LA DEMOCRACIA DE LOS INVISIBLES

Por Javier Frias

A la pregunta recurrente sobre si es la política o la economía el factor que pesa más en un resultado electoral habría que contestar siempre reformulando el famoso slogan de Clinton: “es la interpretación de la economía, estúpido”. Es decir, ni el mensaje, ni el precio de la leche, sino la forma en que cada una de estas variables influye sobre la otra. Las elecciones se juegan ahí, en ese resquicio entre las condiciones materiales y la imaginación de futuro que, por comodidad, elegimos llamar política.

Les habló con el corazón y con el bolsillo

Cualquier lectura que intente explicar los resultados del último domingo a partir del descontento social por la situación económica sería bajarle el precio a lo sucedido. Como se sabe, de la heladera al bunker electoral hay unas cuantas reuniones y videos virales en el medio. Ningún voto nace voto bronca. En estas PASO no hubo solamente un rechazo a las medidas de ajuste, sino también un triunfo y una derrota de dos formas distintas de hacer política.

Macri ojeroso

Podría decirse que el domingo en la madrugada, en esa cara ojerosa de Mauricio Macri que preanunciaba su derrota electoral, condensaban dos temporalidades diferentes. Por un lado, una historia larga relacionada con la ruptura del orden social que, por poner una fecha, comienza con la reforma jubilatoria y se profundiza con el deterioro de las condiciones de vida tras la brusca devaluación de 2018. Por otro lado, una historia corta que refiere a la unidad opositora gestada en poco menos de tres meses.

A esta altura del asunto queda claro que la decisión de CFK de ungir a Alberto Fernández como candidato a presidente no sólo fue determinante para darle competitividad electoral al espacio opositor sino, sobre todo, para destrabar los acuerdos que ese espacio necesitaba. Lo demás es historia conocida: la audacia de CFK a la hora de ceder protagonismo, la consolidación de Alberto Fernández como candidato y articulador, el trabajo titánico de Axel Kicillof recorriendo la provincia, el rol fundamental de Felipe Solá para sumar voluntades en las provincias, el papel de Sergio Massa junto a los intendentes, la oferta novedosa en CABA con Matías Lammens a la cabeza y el acercamiento de distintas expresiones sindicales, políticas y sociales fueron dando consistencia al armado opositor.

Emergía una “épica de la unidad”, como decía Noelia Barral Grigera cuando todavía Massa no cerraba su incorporación a lo que sería el Frente de Todos. Alberto Fernández iría de menor a mayor en la campaña. Construir políticamente la victoria: despejar dudas, derribar prejuicios, persuadir a los indecisos y finalmente instalar una agenda propia. Les habló con el corazón y con el bolsillo: “entre los bancos y la gente, yo elijo a la gente”. Precisión numérica para explicar el desorden macrista y sensibilidad política para empatizar con sus consecuencias: el reloj de la deuda y el del aumento de la pobreza.

Previo a las elecciones el peronismo ya tenía anotado su primer gran triunfo: no había organizado un frente para presentarse a elecciones, había logrado reconstruir una alternativa nacional. Si de cara al futuro la Argentina iba a necesitar de consensos amplios, el Frente de Todos podía mostrar que estaba comprometido con esa idea a través de los distintos apoyos que iba consiguiendo. La potencia de la foto de Alberto Fernández con los gobernadores en Santa Fe contrastaba fuertemente con la más endogámica del oficialismo en la que Macri, Pichetto, Vidal y Larreta pedían boleta completa. La oposición podía atribuirse el monopolio de la responsabilidad: ¿con qué acuerdos sectoriales pretendía atravesar Cambiemos las dificultades económicas y sociales que enfrenta el país en el corto y mediano plazo?

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Un fracaso en sus propios términos

A la inversa de la oposición, a Macri no sólo lo termina condenando el bolsillo de la gente, sino también una forma de construir poder que demostró ser igual de ineficaz que su programa económico. Luego del ablandamiento hegemónico que le permitió erigirse victorioso en 2015, el PRO había decidido abandonar toda vocación de convocar voluntades más amplias. Ignacio Zuleta lo llamó el “partido del ballotage”: gobernar con el apoyo del núcleo duro, estirar como chicle la grieta y esperar que la polarización electoral y el “mal menor” hicieran lo suyo. Pichetto debe ser entendido como un intento algo forzado de aminorar esa política de minoría intensa que se impuso en las huestes cambiemitas desde el día cero.

