HAKUNA MATATE

Por Clarisa Baldearena

Mi primer intento de suicidio fue a los siete años. No sabía mucho ni de la muerte ni de cómo acceder a ella. Sí sabía, por ejemplo, que la culpable del divorcio de mis padres era yo. El segundo intento tardó siete años en llegar. Siete años más tomó un intento que se acercó bastante a la consumación. Sin embargo, fue pisando los veinticinco que me fue revelada una nueva realidad, liberadora en cierto sentido: todo enfermo es político.

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Los discursos aprendidos, repetidos por los distintos actores sociales, calan hondo desde la infancia y durante toda la vida. Esto es sabido. Su reproducción sucede también a nivel interno: pasa a ser un discurso que nos decimos a nosotros mismos. La violencia interiorizada se convierte de este modo en una realidad. El poder, que se ejercía desde el exterior, penetra los poros de la individualidad, y da origen a una acción ahora autoejercida. 

Se habla de que nuestros cuerpos están social y políticamente disciplinados. De lo que no se habla tanto es de que nuestras mentes también lo están. Esto se refleja casi con transparencia en el caso de las personas con un perfil orientado al suicidio. En ellas, La internalización de los discursos se produce con una especial vehemencia, que desencadena en una insistente plegaria autodestructiva.

En esta cuestión los conceptos de salud y enfermedad cargan con toda una visión normalizadora que baja desde la misma perspectiva hegemónica. Quizá sea mejor entenderlo como un espectro de cuán internalizados tenemos estos discursos. Por eso todo enfermo es político: porque la enfermedad se teje desde un entramado de discursos sociales aprendidos, internalizados, y que más tarde o más temprano serán reproducidos por el propio sujeto. A continuación, una taxonomía rápida y apriorística, probablemente inexacta, de los mismos.

Hakuna matate

El primero que quiero mencionar es el discurso cosificador de quienes desde el egocentrismo se leen a sí mismos como protagonistas incluso del dolor ajeno: “No pensás en el daño que nos hacés. Estás siendo muy egoísta”. Si alguien está considerando suicidarse, tiene un caos de pensamientos orbitando alrededor de un solo eje: el sufrimiento que ya no soporta más. Así, su realidad está tan desdibujada que no hay forma de que piense en algo o alguien más. En cualquier caso, si en su entorno cada une está tan metido en sus propios asuntos, suena bastante razonable que la persona que está pasando por el peor momento haga lo suyo propio. Hay días que hace falta que nos recuerden que no somos el centro del universo. Aún así es tan difícil que nos demos cuenta de que no somos el centro del universo.

De todos modos, este no es el único discurso en su tipo. Tenemos la visión egocéntrica 2.0: quienes creyeron que podían ser los héroes de la situación. “Tiene que ser mi culpa. No supe leer las señales. No estuve ahí para elle”, dicen. Seamos claros, este es el momento de la víctima. Nadie más puede buscar fama acá. De todos modos, está claro que un momento así duele. Una vez alguien me dijo que el suicidio no es suprimir el dolor, sino transferirlo a los demás. Sigue pareciendo una visión egocéntrica, pero -nobleza obliga- quizá haya un poco de verdad en ella. Por otro lado, los signos en general suelen ser bastante claros. Hay avisos, hay comportamientos que resultan extraños, tales como poner en orden objetos del pasado sin ningún motivo aparente o empezar a “heredar” pertenencias, o ciertas despedidas. Las señales están. De cualquier manera, siempre habrá también quien las niegue.

Asimismo, nunca faltan los osados: “No lo vas a hacer. Estás mintiendo. No tenés idea de lo que estás hablando y no tenés el coraje”. No. No está bueno desafiar a un suicida. No se trata de una competencia. Una persona que está pasando por un momento tan frágil se puede tomar esto muy a pecho. Sería mejor intentar practicar la empatía. O el silencio. Siempre teniendo en cuenta que si no hay mucha ayuda que ofrecer; buscar o recomendar asesoramiento profesional nunca es una mala idea. 

Primo hermano del anterior, está el peligroso discurso que titula: “Matate. Dale, si tanto decís que te querés matar, adelante, matate”. Bueno, quizá es un buen momento para recordar que incitar al suicidio también es un delito. Es cierto que este tipo de respuestas corren el foco de los pensamientos repetitivos, porque no son el tipo de respuestas que normalmente se esperan. Sin embargo, pronunciarlas es jugar con fuego.

