SIN FE, NO HAY REVOLUCIÓN

Por Sol Frasca Tosetto

El pasado sábado 27 de abril se celebró en La Rioja la beatificación de “los mártires riojanos”, entre ellxs: Enrique Angelelli, el mártir de los pobres.

En enero mis viejxs me comentaron que tenían ganas de ir a la ceremonia, y sin dudarlo me sumé. Lo que hemos vivido es difícil de expresar en palabras, superando ampliamente cualquier expectativa que podía tener este viaje, haré el esfuerzo, en nombre de los mártires, de retratar lo más fielmente lo que fue esta fiesta popular, este viaje espiritual.

Con un oído en el pueblo y otro en el evangelio

“Al pelado lo amó la gente pobre y lo odio la pobre gente” dice una pancarta colgada en el predio de Punta de los Llanos, lugar donde fue asesinado Enrique Angelelli, Obispo de la Rioja entre 1968 y 1976. Esto él lo tenía muy claro, más todavía al leer las palabras del Obispo castrense, Victorio Bonamín, en el diario “El independiente” donde Bonamín se lamentaba por la falta de “homogeneidad” del Obispado Nacional, mencionado a las disidencias de “ciertos obispos del Norte”. Pero “El Pelado” no estaba sólo en su lucha por la justicia social, al contrario, su humanismo, su empatía, se transmitía y se multiplicaba, traspasando fronteras.

Desde Francia llegó Gabriel Longueville, padre misionero, albañil, quien se sumó a la prédica de liberación. Trabajó en Chamical, junto a Carlos Murias, franciscano conventual, jóven inquieto que no enmudecía ante las injusticias. Esa inquietud molestaba a los poderosos, por lo que, en julio de 1976, cayó la policía a buscarlo. Gabriel, oliendo lo que se venía, decidió acompañarlo. La noticia de sus muertes fueron un puñal para el corazón de Angelelli “Que se metan conmigo, no con mis curas, no con mis monjas, no con mi gente” le decía a sus cercanxs. Ambos fueron torturados, pero el ensañamiento fue con Carlos, a quien le ametrallaron la cara. Sin estar conformes, los militares luego quisieron ametrallar la cruz que el párroco Queirolo hizo en homenaje a los dos primeros mártires: las balas rebotaron.

Lamentablemente, días después, Angelelli se entera del acribillamiento de Wenceslao Pedernera, campesino nómade que decidió dejar Mendoza y trasladarse con su familia a La Rioja, para acompañar al padre Angelelli en su lucha. “No tengan odio” fueron sus últimas palabras.

No pasó mucho tiempo. El 4 de agosto de 1976, volviendo de Chamical, es asesinado en Punta de los Llanos, Enrique Ángel Angelelli Carletti. Al día de hoy, los cómplices de la dictadura afirman que fue un accidente automovilístico. Pero el pueblo guardó una certeza moral: a Angelelli lo mataron, sin saber que era semilla.

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Mártires lationamericanos: la fe vs. la fe

Como dije al principio, transmitir lo que este viaje fue, resulta casi imposible. Cómo expresar la pasión de la orquesta “Enrique Angelelli” compuesta por jóvenes de barrios marginados, orquesta que canta las injusticias que el Pelado cantaría: hablan de que sin mujeres no hay revolución, y ponen a dirigir a una mujer, hablan de la defensa de lo nuestro, y dicen que el Famatina no se toca, predican la palabra de Angelelli, mientras le cantan a los pueblos originarios y al hermano trasandino, Victor Jara. Frente a la plaza donde tocaba la orquesta, se encuentra la catedral de La Rioja, protegida por el San Nicolás negro de los indios, el que hizo que la versión blanca quede relegada, expresión de la Fe popular.

¿Y la celebración? Fue una fiesta. Más de 7000 personas presentes, desde Francia, Colombia y cada rincón del país, franciscanos, jesuitas y ateos estuvieron para celebrar una beatificación que es símbolo del fuego sagrado de la memoria. Se cantó el salmo, se leyó el evangelio, se rezó un padre nuestro, corrieron lágrimas de amor, del recuerdo de un gran maestro. Se aplaudió a los mártires, se abucheó a Michetti, por ser representante de quienes quieren acallar la memoria de un pueblo.

Ya volviendo, pasando por Olta, el pueblo donde vivió y murió el Chacho Peñaloza, levantamos a un fraile franciscano que hacía dedo. “Voy para San Juan” dijo y se subió. Tenía 38 años y parecía veinteañero. Nicolás, un joven humilde, como buen franciscano, pero con una dulzura y lucidez sin igual. Compartimos mate durante más de 100km, hablamos de todo, incluido de fútbol, como debe ser. Nos contó de su labor en Tartagal, Salta; cómo llegó a dedo peregrinando hasta México, discutimos de política, memoria y religión. Nico pudo expresar en palabras algo que venía pensando sin poder decirlo: los mártires riojanos, los mártires latinoamericanos, no son mártires de la Fe. O sí. La particularidad de nuestros mártires es que, en Latinoamérica, la persecución fue de cristianos contra cristianos, más que un conflicto religioso, son víctimas de un conflicto social, de lucha de clases, de justicia social. El problema no era que profesaran su fe, el problema era que predicaran el Evangelio del Cristo obrero, el amigo de los pobres, el compañero de las mujeres, el profeta que tenía los pies en el barro.

