MUTANCIÓN

Por Facundo Maldonado*

Esta película no tiene banda de sonido ni feliz final,
mírame cambiar en este sinfonía de enfermedad.
El contacto del calzado con las baldosas de ciertas veredas
me recuerda al chirrido horrible
de la tiza en el pizarrón o de pezuñas sobre el pavimento,
me hace cosquillas en los dientes,
me saca de la situación,
en esta es mi exhalación final,
mírame cambiar.

 

Las veredas a altas horas de la noche se llenan de vida, no me refiero esa vida “brillante y esplendorosa”, más bien a alimañas que se comen lo que hemos dejado detrás. Estas van formando pequeños grupos que rastrillan las zonas más abundantes de basura, las puertas de los negocios cerrados. Seguramente deben aventurarse a escudriñar entra la oscuridad de mostradores y estanterías llenos de preciosa comida y otros despojos humanos. Buscan comer, llenarse los tractos digestivos con algo que los nutra para que a la noche siguiente no les falten las fuerzas para salir a roer, masticar y tragar nuevamente. Las veredas se llenan de esa amalgama desastrosa que sintetiza varios de los miedos más profundos y arraigados de la población: caparazones, patas, pelos, uñas, dientes, exoesqueletos, pedipalpos, aguijones, picos, apéndices, alas y miles de ojos compuestos.

 

Si caminar fuera todo…
Pero se me cae la piel mientras respiro grandes bocanadas de aire seco,
mi cabello se esparce como esporas en el viento,
las barbas se me caen y se fusionan con el suelo,
pasto fresco.

 

Me crecen algunos pares de patas más y cuernos,
mis manos parecen grandes tenazas de cangrejo,
meto terror,
meto miedo,
me tienta el ultraje y la depredación de los almacenes,
de las verdulerías,
de las farmacias
y de las panaderías.

 

Las luces de los autos me asustan con su brillo, me escabullo, me pongo en los costados más oscuros, camino por las calles menos iluminadas, las sombras son una buena compañía cuando tenés más de 6 patas, una boca con múltiples dientes que chorrea baba y manos de tenaza.

 

Los perros ladran,
me temen y huyen,
no se quedan a mirar,
los gatos me miran desde lejanas posiciones,
estratégicas posiciones donde no los puedo alcanzar.
¡Gatite! ¡Gatite! ¡Gatite!
Sé: jamás vendrá.
¡Odio la comida rápida!

 

¡Ay! Esos árboles gigantes, me gustaría construir una guarida allí en lo alto, asaltar nidos de palomas, romperlos y comerme sus pollitos. ¡Ay! Que feliz sería si esas ratas con alas no se comieran todas las semillas que fui plantando durante los días de sol en los caminos por los que ando. Que feliz sería cosechando. Si pudiesen imaginar, tan solo presentir la tormenta que se avecina ¿huirían?

 

Todo está tan en calma, nunca lo verán venir, un estruendo, la puerta volando en pedacitos, las astillas atravesando el aire como saetas y detrás de todo eso, una extraña silueta que ostenta media docena de ojos, varios pares de patas y pronunciadas ojeras. Esas mente no darían crédito de lo que ven, esos ojos se desorbitarían y echarían a correr, gritando despavoridos, chocándose entre sí, con las sillas, la mesa y la heladera, uno por aquí, otro por allá, algunos escapando por la puerta de atrás y yo por supuesto, nunca sabré con certeza como me veo a través de todos ellos.

 

Que suerte que son tontos como piedras,
que se cansan rápido o no saben dónde está la salida.
¡Me gusta la comida sencilla!
Que suerte que saben bien y que hay en gran cantidad,
¡Hasta los puedo hacer a la parrilla! ¡Ñam!

 

 

*Otros textos del autor pueden consultarse en su blog personal.

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