favor por tantos años de amistad.

— Mi Irene querida, lo siento…

Nuevamente sabía el significado de esas palabras, tomé las manos de mi amiga y las envolví con las mías, le sonreí con el cariño que siempre le tuve y le besé la frente.

— No dudo que no me haya amado y no dudo que tu amor por mí sea sincero como el mío por tí. Pasamos por tantas cosas, me has enseñado más que todos los libros que mi madre me obligaba a leer. Víctor murió en la cama conmigo, mas su corazón siempre fue tuyo, su último suspiro se lo llevó tu nombre y no hubiese querido que fuese de otra manera.

Los ojos oscuros de la Maga se llenaron de lágrimas, se sentía atrapada entre la felicidad y la culpa. Hubiese preferido no haberlos conocido tanto como para leerles la mente a los dos.

— Cuida a Minerva, por favor.

— Nada, absolutamente nada le pasará. No están en nuestra época, deja ese miedo en el pasado.

Nuestra última tarde se basó en rememorar nuestros momentos juntas, nuestras charlas, sus llantos, mis dolores, cómo nuestro futuro estaba escrito con una tinta imborrable. Ella lloró por última vez ante la injusticia que había tenido que soportar por mandatos de hombre viles y sonrió por última vez cuando sus ojos se encontraron con los míos y le agradeció a su Diosa Divina, tan fiel amiga. Cerró sus ojos y el nombre susurrado de Víctor le besó los labios.

Nadie discutió conmigo cuando pedí que se armara el funeral de la Maga tal cual había sido el de Víctor, todo el mundo conocía la relación de amistad que nos unía. La gente había aprendido a no temerle a los hechiceros, terminando de esfumarse cualquier discriminación al celebrarse el casamiento del príncipe con una hechicera, quienes al otro dia se convertirían en el Rey y Reina de Onhfilomin.

Esa misma noche, después del entierro, contraté personalmente a cuatro Ciegmud’s y les ordené que me trajeran las tumbas de mi marido y de la Maga y las mande a llevar a un habitación que solo Victor y yo conocíamos. Decoré la habitacion y comencé a realizar los rituales que hacíamos en mi pueblo para las almas de los muertos. La edad no me estaba ayudando, me sentía cansada después de todo lo que había pasado en dos días pero no podía parar, y no lo hice. Cuando depositaron las tumbas donde les ordené, me dejaron sola como su trabajo lo indicaba.

— Si no existiera la injusticia ustedes no tendrían que estar escondidos, hasta en la muerte, celebrando su amor. Todo lo que he podido hacer por ustedes es esto y es mi momento de decir: lo siento. Desde que aparecí en sus vidas han vivido con la culpa de que me estaban lastimando sin saber que ninguno de los dos me hizo daño alguno, salvo ahora que me han dejado sola. — Sonreía mientras apoyaba las manos en las tumbas. — Les deseo toda la felicidad, donde sea que estén… Los voy a extrañar tanto.

Todo el dia escuché las condolencias de las personas a las que me cruzaba por el castillo, contestando con un gracias o un simple movimiento de cabeza.

— Te ves tan cansada Madre, ¿por qué no vas a acostarte?

— Lo haré cuando termine de tomar el té que pedí.

Minerva apareció entonces llevando consigo mi bebida. Me entregó mi té y sus ojos hinchados de haber llorado la pérdida de su madre no alcanzaron a ocultar la ansiedad que había en ellos. Nada tardé en darme cuenta que me había preparado el té que la Maga siempre solía traerme en los momentos exactos. El sabor, tanto como el aroma, eran tal que parecía preparado por las manos de mi amiga.

— Mi niña, tienes el mismo poder que tu madre, parece preparado por ella —Le dije. — Hijo, tomaré tu consejo y me iré a mi habitación.

Los dos me saludaron con una reverencia y no pude contener la sonrisa al verlos, parecían Víctor y la Maga de jóvenes, solo que Minerva había heredado los ojos celestes de su padre e Iván mi cabello colorado y rebelde.

Caminé hasta mi habitación y despaché a las sirvientas que me miraron con preocupación.

— No sean tontas, a esta vieja todavía le queda vida por delante — Ambas me devolvieron la sonrisa y se retiraron.

Miré mi taza y el aroma del té volvió a invadirme. Ví mi reflejo deformarse en el momento en el que una gota cayó sobre la bebida. Confundida miré hacía arriba y no había rastro alguno de una gotera. Al descender mis ojos me encontré con la mirada de una mujer que lloraba y me acerqué a ella como ella se acercó a mi.

— No llores — dijimos al mismo tiempo.

Mi reflejo me miraba y en sus ojos noté la soledad que estaba viviendo.

— No llores — nos repetimos.

Dejé la taza de té sobre mi mesa de luz y me senté en la cama a llorar. Por primera vez, a mis 70 años.

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