LA VISITA

Por Germán Dartsch Dreidemie

 

Pibe, vino tu viejo a visitarte. Andá para la sala.

Lucas miró apocadamente al penitenciario. El ritual admitía pocas variaciones. Se dirigió a la sala donde recibían a las visitas. Allí ese hombre lo esperaba. Se sonrieron mutuamente. La sonrisa de Lucas ya sabía ocultar las dudas. Pero ese hombre veía a través de cualquier máscara, siempre, aunque tal vez demasiado tarde. Porque existía ese hombre, él podía seguir existiendo en este mundo tan descolorido.

Lucas, querido, ¿cómo estás?

Un saludo genérico, pero lleno de amabilidad, cordialidad y gentileza. Lucas no sabía si ese trato alegraba su vida o le obsequiaba el dolor más profundo que pudiera conocer. Ese hombre era su suplicio y su goce. Era lo que le daba sentido a su vida. Si lo hubiera conocido antes… Pero no lo hizo. ¿No se arrepentía de nada entonces? No lo sabía. Nunca supo nada.

Charlaron cálidamente, como siempre, sobre temas intrascendentes. No hay muchos temas trascendentales en la vida de un interno que sólo quiere pasar desapercibido. Lucas siempre quiso pasar desapercibido en la vida. Pero por momentos había querido que alguien lo mirara con cariño. Había conseguido, en cambio, miradas de desprecio toda vez que intentó llamar la atención. Excepto una vez. Y sin embargo, no consiguió felicidad. Lo que sí consiguió fue significado.

Hace cinco años, aquél hombre visitó a Lucas por primera vez. Como siempre: con calma y compostura. Nunca le pidió explicaciones a Lucas.

Hace siete años, Lucas reía cubierto de sangre. Se forzaba a sentirse orgulloso de su hazaña. Una acción desesperada y errática. Nunca tuvo realmente un plan. De vida, ni de muerte. Aunque le preguntaran mil veces, no sabría luego qué contestar. Lamentaba decepcionarlos a todos: ellos esperaban de él una explicación que él no poseía. “Lamento ser una estafa”. Lo lamentaba de veras.

Hoy, Lucas no vivía solo. Un fantasma se mantenía vivo a su lado. Un fantasma que lo apuñalaba de vuelta. Habían aprendido a convivir así. Cada mañana Lucas le dirigía los buenos días, con tibia alegría, al encontrarla durmiendo entre sus brazos. Durante las noches, él la abrazaba fuertemente. Tenía a quién aferrarse. Eran el uno para el otro, porque sólo por el uno el otro podía existir tal como existían. Su relación se basaba en la necesidad mutua, para perseverar de alguna forma en el ser. Eso era amor.

Un hombre de cincuenta años lo visitaba todas las semanas, un espectro femenino de dieciséis nunca lo abandonaba, y con toda su ternura le reprochaba día tras día su lamentable existencia. Nunca había estado tan acompañado, nunca se había sentido tan necesario. Los dos lo necesitaban. Ambos lo atormentaban, y él no sabía decir si ese tormento le producía sufrimiento o placer. En realidad, era ambas cosas. Lo que importaba de verdad, era que vivía por algo. Eso era lo inédito. Eso era lo que él quería. No podría ser feliz jamás. Pero ahora, podía ser.

Hace cinco años, cuando Lucas no entendía a aquél hombre, le extrañó que fuera tan distinto. Le preguntó acerca de aquello:

¿No vas a preguntarme por qué lo hice?

Por supuesto que no — le sonrió el hombre —, no tiene sentido ya. Nada va a traer a mi hija de vuelta. Atino a adivinar por qué lo hiciste: esperanza tornada desesperación, ¿verdad?, desengaño y necesidad de llamar la atención. No, todo eso suena demasiado simple, y no me interesa. Adivino, no hago sino adivinar, que nunca tuviste una familia que te diera el cariño y la contención que necesitabas. Por eso, te ofrezco mi amor paternal, ahora que ya no tengo una hija a quien dedicárselo.

¿Por qué a mí? — se extrañó Lucas.

Porque necesitás que te odien, necesitás que te tengan lástima. A eso es a lo que estás acostumbrado, ¿verdad? Ahora que ya montaste un precioso numerito que estuvo en boca de todos, quisieras retirarte tras bastidores y contemplar la obra. No voy a permitirlo: siempre voy a estar acá, para darte el amor que le corresponde a mi hija, para que nunca te olvides de lo que mataste aquella vez. Soy tu condena — concluyó sonriendo.

Aquél día, Lucas se derrumbó en llanto por primera vez en mucho tiempo. Y aquella noche pudo sentir el abrazo del espectro por primera vez.