ANNA

Por Micaela Alagona

Anna salió a una cena familiar y se encontró con risas y alegría. Fueron transcurriendo las horas y la botella de vino tinto delante de ella se fue vaciando al lado su madre y su padre.

 

Su madre hablaba de experiencias de la vida y se reía con las demás mujeres, su padre bebía y se reía de las desgracias de los demás, acusaba y señalaba, se victimizaba y hería, pero siempre con su vaso lleno.

 

Anna estaba aburrida, la lluvia empezaba a golpear una ventana. Aunque no estuviera cerca de ella, podía escuchar las gotas arañar el vidrio y el viento mecer las plantas del jardín.

 

Simplemente la acción de agarrar el celular generó la atención de su padre.

 

— No me gusta que toques mi celular — dijo su padre en tono burlón.

 

— Y a mí no me gusta que me hables así, ni que tomes — dijo Anna mirando la mesa y jugando con sus dedos.

 

A este punto de la conversación, la madre asiente el punto de vista de Anna

 

— Tiene razón, ya esta, listo — como si quisiera cortar el tema con cuchillo. El ambiente se volvió cada vez más frío.

 

El padre, sumido bajo la merced de ese veneno, que lo hacía sentir poderoso, inalcanzable y gigante, se quedaba dormido sobre la mesa, Anna sintió lastima por él, hasta se burló en su conciencia.

 

— Ma ¿vas a manejar vos? — intuyó, ya que no era el mejor estado el de su padre.

 

— No, el todavía puede… ¿No? — dijo mientras le daba pequeños golpes en la espalda al padre.

 

Al abrir los ojos, el padre parecía que quería devorar a Anna con sus ojos, sentía la rabia que venía de su parte. Anna agachó la cabeza de nuevo.

 

Su hermano, que había pasado la noche disfrutando, parecía molesto por la misma razón que Anna.

 

Pasó el momento de saludar a todos y de volver a casa. Anna se sentó en el asiento trasero del auto del lado derecho, se sentía mas cómoda mirando la ventana desde su derecha. Sabía que el humor de su padre era detonante, cualquier cosa que ella dijera o pasara en ese auto podía decidir el final de cuatro personas, todo por unos vasos de “felicidad”.

 

Ella sabía que en algún momento iba a suceder algo que provocaría el desastre. En ese momento incluso cambiar la estación de radio fue seguido de resoplidos y de un aumento en la velocidad y pasar los semáforos en rojo.

 

Anna sentía miedo, se abrochó el cinturón de seguridad y siguió pensando que no debía alterar mas ese estado.

 

En la primer vuelta pasaron a una gran velocidad, mientras el viento y la lluvia caían con más fuerza y se escuchaban cada vez más fuertes, causando que el padre se llevara por delante la calle.

 

Siguió recitando palabras muy poco amables, aumentando más la velocidad. Las ruedas aullaban.

 

La siguiente vuelta generó el completo desbalance del auto, logrando que conduciera por la vía peatonal.

 

— Abrí las puertas, nos vamos a bajar — declaró su madre con voz firme.

 

Anna bajó del auto, temblaba del miedo y del frío que generaba el agua en su piel.

 

— Vamos hijo, vos también bájate.

 

Su hermano se bajó de la parte trasera para pasarse a la parte de adelante.

 

Anna agarró el brazo de su madre y empezó a caminar, las gotas de lluvia eran pesadas. Una capucha la envolvía, sin embargo la piel de sus brazos y piernas estaba descubierta y el viento parecía soplar con la intención de congelarle el cuerpo.

 

Habían caminado media cuadra cuando el auto de su padre para a su lado y su hermano sale furioso del asiento del acompañante. Así comenzaron los tres a caminar, Anna y su madre sostenían sus manos y su hermano caminaba más adelante en el medio de la noche lluviosa, sin estrellas y fría, muy fría.

 

Su corazón nunca se había sentido tan retraído, hasta parecía no latir.

 

La espalda de su hermano nunca había parecido tan ancha y tan solitaria, Anna no podía ver su cara sin sentir tristeza.

 

Su madre intentaba mantener una conversación, pero falló cada vez que lo intentó. Anna sentía peligro a su alrededor, en las calles de noche.

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