PARA LEER (CONTEMPORÁNEAMENTE) A MARX

Por Facundo Rocca; Emmanuel Romero; Javier Waiman y Dolores Loustaunau*

*Nota publicada originalmente en Revista Márgenes

Ni completamente previas al trabajo común, ni simplemente el resultado de un proceso (justamente porque ningún proceso empieza en el vacío), estas hipótesis están en ese extraño espacio que se conforma entre el tiempo (y el pensar) individual y colectivo. A pesar de su forma afirmativa son, por lo tanto, precarias, aún en necesaria construcción. Vayan aquí para poder seguir reformulándose en nuevos espacios comunes.

1. Partir de las persistencias

Se debe empezar por lo que hay: el marxismo persiste, a pesar de su anunciada muerte, como una referencia de nuestra época. No podemos sino leer esta persistencia sintomáticamente. Porque lo persistente no insiste, no se resiste caprichosamente y de forma externa a un mundo que lo niega, sino que más bien participa del mundo porque algo de ese mundo lo reclama, lo fundamenta, lo instituye. Podemos dudar de que el marxismo siga siendo ese “horizonte insuperable de nuestro tiempo” que pensaba Sartre, pero no de que nuestro tiempo sigue reclamando, en sus miserias y en sus contradicciones, la crítica persistente de Marx. Ese debe ser el punto de partida de nuestro pensamiento común.

Hay que registrar entonces las formas de esa persistencia: Marx persiste en las prácticas político-militantes y como referencia (más o menos central, más o menos cuestionada) de los “nuevos pensamientos críticos”. Persiste también como momento (¿superado o recurrente?) de una “hipótesis comunista” que está siendo considerada como horizonte invariable de la emancipación. “Retorna”, frente a una nueva crisis económica global del capitalismo, como un conjunto analítico y explicativo relevante.

Pero la forma en que se piensa la persistencia no es neutral. ¿Qué implica considerar a Marx como el nombre de una formulación específica de la Idea eterna del Comunismo? Releerlo como un gurú económico que ha previsto acertadamente nuestra crisis y puede aportarnos categorías para evitar nuevas alteraciones, ¿no es acaso una forma de instrumentalización, casi una domesticación? Una primera tarea consiste en registrar e interrogar estas diversas formas de persistencia. Examinar qué persiste y bajo qué forma en otros, es comenzar a construir qué significa para nosotros.

2. Atravesar la crisis del marxismo (¡pensándola!)

Ahora bien, lo efectivo de esta persistencia no borra el hecho de que el marxismo esté ausente como referente sustantivo y centralmente operante en la realidad contemporánea. Si la persistencia exorciza el fantasma de la muerte del marxismo, no nos salva de su crisis. La mayoría de los procesos contemporáneos (las revueltas árabes, las movilizaciones masivas en Turquía o Brasil, los “indignados” occidentales, el enfrentamiento del pueblo griego al ajuste, etc.) no se reconocen en el marxismo.

En términos más generales, importantes luchas políticas y subjetividades antagonistas (feminismos, disidencias sexuales, ecologismos, etc.) han tenido que pensarse por fuera del marxismo que les era contemporáneo. Hay que interrogar también este desencuentro, sin cargar las responsabilidades exclusivamente en alguno de sus polos.

Una segunda tarea se impone: a pesar de la persistencia, hay que atravesar la crisis. Debemos lidiar con las formas en que fue pensada y anunciada. Y esto no puede hacerse en un estado de negación; debemos estar atentos sobre todo a los momentos de verdad que contienen.

Marx 2Frente a ello, algunos interrogantes: ¿se trata de una crisis de la teoría, de las organizaciones políticas marxistas o del quiebre entre las nuevas luchas sociales y su referencia en el marxismo? ¿O la crisis es una puesta en cuestión simultánea de estas tres dimensiones?

También, algunas certezas: nuestra crisis del marxismo no es excepcional. La historia de la tradición marxista está marcada, en distintos momentos, por crisis recurrentemente declaradas. Pero, ¿son un resultado de las derrotas (de los partidos socialdemócratas y comunistas de masas, o de los Estados del “comunismo real”) o, por el contrario, surgen de los nuevos problemas y cuestiones que plantean los ciclos de auge en las luchas? ¿Serán expresión de la necesidad del marxismo de transformarse frente a las transformaciones de su objeto: el capitalismo? ¿Y si los usos de Marx no pueden sino existir en crisis?

Sin embargo, la crisis contemporánea, sin ser excepcional, se distingue por la desaparición de una ortodoxia que funcionaba como referencia autorizada. Desaparición que permite el estallido de la potencia creativa en un verdadero “archipiélago de los mil y un marxismos”, que no cargan necesariamente con los fantasmas de sus usos pasados, pero que corren el riesgo del aislamiento en su propia multiplicación. 

La tarea consiste entonces en relevar los diagnósticos divergentes, las sintomatologías comunes, las historizaciones respectivas y las soluciones propuestas. Tenemos que construir una genealogía de las “crisis” y sus causas que nos permita pensar mejor las condiciones para un marxismo contemporáneo.

3. Limitar el marxismo… para potenciarlo

Atravesar esta historia crítica del marxismo puede servir también para efectuar un diagnóstico propio que implicaría afirmar cómo no debemos leer a Marx. Sobre esto, ciertas intuiciones.

Hay que evitar ver en Marx el fundador de un pensamiento transhistórico, válido para todas las épocas. Marx no fundó una nueva filosofía universal que nos permitiría explicar simultáneamente la lógica del Imperio Inca, las leyes dialécticas de la naturaleza biológica, la dinámica histórica de las civilizaciones extraterrestres y el desarrollo moderno de las fuerzas productivas.