Aquel esquema falló en 2019 porque cambiaron las condiciones económicas y políticas que lo hacían posible. Digamos que el partido del ballotage funciona si efectivamente hay ballotage. La crisis social y la unidad opositora trastocaron el estatuto simbólico que definía a la grieta, desdibujaron sus límites. El presente empezaba a desplazar al pasado como referencia central de la polarización y el gobierno quedaba expuesto a evaluar sus resultados a la luz de los compromisos asumidos.  

En ese plano, a la mediocre performance económica se le sumaba la elevada inflación discursiva generada por el marketing oficial. El PRO se narró demasiado a sí mismo. En poco tiempo produjo un sinfín de muletillas retóricas que pasaron a ser parte de su registro comunicacional. Narró sus expectativas: segundo semestre, brotes verdes, pobreza cero, lluvia de inversiones, inflación de un dígito, unión de los argentinos. Narró la historia: los 70 años de decadencia; el mejor equipo de los últimos 50 años. Narró sus excusas: pasaron cosas, la tormenta, el pasado. Narró a sus adversarios: Venezuela, las mafias, el autoritarismo. Narró su identidad: diálogo, transparencia, república, cambio.

Peor que tener hambre es que te hambreen mientras te explican que en verdad te están salvando. El desacople escatológico entre realidad y discurso fue un combo explosivo para el oficialismo: el famoso así no hay Barcelona que aguante. El corolario de esta pérdida de credibilidad del relato oficial es Macri reclamando un voto “sin argumentos, ni explicaciones”. El gobierno que mejoró las estadísticas públicas no tenía una voz que se hiciera cargo de lo que sus propios números estaban mostrando. Cambiemos se volvía frágil ante su propio marco teórico. Por eso cuando Alberto Fernández se subió triunfante la noche del domingo podía darse el lujo de disputar el principal activo simbólico que había enarbolado el PRO en los últimos años: al final, “el cambio éramos nosotros, no ellos” sentenció.

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Sorpresas, miserias, desafíos

Visto en retrospectiva (con el diario del miércoles, en este caso) el cimbronazo electoral termina siendo más sorpresivo por el escenario de paridad que avizoraban las encuestas que por el caldo de cultivo social y político que el macrismo ha provocado. En este punto habría que reconocer que los pronósticos electorales no fallan sino que simplemente ven hasta donde pueden ver. Las encuestas, como decía Borges de la democracia, son un abuso de la estadística. Y, en cierto sentido, con su obsesión por los likes, las cadenas de WhatsApp y los trending topics, la política duranbarbiana también lo es.

El problema con la hipótesis pospolítica del hombre algoritmo es que los arreglos de comité, los climas sociales, las motivaciones profundas que se entrecruzan en un cuarto oscuro no tienen traducción inmediata en números. Corren a un tiempo más lento que el de las pantallas. La soberanía popular es una combustión de sentidos finalmente invisible al Big Data. Ese subsuelo de la democracia terminó siendo inadmisible para Macri, quien el día lunes no podía concebir otra explicación para la corrida cambiaria que no fuera culpar a los demás.

Hay ahí una imagen condensada de la forma en que el PRO se pensó a sí mismo en tanto proyecto refundacional. El Grupo Fragata lo señaló premonitoriamente: gobiernan la Argentina como si fuera un país de mierda. El bizarro reclamo de autocrítica a los vencedores del domingo era, en realidad, un mensaje a la sociedad que los votó. Es como si Macri dijera: hice todo lo que pude pero los argentinos son incorregibles; su ejercicio de derechos, su politización, su organización colectiva son inviables. Nos ofreció un plan perfecto para encaminarnos hacia el progreso, pero si ustedes se empecinan en expresar su voluntad en las urnas la cosa no funciona.

Lo que, sin embargo, resulta imperioso advertir es que, como dicen Paula Canelo y Martín Rodríguez, Cambiemos puede haber sido derrotado pero la “sociedad macrista” sigue intacta. El conjunto de imaginarios y expectativas que el PRO supo representar quedará ahí pendiente de rearticulación. El gran desafío para el Frente de Todos es encontrar la forma de hablarle a esos sectores. No necesariamente para convencerlos, pero sí para convivir con ellos. Reconocer intersubjetivamente sus razones, comprender sus miedos, retomar algunas de sus ideas fuerza, incorporarlos a la conversación pública. Hay que devolverle la autoestima al país y para eso es necesario que el nuevo proyecto de futuro se haga cuerpo en una mayoría plural y democrática. El domingo debe ser sólo un comienzo.

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Fotografía: M.A.F.I.A