QUE FLOREZCAN MIL GRIETAS

Por Javier Frias

En una nota reciente publicada en Oleada, el docente e investigador Martín Cortés se propuso discutir lo que él llama el “consenso anti-grieta” y en particular las intervenciones que en esa línea vienen haciendo Pablo Semán, José Natanson, Soledad Montero y Pablo Touzon-Martín Rodríguez.

El gran mérito del texto de Cortés es que se aleja del lugar común que invoca la “traición de los tibios” para abrir un verdadero debate no sólo sobre el diagnóstico epocal de la Argentina macrista sino también sobre las estrategias políticas que los sectores del campo popular deben asumir en ese contexto. En lo que sigue van algunos comentarios desordenados que no tienen otra intención que la de continuar el diálogo que el propio autor ha abierto.

Mito y realidad de la grieta

El argumento central que explica el escepticismo de Martín Cortés para con los críticos de la polarización es que en la óptica del autor la grieta no es algo que pueda eliminarse fácilmente porque en ella existe un núcleo irreductible de antagonismo que nos constituye como sociedad. Es decir, lejos de una invención, la grieta expresaría una “fractura estructural” que aqueja a la sociedad argentina y que las políticas más profundas del kirchnerismo simplemente han tendido a visibilizar.

Ahora bien, puede sostenerse con seguridad que ninguno de los promotores del fin de la grieta –al menos no los que el autor cita en su nota– estaría en desacuerdo con la idea de que el país está atravesado por conflictos sociales que son de larga data: asimetrías de poder, pujas distributivas, disputas políticas o, en sentido amplio, lucha de clases. Lo que se remarca, en cambio, es que lo que mediáticamente se ha dado en llamar grieta, con todos los supuestos que dicha noción arrastra, no es una expresión natural de aquellas marcas histórico-sociales sino una forma muy particular de representarlas políticamente.

Esa distinción está absolutamente clara para Cortés cuando advierte que “no da lo mismo el modo en que esa fractura se procesa, se metaforiza, produce identidades y conflictos”. De manera que no sólo seguimos al autor en este punto sino que creemos que su planteo permite sostener una tesis opuesta a la que defiende en su texto: es justamente porque el trasfondo de la división de la sociedad argentina no es otro que el de la lucha de clases que su expresión política en términos del par kirchnerismo-antikirchnerismo es una representación más o menos arbitraria. Y arbitraria quiere decir: susceptible de ser “metaforizada”, como bellamente escribe Cortés, de múltiples maneras distintas.

Por eso es que los intentos por establecer líneas de continuidad histórica para la grieta son a la vez posibles y a la vez artificiosos. Esto es, no hay dudas de que existe una historia de la grieta en la medida en que los conflictos que le dan origen inscriben su memoria en quiebres similares del pasado; pero retomando la simpática analogía de José Natanson, tampoco es que San Martín y Rivadavia se han personificado en Brancatelli y Vilouta. Y no conviene perder de vista esa brecha que se abre entre la “realidad” y la “invención” de la grieta porque es justamente en ese espacio en donde se juega la práctica política.

brancatelli-vilouta.jpg

La productividad de la grieta: pasado, presente y futuro

Si bien Cortés hace un repaso muy atento de las posiciones anti-grieta, hay un elemento que elige no discutir que es el relativo a la efectividad política de la polarización. Y consideramos que aquella es una ausencia de peso en su texto puesto que el análisis en ese plano arroja conclusiones que no pueden obviarse.

En primer lugar, el pasado de la grieta ofrece un dato duro: electoralmente la polarización ha sido mucho menos negocio para el kirchnerismo que para sus adversarios tal como lo demuestra la seguidilla 2013-2015-2017. Por otro lado, esa condición no parece haber cambiado demasiado en el presente dado que todo indica que las chances de Macri se incrementan en la medida en que llegue al ballotage contra un candidato que Cambiemos pueda identificar fácilmente con el “pasado”. Finalmente, y este es el argumento neurálgico de las lecturas pos-grieta, lo que puede divisarse del día después de la batalla estelar de la grieta está más cerca del abismo de una polarización aguda que de la posibilidad de reconstruir algunos acuerdos mínimos que permitan sortear con cierta estabilidad los desafíos que la economía argentina afronta en el mediano plazo.