Hay que desembarazarse de la idea del marxismo como “concepción del mundo” y tomarlo por lo que es: un análisis crítico de la sociedad capitalista. Hay que forzarlo a reconocer su objeto (y por lo tanto sus límites) como condición de posibilidad para extraer todo el potencial crítico que aún tiene para nosotros. Reconocer los límites del marxismo es también convencerse de que su objeto es finito: que el capitalismo puede terminar.

4. Ir más allá del economicismo

Esta restricción que creemos necesaria debe ser acompañada, sin embargo, por el rechazo a una restricción de distinto tipo. Hay que afirmar que Marx no es un mero economista, ni un teórico exclusivo de lo económico, ni un apóstol de la prevalencia ontológica de la materia. Es antes que nada –y esto es lo que importa para nosotros hoy– un pensamiento crítico de la sociedad capitalista y de sus formas (y de la separación economía/política, y de la consecuente prevalencia que lo económico toma como lógica estructurante de estasociedad).

Esto implica la enorme tarea de repensar el conjunto de las categorías marxianas, pero también de construir y reconstruir las categorías necesarias para abordar aspectos específicos de lo moderno-capitalista como momentos de esa totalidad. Sobre todo, es necesario desarmar las lógicas de puesta en correlación externa a la que el estructuralismo nos acostumbró, con sus autonomías relativas, determinaciones en última instancia y otras formas sofisticadas de funcionalismo.

En esta tarea no empezamos de cero. Debemos recuperar numerosos aportes  que construyeron la crítica al materialismo vulgar y al economicismo de la Segunda y la Tercera Internacional al interior de la tradición marxista. Sin pretensión de exhaustividad, estos van desde los marxismos “heréticos” (orientales y occidentales) surgidos del triunfo de la Revolución Rusa, a las críticas más cercanas del operaismo italiano y la Nueva Lectura de Marx alemana de los años ’60 y ’70.

5. Pensar el antagonismo 

Rechazado el marxismo como una ciencia de la objetividad de lo económico, podemos empezar a pensarlo desde otro centro: el de la lucha y el conflicto. El marxismo, entonces, como la teoría y la práctica del antagonismo inherente a las relaciones sociales capitalistas.

Pensar el antagonismo es también pensar sus condiciones y al mismo tiempo los efectos que puede tener como motor de la historia capitalista. Hay que abarcar el conjunto de las transformaciones en las relaciones de comercio, de producción, estatales, geopolíticas, tecnológicas, etc., que dan forma a nuestro mundo como efectos del antagonismo y, a su vez, como sus condiciones contemporáneas. Esto implica rechazarlo como lo ontológicamente constitutivo de lo social (Laclau), para abordar sus condiciones históricas y las de su superación.

83bc22ae72ba4f6d2183197a61599380Pero definir el estatuto mismo del antagonismo nos abre múltiples interrogantes: la negación práctica de la sociedad capitalista, ¿reside en el antagonismo capital-trabajo? ¿Puede resultar la lucha obrera una función interna al desarrollo del capital? ¿O es acaso el trabajo un foco no suprimible de conflicto? ¿Cuál es el lugar de otras formas antagonistas que no se fundan directamente, al menos de forma aparente, en la relación capitalista sino en otras formas de opresión?

6. Pensar la dialéctica (pensar la emancipación)

Un problema central es el de pensar la relación entre lo que es y su negación, y el estatuto siempre no existente de la igualdad. La dialéctica en Marx es precisamente una forma de ligar el presente (no igualitario) con las condiciones de su negación (emancipadora). La constatación del abandono de la dialéctica en muchos de los pensamientos críticos contemporáneos nos impone repensar este vínculo.

Badiou y Rancière insisten en quebrar este lazo, viendo en él una amenaza: la del Uno, o la de la contaminación inevitable de lo nuevo por lo viejo. Su pensamiento se propone una forma siempre exterior de emancipación: la política contra la policía (Rancière), el acontecimiento contra el Estado (Badiou). Constituyen órdenes inconmensurables entre sí, que solo producen un desdoblamiento pero nunca una negación dialéctica, y que corren el riesgo de eternizar sin salida posible el enfrentamiento entre lo igualitario y lo desigualitario. En Negri hay un optimismo sin dialéctica: se trata de afirmar lo que ya es (lo Común) como potencia ya presente pero apropiada por el Capital, antes que de encontrar las condiciones internas de su negación.

Otros (Backhaus, Reichelt, Holloway, Postone, por ejemplo) persisten en la dialéctica intentando encontrar en las relaciones sociales capitalistas en sí mismas aquellos elementos (contradictorios) sobre los que pensar (y actuar) su superación, aunque difieran en el punto de partida de las contradicciones de esa dialéctica.

Aquí quizás se juegue un punto central, a la vez práctico-político y teórico. Persistir en el marxismo es de alguna manera persistir en la dialéctica. Persistir en la dialéctica es una forma (¿la única?) de persistir en la idea de que en el presente existen las condiciones para su transformación.

7. ¡Pensar colectivamente!

El conjunto de las tareas que se despliega ante nosotros es enorme. Implica, contra la lógica de la compartimentalización, circular por un campo vasto de disciplinas, temas y problemáticas. Implica, también, forzar dentro de un conjunto a una serie de nombres propios del pensamiento crítico contemporáneo que, ya sea como reflejo de la hiper-especialización académica, ya sea por la política sectaria de la identidad teórica, o bien por la falta de un horizonte común de acción, no suelen hacerse discutir sistemáticamente entre sí.

Pensar en común se vuelve entonces una necesidad interna a la tarea misma que implica pensar contemporáneamente a (y con) Marx.

De cualquier manera, pensar en común era ya la condición para actuar en común. Pensar-actuar colectivamente sigue siendo, crisis y transformaciones mediante, la forma más potente de leer y usar a Marx.

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