LLENO DE HUMO

Por Facundo Maldonado

Las estacas que crecen del techo amenazan las horas y a las pequeñas melodías disonantes, como la risa, deseosas de las emociones pasadas. Se enderezó, dejó de mirar hacia arriba y comenzó a caminar con espanto; donde supo estar, solo quedó una leve estela de calor. De sus manos crecían guantes de lana, junto con la bufanda ornamentaban manos y rostro desprovisto de pelo: la evolución. El asma y las pastillas lo habían hecho un poco más sensible al frío y lo padecía. Dejó atrás las estalactitas de la cornisa que pendían sobre su cabeza y el helado escalón donde se había sentado. La cortesía inadecuada con la que trataba las cosas que lo rodeaban daba la sensación de un ritual constante. Con extrema parsimonia, con esmero y dedicación desmedidos, la tranquilidad con que tomaba las hojas, las trazas innatas que envuelven las semillas, desenterrando los pensamientos que se plantaron en la primavera de su cabeza, envolviendo en fino papel de fumar el fruto de las flores. Así, él, pensaba en las plazas y en las veredas, como momento de catarsis, siendo estas instancias, lugares para desenterrar pequeños peñascos, para poder lanzarlos al olvido, lejos de la tierra nutritiva, lejos del camino trazado.

Entre tanto la soledad iba jugando su mejor partida, por más anecdótica que fuesen las semanas, no habían sido para nada amables y mientras caminaba le quedaba ese sabor en la boca de haberlo pasado bien por un momento. Pie sobre pie, fue perdiendo la mirada a través del vidrio roto de sus lentes. Andaba envuelto en ropas, tapado hasta los dientes para no morir en un día frío, triste y asqueroso. Con la vista al frente, a veces, la vereda se torcía, como cuando uno hace la vista gorda y evita los lugares más oscuros (donde se enjambran los malos augurios) para no llevarse sobresaltos mortales.

Después de quitarse las protecciones pertinentes y dejarlas en el perchero junto a la puerta, se tiró en el sofá, casi como un cadáver. Pensó que hacía varios días su casa era tierra abandonada a la suerte de los elementos. Las plantas del patio habían ido tomando el color marrón característico de las hojas secas regando por la casa el olor de la vegetación moribunda. La pecera ahora vacía se llenaba de polvo fantasma y pequeños peces de papel arrugado barrían el fondo seco.

Que frío que hacía en ese lugar y que fuerte se hacía sentir en ocasiones. La calefacción seguía sin funcionar, llevaba meses a la deriva, sin ser debidamente reparada, el dinero no alcanzaba para esos lujos y tantos otros más. Sus manos se habían ido poniendo ásperas de tanto frotarlas entre sí, estaban agrietadas, como pequeños castillos derruidos, sin embargo algo tenían que aún podían moverse con presteza al son de la manía nerviosa, con todo ese “instinto depurado” al servicio de sus deseos. Necesitaba calor, la cocina era pequeña o, mejor dicho, acogedora; rápidamente tomó una caja de fósforos y giró la perrilla para encender el horno. Cuando abrió la puerta del dragón domado y vuelto un rígido cubo de latón, descubrió los restos de cenas pasadas. La idea de los días por venir anunciaba nuevos pormenores agregados a la cotidianidad, a la falta de tacto para la vida hacendosa. Nunca sería lo suficientemente bueno, pensó que nunca podría dejar de sentir el desafuero interno por la domesticación infeliz sufrida por sus antepasados. Pensaba que los monos utilizaban herramientas mucho antes que él, mientras acercaba el fósforo encendido al mechero y se hacía el fuego. Quitó de las entrañas del horno las antiguas osamentas ya digeridas por los gusanos y el moho, sintió un fuerte dolor en la boca del estómago, el nudo de su garganta se apretó un poco más y contuvo el reflejo: no tenía nada que vomitar.

Trajo una silla y se sentó frente al improvisado fogón, estuvo mucho rato quieto, ensimismado, frotaba sus manos ásperas y las calentaba, en la hornalla bullía el agua y la tetera hacía brotar vapor de sus adentros. Sentado comenzó a pestañar, los bostezos cada vez más amplios y los ojos parecidos a una pequeña herida abierta por la realidad. Como dormir es algo inevitable, lo hizo al calor de un sueño tibio de cocina deslustrada, con la certeza de haber inventado el fuego.

Foto por Elias Schupmann en Unsplash