ESE OBJETO ANTES LLAMADO DISCO

Por Lucas Lucero

Bins of vinyl records

Hace unos años, de vacaciones en Mar del Plata, mi madre llamó preguntando qué disco de vinilo quería de regalo. Cuando nos encontramos, al hacerme entrega de los vinilos que había traído y que yo esperaba con ansiedad, me preguntó por qué se han vuelto a reeditar y vender, siendo que estos objetos son incómodos, se rayan fácilmente, en fin, según su criterio, han quedado obsoletos. Mis respuestas fueron casi inmediatas, apenas construidas: la fidelidad y calidad del sonido (cosa que es tema de debate), el arte de tapa, el ritual de sentarse a escuchar un disco, cierto fetichismo con el objeto. Tiempo después de esa charla, esa pregunta y otras que se fueron concatenando, seguían dando vueltas en mi cabeza: ¿Porque han aumentado las ventas de discos, tanto digitales como de vinilo, las entradas al cine, la escucha de radio y podcasts, la compra de cámaras instantáneas? ¿Puede englobarse esta diversidad de consumos culturales “nostálgicos” bajo una misma lógica? ¿Qué hay detrás de este síntoma? ¿Es posible leer este fenómeno como resistencia a algún proceso? Claramente, las respuestas que tenía eran insuficientes.

zizekZizek nos advierte que el psicoanálisis es más necesario hoy que ayer. Si la clínica en la época de Freud tenía como objetivo vencer la resistencia de lo reprimido a fin de que las personas pudiesen obtener placer de aquello que estaba socialmente prohibido, en la actualidad, la tarea del analista reside en reducir la obligación de gozar: de la sexualidad, de la profesión, de la comida, de todo ámbito de la vida. Si en el pasado el sentimiento de culpa era consecuencia de la ruptura de alguna norma, hoy este efecto es causado por no disfrutar lo suficiente. El filo/sociólogo esloveno afirmó, mucho antes de la existencia de las redes sociales, que los sujetos contemporáneos estamos inmersos en una competencia para ver quién es más feliz en lugar de pensar en nuestra propia satisfacción. Vivimos en una sociedad de gente intensa, sin lugar para el silencio, el aburrimiento, la contemplación. El devenir actual de la tecnología es el sustento material perfecto para el estado actual de nuestra subjetividad: los servicios de streaming favorecen la compulsión, el aislamiento, promueven la fantasía de una vida ilimitada, crean una fachada de aparente libertad y acceso democrático.

Teniendo esa masa casi infinita de información y entretenimiento a nuestra disposición: ¿Qué puede aportar de novedoso en este contexto la experiencia de comprar/consumir/escuchar un disco físico? El límite como posibilidad. Para que se encienda el deseo debe existir una prohibición: esto no, pero todo lo otro sí. Si cualquier canción está a nuestro alcance, si no hay nada imposible de escuchar, lo que queda es una repetición sin gusto, sin libido, puro exceso sonoro desbordando los parlantes. Si vivimos en una sociedad líquida donde no hay reaseguro ni brújula posible, el vinilo nos devuelve algo de la vieja sociedad industrial que insiste desde los escombros de la nostalgia: opciones y reglas claras, el vacío de lo inaccesible, del silencio después de que termina el último tema, el tedio necesario que antecede a lo nuevo. En un mundo donde las regulaciones están hiper-fragmentadas, y por ende, se nos presenta una dificultad mayor que nuestros antepasados para encontrar unidad y cohesión interna, los formatos físicos se presentan como espacios de centralización de aquello que aparece atormentadamente disperso.

¿Hace cuánto que no escuchás un disco en formato físico? ¿Cuándo fue la última vez que tu atención estuvo puesta en el sonido de los parlantes durante al menos 40 minutos? ¿Recordás haber escuchado una canción sin la ansiedad de pasar a la siguiente? Rescatar prácticas consideradas anticuadas puede ser una de las respuestas ante este panorama. No se trata de idealizar el pasado de manera conservadora, sino de pensar los usos de las herramientas que nos ofrece el desarrollo contemporáneo de la técnica.

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