Por su parte, los opinólogos obtienen históricamente su maestría en esta rama: “Las personas que toman esas decisiones son cobardes. Es la vía fácil. No quieren asumir sus problemas”.  El suicidio no es de valientes ni de cobardes, no es una muestra de romanticismo. Es una muestra de que hay una persona sufriendo muchísimo y ya incapaz de procesar ese dolor a niveles saludables. No hay mensajes mucho más profundos por escarbar. Tenemos que quitar ese peso “aleccionador” del suicidio, porque lo único que termina logrando es, en cierto punto, convencer a quienes lo consideran seriamente como una manera más de demostrar algo.

Hakuna matate 2

Pero si de opinar se trata, también tenemos a (cuasi) expertos. Como el psiquiatra que me trataba hace unos años, que disparó: “Las personas de bajos recursos tienen más tendencia a la psicosis porque de chicos no reciben los nutrientes que necesita el cerebro. Por eso los albañiles que están haciendo mi casa pusieron una puerta que choca contra el inodoro”. Hay que dejar de  ir a su consultorio. Primer aviso.

En este sentido, se han hecho vastedad de análisis sociales que arrojan respuestas anticlasistas al respecto. Quitarse la vida no es una cuestión de clase. Se registran suicidios tanto en clase alta como en clase baja. De hecho, hay cierta tendencia en los extremos. La clase media no se suicida tanto, la hipótesis -cual freestyler- es que tienen un rango de adaptabilidad mayor, debido a que están expuestas a más altibajos en su movilidad social, aunque esta raramente se concrete. Y por cierto, como recomendación, nunca vayas a une psiquiatra sin conciencia de clase.  

Dominando el arte del acompañamiento terapéutico

¿Qué te pasó, flaca?” mi respuesta son sollozos y probablemente una expresión desfigurada. “¿Muchos quilombos, no?” y asentí con la cabeza. “Te tengo que pasar esto -me muestra una cánula de plástico – y vas a estar bien”. Pero, a pesar de que me vacían el estómago, no estoy bien. Las palabras dulces y la sobrevalorada empatía tampoco funcionan. ¿Es que no hay salida?

¿Por qué estas palabras de alivio tampoco mejoran el panorama? Por el mismo motivo que desde seminarios, foros y líneas de emergencia la recomendación de punta viene siendo la misma desde hace décadas: consultar con une profesional. Esto no es gratuito. 

Como acompañante de una persona en una situación límite, la respuesta no viene desde el decir, sino desde el escuchar. Y, tradicionalmente, quienes profesionalizan la práctica de la escucha son psicólogues y psiquiatras. Esto no quita que probablemente nos hayamos cruzado con pésimos profesionales, como en cualquier rama. No dejamos de mencionar, sin embargo,  que también las instituciones pretenden disciplinar a las personas que se apartan de la norma a través de la sobremedicalización de síntomas que no en todos los casos son necesariamente clínicos. Una de cal y una de arena. 

Asimismo, no hay ninguna regla que dicte que los y las acompañantes sólo pueden ser  profesionales. Desde el círculo cercano, se puede hacer bastante, pero sin olvidar que quien tiene que hablar es la persona que sufre, incluso cuando probablemente le cueste, dado que la dinámica es difícil de subvertir. Los vínculos interpersonales se trabajan, y escuchar es uno de esos trabajos. Conlleva cierta disciplina familiarizarse con los mecanismos de la escucha, de las intervenciones minimalistas, de las preguntas correctas en los momentos correctos. De las interrupciones para ir a buscar pañuelitos o dar abrazos consensuados.

Cuando escuchamos, entendemos. Y parte de entender es llegar, más tarde o más temprano, a la conclusión de que es un asunto de orden social, colectivo. Ya se encuentra instaladísima la premisa de que lo político cala en lo personal. Es por eso que el enfermo tiene que deconstruir el discurso de la misma manera en que el discurso es instalado: hablando. Escucharle es político.

 

Sobre la autora:

Clari nos manda estas palabras que la definen: “Estudiante de Comunicación de día y Emperatriz del Caos de noche. Neurodiversa. Si no tiene gatitos, no es mi revolución”.