EL VOCABULARIO DEL ENGAÑO

Por Piero Pérez Prolongo

Confucio enseñó que el desorden social comenzó con la dificultad de llamar a las cosas por sus nombres apropiados. Según su visión, el primer paso para reformar un mundo mal estructurado residía en la rectificación de los nombres; lo que para Confucio significaba restaurar el significado original de las palabras.

La terminología económica de hoy está en una evidente necesidad de tal “restauración”. Los defensores de las rentas han confundido y oscurecido la terminología económica a través de eufemismos para negar que exista algo así como una “ganancia gratis”. Un ejemplo actual en Argentina de este tipo de ingresos no trabajados sería la famosa bicicleta financiera de las Leliqs: letras a corto plazo (siete días), solo disponibles para los bancos que sirven de pantalla a los grandes fondos de inversión extranjeros y a los inversores locales. La tasa de interés al momento de escribir este artículo es del 56% anual, la más alta en el mundo de las finanzas, y los intereses de este instrumento financiero ya suman $300.000 millones en el semestre.

Bicicleta financiera

El término rentista y el de usura que jugaron un papel central en los siglos pasados, ahora suenan anacrónicos y han sido reemplazados por otras nociones más ambivalentes. Se ha diseñado una gran operación de relaciones públicas (“propaganda”) para invertir el significado de las palabras y lograr que el negro parezca blanco. En ningún otro ámbito esta táctica está más aceitada que en la promoción de la ideología económica dominante. El vocabulario de la riqueza y la recaída en una economía de alquileres y usura, se confunde como un progreso hacia una sociedad de ocio, no a una de servidumbre por medio de deudas; mientras que la reducción y división de empresas industriales se llama “creación de valor”, no saqueo.

El lenguaje económico es definido por los vencedores de hoy: la clase financiera rentista. Grupos de presión y lobistas de la elite financiera actual patrocinan a periodistas y académicos para moldear un vocabulario público en el que estas fracciones del capital aparecen representadas como cumpliendo un papel productivo. Cuanto más depredador es su comportamiento, más necesaria se vuelve la deformación del lenguaje para explicar cómo funcionan los “mercados libres” sin que las “interferencias” gubernamentales establezcan impuestos o regulen la riqueza.

Las políticas neoliberales promovidas desde Estados Unidos han revertido las ideas de los economistas clásicos del siglo XVIII como Adam Smith y John Stuart Mill, al favorecer la extracción de ganancias depredadoras, la política tributaria regresiva y la desregulación. En la actualidad, la palabra “reforma” tiene implicancias contrarias a las que ese concepto tuviera en siglo XX. En el mercado laboral, por ejemplo, las “reformas” hoy en día remiten a políticas contra los trabajadores para reducir el poder sindical y la protección en el lugar de trabajo.

De lo que se trata, en este último caso, es de desarmar el sistema de derechos laborales cuya “ineficiencia”, según palabras de Mauricio Macri, “le cuesta a los argentinos miles de millones de pesos”. Claro está que el afán ahorrista del mandatario argentino no parece inmolarse demasiado por lo señalado en el informe del Observatorio de deuda de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET); a saber, que la fuga de capitales estimulada por la política cambiaria y financiera del gobierno nacional “ya superó los 100 mil millones de dólares en menos de cuatro años” según reseña Arnaldo Bocco en el diario Página 12.

Bolsa

Los banqueros, los especuladores y los propietarios de grandes bienes inmuebles prefieren, naturalmente, un vocabulario que los describa como productivos en lugar de depredadores. Y esta inversión del lenguaje tergiversa, como señalamos, las propias ideas de los principales exponentes de la economía política clásica. Así, se suele afirmar que Adam Smith y sus colegas reformistas favorecían los “mercados libres” y se oponían a la “interferencia” de los gobiernos. No obstante, tal como advierten autores como Giovanni Arrighi o Michael Hudson, a lo que en verdad se oponían estos pensadores era a los gobiernos controlados por la aristocracia de los terratenientes que dominaban la política fiscal.

En ese sentido, y por sorprendente que parezca hoy, las ideas en favor de la creación de un mercado libre se lograron concretar mediante reformas “socialistas”. Su objetivo común era proteger al pueblo de tener que pagar precios que incluían tributos por el uso de recursos naturales, monopolios y a los tenedores de bono.

La terminología ambigua se usa para popularizar políticas que de otra manera serian impopulares, o al menos para ganar tiempo al confundir a algunas de las partes perjudicadas. Así, la categoría de imperialismo hoy asume un rótulo muchos más angelical a partir del concepto de globalización. De igual manera, ajuste se llama austeridad, privatización recibe el nombre de inversión, financiarizacion y especulación es productividad y flexibilización laboral es creación de empleo.

Si el objetivo de fondo es mermar el poder de los sindicatos, reducir los salarios y disminuir las protecciones laborales, la táctica de las clases dominantes es tratar de convencer con un lenguaje afín, postulando a los programas de austeridad como “planes de modernización y eficiencia”. Los lobistas financieros crean un vocabulario favorable a las políticas privatizadoras, caracterizando la regulación pública y la protección de los consumidores como meras “interferencias”. Ya en 1944, Frederic Hayek utilizó la expresión “El Camino a la Servidumbre” para cuestionar los problemas derivados de la intervención del Estado. Se trataba, a todas luces, de una licencia semántica demasiado arbitraria: como si el neoliberalismo no fuera el camino a la servidumbre y a la esclavitud de la deuda con el FMI…

 

Bibliografía utilizada:

La Economía Basura. Michael Hudson. 2017, Editorial ISLET-Verlag. Londres.

Adam Smith en Pekín: Orígenes y fundamentos del siglo XXI. Giovanni Arrighi, 2007, Editorial Akal, Madrid.