¿SIN GRIETA NO HAY PARAÍSO?

Por Javier FriasFotografías: M.A.F.I.A

Si aun con todos sus problemas la grieta sigue siendo una noción seductora a la que no podemos dejar de apelar, ello es porque la idea de la “grieta” ostenta la paradoja de ser falsa en su concepción pero real en sus efectos. Es decir, el pasado de consenso y armonía entre los argentinos que el kirchnerismo habría venido a quebrar sencillamente no ha existido nunca, pero al mismo tiempo no hay dudas de que el par kirchnerismo-antikichnerismo es un patrón de división social que ha organizado de manera predilecta buena parte de las disputas políticas de los últimos años. Falsedad y realidad: la grieta no existe, pero que la hay, la hay.

Aquello explica que la polarización se haya convertido en una variable central para los análisis electorales del 2019. Una de las preguntas claves al respecto es cuál de los polos en pugna puede romper su propio techo o, dicho de otro modo, qué espacio capitalizaría mejor el rechazo hacia el adversario en un posible escenario de ballotage. Pero por debajo de la guerra de pronósticos se filtra un problema todavía más trascendental: la cuestión no es tanto quién gana la madre de todas las batallas sino qué le depara al ganador o la ganadora el día después de esa carnicería.

En ese sentido, la grieta parece ser más o menos efectiva para ganar elecciones pero no para gobernar un país que debe afrontar una serie de cuellos de botella en el futuro inmediato. ¿Cómo se sortean los desafíos de la vulnerabilidad externa y la crisis social que deja como herencia el macrismo en un escenario político caldeado desde el día cero? Los sinsabores de esta pregunta otorgan exactitud a lo señalado por Pablo Touzon y Martín Rodríguez, a saber, que la grieta como modelo que estructura los conflictos políticos desde 2008 está empezando a mostrar signos de descomposición, si es que no está ya en su fase de agotamiento definitivo.

En ese contexto, y al margen de la suerte electoral de cada armado específico, comienza a dar la impresión de que los sectores sociales que ganarán en el mediano plazo son aquellos que logren negociar las mejores condiciones de una salida política de la grieta. Y decimos “política” porque es inevitable no sentir por estas horas el tufillo a antipolítica que aflora como posible corolario del derrumbe final del modelo de la grieta. ¿Cuántos Bolsonaros hay en el país al acecho de ese fracaso de la política? Las culturas democráticas de Brasil y Argentina son bien distintas pero ninguna parábola está clausurada de antemano.

La ventaja para el heterogéneo campo de la oposición al macrismo es que parece ser ese sector el mejor posicionado para negociar dicha salida. Y tal circunstancia está dada no sólo por el hecho de que Cambiemos ha indudablemente fracasado en los ejes medulares de su proyecto refundacional sino porque, producto de ese derrotero, hoy tiene que adoptar la polarización como estrategia de campaña. “La grieta es el proyecto” reza el lema cambiemita para 2019. Agrietarse o morir. El macrismo es un peleador exhausto yendo al frente y necesitado de una referencia clara para no quedar revoleando piñas en el aire.

Por supuesto, el planteo de una salida de la grieta no pretende hacer abstracción de las miradas contrapuestas y las disputas que atraviesan a la sociedad argentina. Romper con la grieta no implica negar la dimensión conflictiva que está en la base de la democracia; requiere, por el contrario, abandonar una forma estática de concebir ese conflicto según la cual todas las pujas políticas se organizan en torno a dos polos antagónicos que ya están definidos a priori y que se reproducen sin alteración en el tiempo.

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Si hay algo que demostró el debate por el aborto, y no en vano los feminismos vienen siendo una de las pocas novedades políticas de estos últimos años, es que en la lucha democrática las fronteras son múltiples y móviles. La conquista de derechos exige negociaciones y acuerdos diferenciales en cada caso. La idea de que la sociedad argentina está fracturada por una matriz única de división que se repite desde su nacimiento es tan falsa como la grieta. No hay una línea de continuidad histórica para la grieta, aun cuando en el pasado puedan reconocerse patrones, tendencias y quiebres semejantes (1). Es esa interpretación de la grieta como extensión de una disputa fundacional la que ha terminado por estructurar un escenario de posiciones inerciales. Y, está claro, la inercia es lo contrario a la política.

