ROBERTO ARLT, BUENOS AIRES Y EL TIEMPO

Una lectura de las aguafuertes porteñas.

Por Sebastián Barrera*

“Para un ciego, de esos ciegos que tienen las orejas y los ojos bien abiertos inútilmente, nada hay para ver en Buenos Aires, pero, en cambio, ¡Qué grandes, qué llenas de novedades están las calles de la ciudad para un soñador irónico y un poco despierto!”

El aguafuerte es una modalidad de grabado sobre metales, el nombre del proceso viene de la solución que se usa para corroer el metal: el aguafuerte propiamente dicho, es decir, una solución de ácido nítrico en agua.

roberto-arlt-822-aguafuertes-portenas-diario-el-mundo-origin-D_NQ_NP_696641-MLA27470512126_052018-FMientras trabajaba para El Mundo, periódico de renombre en aquél entonces, Roberto Arlt publicó una serie de notas en las que se preocupaba por retratar la vida en la Ciudad de Buenos Aires de la década del ‘30. Son notas de aproximadamente 800 palabras cada una, muy accesibles, plagadas de mordacidad, ironía y genio. (Si usted, lector, no tuvo la suerte de leer, por lo menos, alguna de estas notas, le recomiendo que urgentemente abandone este artículo que lo está ocupando, de aproximadamente 1500 palabras, para enriquecerse con la auténtica experiencia de la cual yo soy un mero comentador; piénselo, incluso, si hace el esfuerzo, podría leer dos aguafuertes por casi el precio de este escrito).

Volvamos al texto, lo que implica volver sobre la definición de aguafuerte: “grabado sobre metal”…, al ojo no entrenado, es decir, de un no-químico, parece que la solución tiene que calar sobre una superficie por demás implacable, debe marcar aquello que, ordinariamente, se entiende como uno de los materiales más tenaces de la naturaleza, ¡Cuán corrosiva debe ser este agua!

Bien, Roberto Arlt fue lo suficientemente cáustico como para erosionar una Buenos Aires que dista mucho de ser lo que hoy es, pero que, gracias a sus notas, podemos ver como se mira al más digno grabado: atemporal, vívido y con cierta complicidad.

Este texto se propone como una lectura de las aguafuertes y, fundamentalmente, intenta responder a una pregunta: ¿Qué le dio a Arlt esa propiedad corrosiva capaz de crear estos auténticos grabados porteños? Las notas abarcan los más diversos temas, desde los oficios del momento y la dinámica del capitalismo urbano, pasando por los perfiles psicológicos de aquellos “chantas”, “squenunes” y “hombres que se tiran a muertos”, hasta las relaciones amorosas, los celos y la política. Los escenarios transcurren en los distintos barrios que entonces conformaban la Ciudad de Buenos Aires, y los personajes son siempre personas ordinarias, no hay lugar para héroes; incluso, lectores del diario se permiten sugerirle a Arlt sus casos para ser redactados en su sección.

Alguna tendencia reduccionista me impulsa a responder la pregunta antes formulada con un denominador común, ese algo que se repite y deja un sabor amargo en la boca cada vez que terminamos una de sus notas: la melancolía. Quiero decir, la melancolía aparece, de una u otra forma, en cada aguafuerte, ya sea describiendo lo triste de un comerciante que va a quiebra porque aparece un nuevo competidor en el barrio, o en los pensamientos del autor al ver a una muchacha rechazar con insolencia a un muchacho olvidándose ella misma del paso del tiempo; la melancolía aparece en las esperanzas de la gente de un barrio que esperan sea adoquinado pronto, o en las filas de hombres esperando ser empleados; la melancolía se manifiesta en el retrato de aquella mujer que vive enteramente para el hombre, y en aquellas ventanas iluminadas de la ciudad que, en la noche, esconden siempre una lúgubre historia.

Roberto_Arlt_(1935)La melancolía, en el paladar del lector del siglo veintiuno, aparece como una relación con el tiempo, puntualmente con el pasado. Roberto Arlt tiene la lucidez impecable de fotografiar tan fielmente a sus modelos que incluso hoy, a casi noventa años de distancia, podemos empatizar con aquellos grabados. Y es que esta empatía obedece a dos cuestiones igualmente atendibles: por un lado, el uso que hace Arlt del lenguaje, y, por el otro, a la actualidad de los problemas que enfrentan sus protagonistas.

Cuando hablo del uso que hace del lenguaje, me refiero específicamente a que pretende captar la especificidad de los arrabales porteños a través de su dialecto propio: el lunfardo. Encontramos en Arlt un autor disruptivo en la medida en que no se preocupa por la pureza gramatical propia de los autores de renombre en aquél entonces, sino por grabar en el metal lo más fielmente posible sus historias. Al referirse a su relación con el lenguaje, Arlt escribe: “Los pueblos bestias se perpetúan en su idioma con lo que, no teniendo ideas nuevas que expresar, no necesitan palabras nuevas o giros extraños; pero, en cambio, los pueblos que, como el nuestro, están en una continua evolución, sacan palabras de todos los ángulos, palabras que indignan a los profesores, como lo indigna a un profesor de boxeo europeo el hecho inconcebible de que un muchacho que boxea mal le rompa el alma a un alumno suyo que, técnicamente, es un perfecto pugilista”.

A medida que pasamos las páginas de las aguafuertes nos reencontramos con alguna palabra, latiguillo o expresión que escuchamos de algún viejo, o quizá nos sorprende la larga datación de algún término que incluso hoy utilizamos. Entonces, este puente que se edifica en Arlt entre el pasado y el presente funciona, también, en un sentido de autocomprensión y posibilita la identificación.

Cierto es que la empatía no puede ser mera función de cierto uso del lenguaje, sino que también tiene que arraigar, de alguna forma, en el contenido de las notas. Y por contenido me refiero al tema sobre el que estas versan. Las aguafuertes porteñas son un inventario de cuestiones sin fecha de vencimiento. Quien se disponga a entrar en estos relatos debe estar preparado para no sentirse solo. Los problemas perennes de la vida en Buenos Aires son arrancados al papel y los perfiles psicológicos son esbozados con suma claridad. El desesperado, el vago, la pobreza y la angustia, la sociedad patriarcal, la propiedad privada, el devenir de la modernidad, las relaciones amorosas, las noches de barrio, el coqueteo, la familia, la delincuencia. No hace falta mucha imaginación: leer a Arlt es leernos casi cien años atrás.

Volvamos a la pregunta que inauguró esta nota: ¿de dónde viene esta capacidad corrosiva que erosiona metales y produce tan fieles grabados? Yo creo que el mérito de las aguafuertes porteñas estriba en permitir, mediante la melancolía, relacionarnos con el pasado. Así como la finalidad de un grabado es perpetuar una imagen en el tiempo, Roberto Arlt logró, en su relación con el lenguaje y la elección de sus temas, una auténtica identificación del presente con el pasado; de la Buenos Aires del siglo veintiuno con la Buenos Aires de la década del treinta.

Él escribió en su tiempo y para su tiempo y, quizá, esa sea la fórmula de la trascendencia.

 

*El autor es estudiante de ciencias políticas. Asegura que le apasiona la filosofía y que prefiere escribir sobre arte, así que suponemos que odia los tests vocacionales.

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