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Hay que seguir andando

“Mi vida fue como el cardón, sacudida por los vientos” escribió una vez Angelelli. A pesar de eso, siempre luchó contra la indiferencia, siempre sostuvo que “hay que seguir andando”. En este sentido habló el Monseñor Colombo, ex Obispo de La Rioja, iniciador de la causa de beatificación y actual Arzobispo de Mendoza: “creo que la paz no es una amnistía, no es una amnesia, no es una tregua”. Y continuó: “creo que el mensaje de Angelelli hoy podría traducirse en invitar a los que gobiernan a hacerse cargo de su responsabilidad, a estar más pendiente del hambre de los pueblos que de los mercados cambiarios o del fondo monetario o de los sectores de poder, creo que hoy Angelelli invitaría a considerar la importancia del pueblo como sujeto primario de la atención de los gobernantes”.

Pero esta nota no refiere simplemente a una crónica de lo vivido, se trata, o mejor dicho, trata de ser, una reflexión que nos permita pensar a la religiosidad popular, sin encasillarla en una grieta, una religiosidad que no se trata de una verdad divina o del opio de los pueblos. Angelelli y La Rioja son ejemplos de esto. Su San Nicolás negro, la celebración del Tinkunaco (“encuentro de dios con el pueblo” en lengua quechua) nos muestran un entramado que no se limita al bien o al mal. Podría pensarse con la ayuda de Silvia Rivera Cusicanqui y su categoría de lo ch’ixi:

“Lo ch’ixi como alternativa a tales posturas, conjuga opuestos sin subsumir uno en el otro, yuxtaponiendo diferencias concretas que no tienden a una comunión desproblematizada. Lo ch’ixi constituye, así, una imagen poderosa para pensar la coexistencia de elementos heterogéneos que no aspiran a la fusión y que tampoco producen un término nuevo, superador y englobante”.

El tinkunaco no niega el horror de la conquista, ni tampoco desdibuja lo quechua bajo el cristianismo. Pero para el progresómetro esto es algo complicado, porque el dualismo cartesiano nos invade, y tendemos a pensar que: Si es religioso, no es crítico, si el aborigen reza el padre nuestro, está adoctrinado. Al parecer, vale más un ateo que se queda en la indiferencia, que un religioso que lucha por paz, pan y trabajo.

Sé que no es fácil, a mí me ha llevado a tener muchas peleas conmigo misma, por ser una cristiana que quiere la separación de la Iglesia y el Estado, por convivir con la estampita de la virgen María y mi pañuelo verde. Y con esto no digo que soy un ejemplo a seguir, como tampoco que soy una regla dentro de una comunidad dominada por el ala conservadora y ortodoxa, y no creo en la convivencia que niega la diferencia entre pañuelos verdes y celestes. A lo que invito es a pensar, o al menos, me gustaría compartir, que son estas semillas las que resisten como el cactus en el desierto.Y a pensar que sí existimos quienes convivimos con estas contradicciones, si las tomamos como principio para dar ciertas discusiones, probablemente seamos varixs más y estaríamos dando lugar a considerar que hay algo más que la Iglesia de la hipocresía y el castigo divino. Una religión más humana, más profana, es decir, más cercana a la cotidianidad del pueblo.

El otro tema es que me resulta difícil escuchar a quienes hablan del “pueblo” de la “unidad”, de las “masas”, pero excluyen a la religión. Y no porque yo sea religiosa, sino, porque creo que pensar lo popular en Latinoamérica sin religión, es como analizar una Argentina sin fútbol. Podemos hacerlo, pero hagámonos cargo de las consecuencias, sin lamentarnos con el diario del lunes. Porque no será San Cayetano quien genera puestos de trabajo, o al menos no podemos comprobarlo, pero yo no veo problemas en que la vecina del barrio le rece al santo, si al mismo tiempo se organiza con las demás vecinas. Ahora, si el ateísmo obligatorio y el ataque a quien profesa es parte del programa de la vanguardia militante, esto es acallar los sentipensares de una mayoría de argentinxs, es taparse los oídos, para no escuchar al pueblo.

Pensar la religión como campo de lucha, no como enemigo declarado. Pensar la religión como fuente de esperanza, esa que tanto necesita el pueblo. Pensar la religión como aliada en el camino de la liberación. Pensar la religión como antónimo de resignación. Pensar que sin Fe, no hay revolución. No digo que sea fácil, pero sí creo que es necesario.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Cristian Frasca dice:

    La madre que te parió!!! Qué capacidad de decir en unas palabras lo que vengo rumiando hace años y hoy lo vivo como un parto!!!
    Si fueses mi hija estaría llorando de orgullo.

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    1. Hola, Sol, no soy tu padre, pero podría serlo y entiendo la emoción del tuyo, porque me emocioné hasta las lágrimas al leer tu crónica y tus reflexiones. Yo también tuve el regalo de poder participar de esta experiencia maravillosa en La Rioja y pusiste en palabras mis mismos sentimientos y pensamientos, como seguramente de muchos hermanos nuestros. ¡Mil gracias!!

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