PARA LEER A MARADONA

Por Javier Frias

¿Cuántos sentidos encierra la figura de Maradona? ¿Qué nombres lo definen? ¿Diego, Diegote, pelusa, Dios, Maradroga, pibe de oro, machirulo? ¿Desde dónde se lo ama? ¿Desde dónde se lo resiste? ¿Desde dónde se lo lee? ¿Desde dónde se lo explica?

Como todo producto cultural, Maradona es un objeto polisémico. Hay en Maradona múltiples aristas, matices y ambivalencias. No se trata simplemente de una convención analítica; no hay en ello, como dice Alejandro Grimson del peronismo, una “ostentación de complejidad”. En el caso del fenómeno maradoniano las contradicciones importan porque lo constituyen como tal. Maradona es, antes que todo, un producto de esas tensiones.

Para retomar el formato de tesis que Juan Manuel Sodo ejercitó hace un tiempo en una nota para Lobo Suelto!, a continuación intentamos hacer algunos aportes al debate que en nuestro caso tienen carácter de “hipótesis”, toda vez que son meras apreciaciones gratuitas de quien no sabe pero igual opina. No hay, por tanto, orden ni coherencia alguna en las siguientes proposiciones, sólo intuiciones forzadas para seguir interrogando a Maradona.

Hipótesis nietzscheana:

Estamos tentados de arrancar con esta idea: en Maradona hay hechos, pero sobre todo interpretaciones. A cada evento que protagoniza Diego le siguen 350 horas de panelismo televisivo, 70 columnas de opinión, miles de charlas de sobremesa, 732 GB de memes y videos virales y un sermón a distancia de Martín Caparrós. La primera observación, entonces, es que Maradona implica a Diego pero lo trasciende ampliamente.

Hipótesis de grieta:

La tesis 1 de Juan Manuel Sodo: alrededor de Maradona convergen dos grandes narrativas que se oponen entre sí. Por un lado, la mirada pacata que le impone a Maradona un tratamiento moralizante expresado, en el mejor de los casos, como vergüenza, y, en el peor, como asco. Por otro lado, la interpretación romántica del universo progresista que construye a Maradona como héroe plebeyo. En ese contraste se deja traslucir una suerte de grieta sui generis que probablemente sea el mayor obstáculo para producir lecturas originales sobre Maradona.

Hipótesis de separación obra-artista:

Sol Frasca se pregunta en su última nota por la línea divisoria entre el artista y su arte. Se trata de un interrogante clave. Maradona, como todo objeto social, es ciertamente una totalidad, una “síntesis de múltiples determinaciones”: psicológicas, deportivas, políticas, culturales, históricas, etc. Ahora bien, sobre esa totalidad se realizan recortes, se distinguen momentos, se resaltan aspectos particulares, y cada una de esas operaciones de lectura implica una decisión política.

En los relatos sobre Maradona pueden reconocerse distintas operaciones de separación obra-artista-espectadores. El caso paradigmático es la distinción famosa “un fenómeno como jugador, un desagradable como persona”. Lo problemático de esta interpretación no es sólo el supuesto de un corte tajante entre el adentro y el afuera de la cancha, sino que aquella escisión se ejecuta para entregar una mirada extremadamente simplista de la persona de Maradona. No se describen errores y virtudes, límites y capacidades, sino un ser despreciable sin más. En ese sesgo pueden advertirse algunas connotaciones de clase: Maradona, en tanto pobre que llega a rico sin perder los códigos éticos y estéticos del barrio, se convierte en grasa, groncho, negro cabeza, villero. Pero, además, hay un deslizamiento etnocéntrico en el que se juzga a Maradona sobre aspectos por los que Diego nunca reclamó ser juzgado. Nos referimos al clásico “nos hace quedar mal frente al mundo” que ya era patético incluso antes de que el “mundo” eligiera a personajes como Trump y Bolsonaro.

Maradona 3

Podríamos identificar otros dos ejemplos de separación que, en cambio, son benevolentes con Maradona. Uno de ellos es el que elige juzgar a Diego por la profesión que le tocó ejercer. Los Piojos lo expresaron así: “sigue el Diego el mejor en lo suyo, si vos lo fueras no habría tanto yuyo”. Esta contra-narrativa intenta combatir la aparente hipocresía que caracterizaría a las lecturas moralizantes. Maradona es un futbolista y centralmente se lo evalúa en función de ello.