En ese sentido, cuando el autor señala que “el macrismo pretende cerrar la grieta expulsando al kirchnerismo del tablero político” pero a la vez “explota la grieta, y la estimula” no hace sino marcar la naturaleza contradictoria de la grieta. Digamos que la grieta existe y adquiere intensidad sólo en la medida en que quienes la sostienen intentan la operación imposible de cerrarla. ¿No es acaso Cambiemos la fuerza política que está más interesada en alimentar la vigencia del kirchnerismo como un Otro espectral contra el cual antagonizar? ¿Los gritos de Macri no ponen en evidencia a un presidente que, ante la ausencia absoluta de logros, debe polarizar para seguir existiendo? ¿Cuántos siglos han pasado ya desde que el gobierno nacional propusiera la “unión de los argentinos”?

Macri enojado

Lo que queremos indicar con estas consideraciones es que la posición que adoptamos frente a la grieta no es tanto un problema teórico, ideológico o moral, sino fundamentalmente estratégico. No se trata de negar las profundas diferencias que moldean a las dos grandes identidades que hoy se disputan la hegemonía del país, sino de abandonar una forma completamente improductiva de representarlas.

La postergación infinita de la autocrítica

El último apartado de la nota de Cortés se titula “el antifascismo precede a la autocrítica”. Tenemos justificadas sospechas de que el empleo del término “fascismo” constituye un caso de estiramiento conceptual pero, al margen de ello, la afirmación en sí resulta muy interesante porque para nosotros sintetiza una fórmula usual que el kirchnerismo ha acuñado para emplazar el abordaje de sus errores políticos.

De manera simplificada el razonamiento sería que la revisión de los déficits o responsabilidades propias siempre es susceptible de ser postergada bajo la premisa de que quienes están enfrente son peores. Y en esa lógica puede inscribirse, por ejemplo, la horrorosa y tristemente célebre caracterización de algunas críticas como “funcionales a la derecha”. Al respecto, no muchos han advertido que la funcionalidad de una crítica no es solo un problema de quien la emite sino también de quien la recibe. Pues, si una crítica es “funcional a la derecha” ello quiere decir que adquiere ese sentido no por su naturaleza sino por la forma en que es absorbida en una determinada correlación de fuerzas.

Por supuesto que los lugares desde los que se enuncia una crítica son centrales. Tiene razón Cortés al señalar que “la autocrítica como ejercicio es imprescindible, pero solo si ella es una pregunta por las formas más o menos efectivas de metaforizar la grieta, de convivir con ella y de tensarla hacia el lado de los intereses populares”.

Pero el problema es que es justamente ese ejercicio el que parece haber estado ausente en los últimos años. Por eso con toda justicia el autor reconoce que el mayor mérito de la famosa nota de José Natanson posterior a las elecciones de 2017 fue el de haber desatado un conjunto amplio de discusiones. Incluso que aquella controversia suscite una categoría específica en el texto de Cortés –el Natansondebat– puede ser leído como un síntoma de lo poco ejercitadas que estuvieron las voces disonantes en el devenir hegemónico del proyecto nacional-popular. Y está claro que aquí no nos referimos a las discusiones internas que atravesaron y atraviesan al kirchnerismo como espacio heterogéneo, sino a los necesarios debates que los distintos sectores del campo popular dan de cara a la sociedad que pretenden representar. De ahí el valioso gesto de Martín Cortés de reconocer la legitimidad del “consenso anti-grieta” –suponiendo que tal cosa existe– aun estando en disidencia con él.

¿Queremos ganar o queremos tener razón?

Creemos que la crítica de Cortés avanza solventemente cuando relativiza la caracterización del PRO como una derecha “democrática y renovada”, pero a esta altura del debate parece apropiado cambiar la pregunta: ya no se trata de reconocer qué es lo nuevo en Cambiemos, sino qué es lo novedoso en la sociedad que lo votó.