En esa línea, o bien consideramos que la historia argentina es el desarrollo de una disputa entre dos proyectos de país absolutamente irreconciliables y ante lo cual la única alternativa que queda es esperar que quienes simpatizan por el programa opuesto finalmente nos terminen dando la razón; o reconocemos que la línea demarcatoria de la “grieta” es en muchos aspectos difusa y por lo tanto susceptible de ser representada de maneras distintas. La política no es simplemente el arte de distribuir voluntades de un lado y del otro de la grieta; la política es la que define los límites y características de esa grieta o, mejor aún, de las grietas en plural.

El PRO es el primer partido que le permite a las élites económicas gestionar el Estado de manera directa por la vía democrática; pero también es el condensador político del descontento de amplios sectores de la población para con la experiencia kirchnerista. Cambiemos supo ser el ordenador de un conjunto de desacuerdos legítimos que no sólo estaban siendo desoídos por el kirchnerismo sino en muchos casos menospreciados. Y la ventaja para la oposición es que, luego de tres años y monedas de gestión, el gobierno nacional se ha mostrado muy ineficiente a la hora de materializar esas demandas.

La salida de la grieta exhibe, así, toda su potencialidad. El desafío de la hora es cómo retomar la tradición democratizante del ciclo de recuperación del Estado y recomposición social que encarnó el kirchnerismo, incorporando muchas de las reivindicaciones que robustecieron el ideario macrista y que el propio Cambiemos malogró: transparencia institucional, administración eficiente del Estado, división de poderes, baja de la intensidad del discurso público, reducción de la inflación, disminución de la pobreza, fomento de la inversión privada, innovación tecnológica, jerarquización de la educación, libertad de prensa, por nombrar algunas.

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¿Pueden los gobiernos populares atender las demandas de seguridad sin caer en la criminalización de la pobreza? ¿Puede ampliarse el sistema científico-tecnológico rediscutiendo líneas estratégicas: qué ciencia, para qué, de qué manera? ¿Pueden tomarse medidas activas para transparentar el uso de los recursos públicos y disminuir los conflictos de intereses? ¿Pueden determinarse esquemas tarifarios que discriminen sectores estratégicos y vulnerables sin poner en jaque la solvencia fiscal del Estado? ¿Pueden pensarse los medios públicos a partir de lógicas comunicacionales alternativas que pongan énfasis no sólo en la jerarquización de los contenidos sino en una verdadera democratización de las voces? ¿Pueden construirse sistemas de relevamiento estadístico robustos y mejorarse las capacidades estatales en el uso de la información pública? ¿Estamos resignados a asumir que el combate de la inflación es una preocupación de la ortodoxia económica, que la eficiencia es un valor tecnocrático, que más Estado significa siempre mejor Estado?

No hay en ese camino de reformulaciones un afuera de la grieta. El problema de las propuestas de la “tercera vía”, desde la más ancha hasta la más angosta avenida del medio, es que paradójicamente siguen suponiendo a la grieta. Y aquí no se trata de sumar nuevos competidores al enfrentamiento sino de cambiar las reglas de juego. Salir de la grieta quiere decir pulverizarla por dentro. Por eso es que tampoco interesan tanto los nombres propios que se miden en la carrera electoral, sino los acuerdos y consensos que se establecen alrededor de los mismos.  

En 2008 la grieta fue el resultado ineludible de un conflicto de fondo por la repartición del excedente en una época de rentabilidad excepcional para las patronales agropecuarias. Desde 2012 la repetición automática de esa fórmula viene lentamente produciendo una década perdida. Para romper esa inercia hay que recuperar la dimensión propositiva. Discutir no sólo los datos, sino los sentidos del macrismo. Disputarle el horizonte de futuro a un gobierno que termina sin más salida que la de “revolver” el pasado. Acumular hacia adelante, sin rencores (si yo pudiera como ayer, querer sin presentir…). Repensar un proyecto en el sentido fuerte de esa palabra. No hay que tener razón, sino ofrecer razones. El imperativo es volver a hacer política, o hacerla de otra manera en un momento en que la grieta sólo puede repetirse a sí misma. Inventar o errar, como enseñó Simón Rodríguez.

Bombo

Referencias:

1. Sostiene José Natanson, y suscribimos, “no hay un hilo invisible de la Revolución de Mayo a Intratables, pero sí un choque recurrente de proyectos y una ostensible dificultad para sostener colectivamente los cambios. Esa es la historia de la grieta”. Sociológicamente hablando: si hay una historia subterránea para la grieta, aquella no es otra que la historia de la lucha de clases.