La otra interpretación, complementaria de ésta última, es la que reclama la separación entre el artista y su público. Es el Me van a tener que disculpar de Eduardo Sacheri; una suspensión deliberada del juicio ante quien me ha hecho feliz. No importa quién sea Diego Maradona, el cariño hacia su persona es en realidad el cariño nostálgico a un momento de felicidad que aquella provocó.

Aunque incompletas (porque tampoco tienen pretensión de exhaustividad), estas dos últimas lecturas son mucho menos nocivas para acceder al fenómeno maradoniano en forma integral que la que elige condenarlo moralmente.  

Hipótesis estética 1:

De todos los homenajes musicales que se han hecho sobre Maradona quizás el más radical y empático sea el de Manu Chao. La primera frase de La vida tómbola, “si yo fuera Maradona, viviría como él”, es una apertura desprejuiciada a la experiencia de exterioridad. No se trata de complacencia ingenua sino de aceptación de la posibilidad del Otro. Casi un homenaje estructuralista: Maradona como producto de sus condiciones. Si yo fuera Maradona, no podría no ser Maradona.

Hipótesis determinista:

En Maradona no hay autonomía relativa, o casi no la hay. Maradona es lo que su entorno hace de él. Y su entorno son sus seres queridos pero también sus detractores y, cuándo no, los buitres que merodean su vida, ayer, hoy y mañana.

Hipótesis foucaultiana:

Maradona es un dispositivo de poder. Y, como enseñaba Foucault, ese poder no tiene dueño. No le pertenece a Diego, ni a nadie. Por su lógica encandilante es un poder que visibiliza e invisibiliza, desafía y legitima el status quo. Y produce, por supuesto, víctimas; de ahí lo que señala Sol Frasca en su nota: la dificultad de hablar de Maradona siendo mujer.

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Hipótesis revisionista:

A diferencia del tratamiento moralizante, la crítica de los distintos feminismos a Maradona es una posición política en el sentido fuerte del término. No le interesa tanto lo que se dice de Maradona sino lo que no se puede decir. No pretende negar a Maradona sino ponerlo en evidencia. Es una denuncia a lo que el ruido maradoniano tiende a ocultar, a las prácticas y discursos que Maradona convalida y reproduce.

De la nota de Sol: “Diego es la cara del dolor para muchas mujeres. Es el rostro que evoca el maltrato, la omnipotencia de una sociedad patriarcal. Es el padre abandónico, el trabajo no remunerado, es la violencia de género en todas sus expresiones”.

Ahí hay una veta insoslayable para explorar a Maradona como un todo, con sus luces y sus sombras.

Hipótesis de la argentinidad:

Maradona no representa la argentinidad. Lo que es representativo de la argentinidad, en todo caso, es lo que los argentinos y las argentinas hacemos con Maradona. Las infinitas tensiones que despierta su figura son mucho más ilustrativas de eso que suele llamarse “argentinidad” que el Diego en sí.

A lo Galeano: somos lo que hacemos mientras intentamos aceptar/cambiar/rechazar lo que Maradona es.

Hipótesis estética 2:

El camino de San Diego debería ser nuestra romantización permitida. La película de Carlos Sorin es un gran retrato de la religiosidad popular que se teje alrededor de la figura de Maradona. Además, pondera el carácter federal de esa liturgia. Por eso Maradona es, provincianamente hablando, EL Diego.

Maradona 2

Hipótesis estética 3:

A propósito del clamor del hincha, Fontanarrosa escribió un fantástico cuento que se llama Lo que se dice un ídolo. Quizás no lo explique todo pero al menos sirve, como diría él, para cagarse un rato de risa.

Hipótesis discursiva:

Maradona es un gran narrador de lo social. Parte de su carisma tiene que ver con esa verborragia. El Diego es, sobre todo, un productor de frases. Como con Los Simpsons, no hay circunstancia vital a la que no aplique una cita de factura maradoniana. Bien o mal, Maradona es un intérprete de la sociedad argentina. La comunica con cierta eficacia. Su forma de decir instituye identidades y sentidos.

Hipótesis materialista:

Cerremos con esta idea: detrás de todo el ruido está el cuerpo. El cuerpo como garantía del mito. La corporalidad sufriente de la infancia, el cuerpo deportista, el cuerpo adicto, el cuerpo maltratador, el cuerpo grosero, el cuerpo tartamudo, el cuerpo bailantero, el cuerpo emocionado, el cuerpo viral. Maradona es todo eso. Cuando se apaga la máquina de picar Maradonas queda el cuerpo. No hay altares, ni hogueras, solo el cuerpo contradictorio, en tensión permanente. Diría el Indio, lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir…