UN PUÑAL AL CORAZÓN DE LA POSPOLÍTICA

Macri-Pichetto es una celebración de las contradicciones.

Por Javier Frias

Pichetto Peña

Muchas son las aristas que se desprenden de la decisión de Mauricio Macri de erigir a Pichetto como su compañero de fórmula para competir en las próximas elecciones. Sin embargo, hay una en particular que nos parece realmente seductora: la conformación del binomio del oficialismo es un dedo en la llaga al consenso pospolítico que enarbolaba el house organ del PRO. Es la política del siglo XXI reclamando la custodia de un trotamundos del peronismo. La llave para la modernización del país decidida entre cuatro paredes donde no llega el Wi-Fi.

Hay algo de redención de la política ahí, entre sus propios sepultureros. Una herida al individualismo metodológico duranbarbiano, un aterrizaje en seco a la realpolitik. ¡Que linda mi pospolítica, se rompió mi pospolítica! Del focus group a la rosca, del jean y zapatillas a la corbata ancha. La fórmula de la nueva-vieja política llegó en tiempo de descuento: veinte poemas de amor y una canción desesperada.

Ya nunca me verás como me vieras

La apuesta oficial por la dupla Macri-Pichetto demuestra hasta qué punto el ofrecimiento de CFK a Alberto Fernández modificó las reglas del tablero político. En una nota anterior señalábamos que la única forma de salir de la grieta era quebrándola por dentro. Y así fue: la pelea por el “extremo centro” ha terminado por desdibujar las coordenadas de la grieta y diluye consigo buena parte del brillo que en algún momento tuvieran las narrativas ni-ni.

En cierto sentido, la maniobra de CFK operaba como una reafirmación del carácter instituyente de la política. La política, es bueno recordarlo, no es el arte de lo posible, sino el arte de generar condiciones de posibilidad. Lo dicho tantas veces por Ernesto Laclau: la política no representa de manera secundaria a una sociedad que la precede sino que es constitutiva de lo social; establece los límites y los parámetros bajo los cuales una sociedad se define. De ahí la trampa de Durán Barba de restringir la política al oficio de sentarse a escuchar a “la gente”. Esa suerte de exceso encuestológico en que la democracia aparece como un mero condensado de opinión pública. O, en palabras de Martín Rodríguez y Pablo Touzon, la política como herramienta para dejar la sociedad como está.

El tándem Fernández-Fernández rompió con esa inercia. Limó asperezas, modificó conductas, reagrupó voluntades y dispuso el terreno para construir una épica de la unidad: “la coalición que gobierne deberá ser mucho más amplia que la que gane las elecciones” decía Cristina en aquel video. Un retorno al pragmatismo nestorista, a la primavera negociadora del kirchnerismo previa a su “giro lingüístico” tras el conflicto con el campo y la pelea con Clarín. A ese llamado se plegaron sindicalistas, gobernadores, dirigentes políticos, empresarios y referentes que hasta poco tiempo atrás parecían lejos de cualquier acuerdo. Se conformó algo distinto y la suerte de la coalición dependerá en todo caso de su eficacia para volver creíble esa novedad.

Fernandez-Massa

Ni honestos ni corruptos, sino todo lo contrario

Es difícil abstraer el binomio Macri-Pichetto de ese esfuerzo opositor por debilitar los marcos que definían la grieta. El diálogo más fluido al interior del peronismo ya había motivado críticas de parte de sectores del oficialismo a la cerrazón de la conducción amarilla. El propio Cornejo había manifestado su intención de ampliar la alianza porque con la marca Cambiemos no alcanzaba. Pero si el albertismo sirvió para motorizar un reacomodamiento de fuerzas, el ofrecimiento a Pichetto parece ser una respuesta a medio camino de los reclamos de amplitud.