Y en ese sentido admitimos que el argumento de situar los dichos de Susana Giménez como representativos de la base electoral del PRO nos parece tan aburrido como cuando el antikirchnerimo psiquiátrico exhibe un exabrupto de Guillermo Moreno o de Hebe de Bonafini para mostrarnos que ahí está la quintaesencia, la verdadera naturaleza del kirchnerismo que nos negamos a ver.

En efecto, aun cuando se tratara de una imagen relativamente fiel a su objeto, lo que es indiscutible es que es altamente perniciosa en términos políticos, sobre todo si estamos de acuerdo en que lo que nos jugamos en 2019 no es solo la tranquilidad de quedar del lado correcto de la historia, sino la posibilidad de gobernar los próximos cuatro años para reimpulsar algunos consensos que fueron la base de la recomposición social del periodo posneoliberal.

Lo mismo vale para la atractiva fórmula que esgrime Cortés, aquella de “volver mejores”. Es decir, aquel slogan podrá resultar interesante para reagrupar fuerzas hacia adentro pero no para sumar nuevas voluntades o reconquistar adhesiones perdidas. Ni qué hablar del ya excesivamente autorreferencial “Ella le gana”. ¿Hay tiempo aún para interpelar al “tercio de los sueños”, como lo llamó Alejandro Grimson? ¿Es posible, como sostuvimos en una nota anterior, salir de la grieta sin que ello signifique sucumbir a las pedagogías naif del tipo “tirar todos para el mismo lado”? ¿Podemos a esta altura aspirar ya no sólo a volver sino a ser mejores?

La grieta y los moderados: otro meme de Spiderman

Desconocemos cuáles son las simpatías políticas de los distintos autores enmarcados en el denominado “consenso anti-grieta”, pero aquí quisiéramos hacer una salvedad que en la nota de Cortés pareciera no advertirse: aquello que el autor llama la “pasión por la moderación” no constituye un afuera de la grieta, sino un efecto de la misma.

Meme de spidermanLas mitologías Ni-Ni son un resultado de la polarización. La figura de Lavagna tal como se presenta por estos días –el candidato del consenso que no consensúa– depende en buena medida de la grieta. Y no ignoramos lo esquizofrénico que puede resultar este planteo, pero parece evidente que el imaginario de una tercera vía necesita fuertemente de la polarización. La moderación, la ancha avenida del medio o el llamado periodismo de “Corea del Centro” son la grieta por otros medios, no su superación.

¿Ateos o creyentes de la grieta? ¡Sí, por favor!

No deja de ser curiosa la exhortación con que el autor cierra su texto: revisar los errores pero antes “elegir el lado”. Y decimos curiosa porque nadie que conozca a los analistas con los que la nota discute podría ignorar cuál es el “lado” que han elegido para elaborar sus planteos. El reconocimiento de Cortés de que los argumentos del “consenso anti-grieta” interpelan mayoritariamente al campo popular nos ahorra explicaciones al respecto.

La invitación final de Cortés pareciera, entonces, quedar atrapada en las propias condiciones que la grieta exige para su auto-reproducción. Es decir, el modelo de la grieta –y este es todo su problema– no sólo nos obliga a elegir un “lado” sino que esa elección ya supone una manera específica de paramos en ese lugar. Toda desobediencia respecto del mapa de acciones y reacciones que prescribe la grieta es sospechosa de “tibieza”, “funcionalidad” o directamente “traición”.

Es ese carácter inercial del escenario de polarización el que en parte explica sus signos de agotamiento. La reproducción simbólica de la metáfora tiende a independizarse cada vez más de los conflictos sociales que le dieron origen. La grieta produce sus propias determinaciones en la medida en que gana autonomía relativa. Se hace tautológica, se vuelve un objetivo en sí mismo.

Precisamente el gran aporte de Martín Cortés es el de suspender esa inercia, reconocer intersubjetivamente a los disidentes de la grieta, discutir sus argumentos, proponer otra mirada, abrir un diálogo, poner en valor los matices, dar visibilidad a las múltiples grietas que pululan a la sombra de la gran polarización. Es desde esa diversidad que debemos construir un nuevo proyecto de país: ateos, agnósticos y creyentes de la grieta; como se dice por ahí, es con todxs…

Plaza de mayo 2

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