El macrismo intenta mostrar con su decisión una voluntad de consenso que a esta altura no suena demasiado verosímil. La palabra “peronismo” actúa en algunos comentaristas televisivos como una especie de entelequia que sirve para explicarlo todo. Pero Pichetto no es el peronismo, así sin más. El Pichetto de los últimos años es más un llanero solitario en busca de algún paraguas de gestión: el hombre que está solo y espera. Si el PRO no logra producir acuerdos sectoriales más amplios, su apuesta terminará siendo un guiño forzado para vender como nueva la mismísima coalición que ha gobernado el país los últimos 4 años. A lo sumo Macri podrá decir: “¡Cómo voy a ser gorila yo, si tengo un amigo peronista!”.

Entre las razones que se barajan a la hora de explicar la flamante fórmula del oficialismo hay dos centrales. Una es la hipótesis de la gobernabilidad: la idea de Pichetto como un dique de contención para un hipotético segundo mandato de Cambiemos. La otra es la hipótesis de la “bolsonarización”, la de Pichetto haciendo de inconsciente del macrismo y diciendo lo que el propio Macri no puede decir. Una especulación adicional es que el senador rionegrino permitiría mantener la neutralidad de algunos gobernadores peronistas que han inscripto sus frentes en “listas cortas” y así evitar su apoyo explícito a la fórmula de los Fernández o al lavagnismo.

Pichetto

Ahora bien, para el PRO la elección de Pichetto significa meterse a discutir abiertamente en el barro de la política. A Pichetto le cabe bien eso de “yo nunca me metí en política, siempre fui peronista”. Y en el plano de la competitividad electoral ese volantazo no pareciera ser gratuito. No tanto porque ponga en riesgo al votante fidelizado de Cambiemos, sino porque, en principio, la apuesta por un peronista de fuste descoloca buena parte de la identidad cambiemita y ocasiona dificultades a la hora de rediseñar la estrategia de campaña para interpelar voluntades más allá del núcleo duro.

¿Cómo hará ahora el macrismo para discutir con la herencia kirchnerista con un producto neto de esa herencia en la mismísima fórmula presidencial? ¿De qué manera Cambiemos puede capitalizar el miedo al pasado con un dirigente con más ADN kirchnerista que muchos de los integrantes del espacio opositor como Massa, Solá, Lozano, Solanas, Donda o el propio Alberto Fernández? Como sugirió Ana Castellani, ¿en qué medida podrá Macri sostener el eje “transparencia vs. corrupción” secundado por un miembro pleno de la “asociación ilícita” y enfrentando a un contrincante que, a diferencia suya, está limpio de causas de corrupción?

En suma, a las contorsiones para defender el errático rumbo económico se le agrega ahora una deriva pragmatista que quiebra el espíritu cool & soft que tan inteligentemente había cultivado el oficialismo. Si el macrismo hacía política para los que no les gusta la política, con Pichetto se prueba el traje de “los políticos son todos iguales”. Tras su intento frustrado por cambiar el alma de los argentinos el PRO ahora se recuesta sobre el más desilusionante pesimismo sociológico: de una solución europea para el problema de los argentinos a una solución argentina para el problema de los acreedores externos.

La eficacia del efecto Pichetto está aun por verse. Quizás lo verdaderamente interesante de la decisión del oficialismo es que, en los papeles, debería democratizar el debate electoral. No hay buenos y malos, honestos y corruptos; hay intereses, concepciones y perspectivas en disputa. Ese es el alcance del sinceramiento político del PRO. No porque antes no hiciera política, sino porque la hacía bajo el falso supuesto de que en su caso la política se rige bajo estrictos preceptos morales. Y eso no quiere decir que la comunicación cambiemita no intentará seguir operando en ese registro. Pero Macri-Pichetto es una celebración de las contradicciones. Es una igualación de los desiguales a manos de la política. Ahí, en ese terreno común, con las miserias y las virtudes de cada uno, se va a jugar la disputa por el horizonte de futuro. Que empiece el debate.

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