LA POBREZA, UN VELO PARA LA DESIGUALDAD

Por Gabriel Olmedo Sosa

Nuevamente estamos atravesando una crisis humanitaria en nuestro país. Cuando decimos crisis humanitaria nos estamos refiriendo a que un alto porcentaje de la sociedad argentina no puede satisfacer todas sus necesidades materiales básicas, referidas tanto a la alimentación como a la vestimenta, vivienda, salud, educación, transporte y esparcimiento. La etiqueta utilizada para describir mencionado estado de marginalidad es la de pobreza y tradicionalmente se obtiene mediante el “Método de la Línea de Pobreza”. El mismo compara los ingresos monetarios de un hogar con el precio de las mercancías necesarias para satisfacer las necesidades básicas de sus habitantes para determinar si una familia es o no pobre. 

Durante las últimas décadas dicha variable se ha vuelto central a la hora de analizar la economía de un país. Es por ello que su índice tiene un lugar importante en los debates políticos y en los medios de comunicación, en especial en épocas de campaña electoral como la que estamos atravesando. Sin embargo, difícilmente se encuentren espacios donde se debata cómo mejorar los estándares de calidad de vida de los sectores populares de manera sostenida en el tiempo. Normalmente nos encontramos con discusiones que se limitan a las variaciones del índice en cuestión, sin comprender del todo lo que se está midiendo. Es por ello que nos parece interesante indagar el significado del índice de pobreza medido por el INDEC, el origen de su relevancia política y sus limitaciones para analizar las condiciones de vida de una población.

¿De qué hablamos cuando hablamos de pobreza?

Lo primero que debemos contemplar es que la medición por ingreso de la pobreza se ha ido institucionalizando a escala global desde finales del siglo pasado, propulsada por organismos internacionales tales como el Banco Mundial y las Naciones Unidas. Actualmente (desde octubre del 2015) la línea de pobreza estandarizada por el Banco Mundial es de 1,9 dólares internacionales 2011 por persona por día (1).  

Esta metodología supone, por lo menos, dos problemas conceptuales. La primera es la de catalogar de pobre a las comunidades cuyo mecanismo de integración económica no es el intercambio mercantil, sino más bien la redistribución, la reciprocidad u otro en donde la adquisición de productos no sea mayoritariamente a través del dinero. La segunda es la de establecer un umbral extremadamente bajo de ingresos para aquellas comunidades donde sí prevalece el mercado. 

Desigualdad 5

Detrás de las problemáticas mencionadas podemos encontrar tres pilares del modelo de acumulación vigente. La promoción de la mercantilización de la vida por parte de los organismos internacionales y nacionales; la búsqueda de una contención social mínima en aras de evitar el estallido social que produciría la aplicación plena de las políticas de hambre predominantes en el neoliberalismo; y el ocultamiento de la discusión de la distribución del ingreso para todas aquellas personas que superen “la línea de pobreza”, naturalizando así las desigualdades sociales.

En tal sentido, como señala Álvarez Leguizamón (2005),

algunas teorías y categorías minimistas como las de necesidades básicas, mínimos biológicos y umbrales de ciudadanía […] constituyen una suerte de nuevo “humanitarismo”, entendido como una posición ideológica que si bien deplora y lamenta la pobreza, y más aún la indigencia o la miseria, buscando por ello aliviar el sufrimiento que estas provocan, “nunca se cuestiona la justicia del sistema de desigualdad en su conjunto” (Marshall, 1998: 40), ni los mecanismos que las provocan. Opera entonces como un discurso de verdad que naturaliza la desigualdad. Tanto porque no pone en cuestión los mecanismos básicos que producen la pobreza como porque promueve políticas sociales y económicas que aumentan la desigualdad social y mantienen a una mayoría creciente de pobres en los mínimos biológicos o en el denominado umbral de ciudadanía. (p.240)

La medición de la pobreza en Argentina: lo que muestra y lo que oculta

Ahora bien, ¿qué ocurre con la medición de la pobreza de nuestro país? En el apartado metodológico “La medición de la pobreza y la indigencia en la Argentina” elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) en noviembre del 2016 se establece lo siguiente:

Las nociones de pobreza e indigencia empleadas por el INDEC para el cálculo de incidencia se corresponden con el método de medición indirecta, denominado también “línea”. El concepto de “Línea de Indigencia” (LI) procura establecer si los hogares cuentan con ingresos suficientes para cubrir una canasta de alimentos capaz de satisfacer un umbral mínimo de necesidades energéticas y proteicas, denominada Canasta Básica Alimentaria (CBA). […] Asimismo, la “Línea de Pobreza” (LP) extiende el umbral para incluir no sólo los consumos alimentarios mínimos sino también otros consumos básicos no alimentarios. La suma de ambos conforma la Canasta Básica Total (CBT), la cual es también contrastada con los ingresos de los hogares relevados por la Encuesta Permanente de Hogares (EPH).

Claramente la medición está centrada en cuantificar el porcentaje de la población que no cuenta con los ingresos monetarios necesarios para adquirir las mercancías que les permitan satisfacer sus necesidades básicas. Un elemento importante a tener en cuenta es la población de referencia. Al obtenerse los ingresos de la EPH sólo se analiza a las capitales provinciales y a los aglomerados urbanos de más de 100 mil habitantes, sin contemplar los habitantes de las zonas rurales ni de las pequeñas ciudades o pueblos. Según los resultados de la EPH del 1er trimestre de 2019 actualmente la población de referencia es de 28.260.631, es decir, el 63% de la población estimada por el INDEC para el 2019.

Al tomar como población de referencia a los habitantes de las grandes ciudades uno podría pensar que la primera problemática trabajada en el apartado anterior, referida a la legitimación de la mercantilización como única vía para la reproducción material, carecería de sentido. Sin embargo, si bien para la población de referencia el sistema de integración económico hegemónico es el mercado, existe una importante canasta de productos que se obtienen por fuera del mismo.  La educación, la salud y la seguridad son tal vez los ejemplos más claros, pero no los únicos. El acceso a servicios como la red de gas, agua corriente y sistemas cloacales, en parte, tampoco está mercantilizado. Si bien los hogares con posibilidad de acceso a dichos servicios pagan una contraprestación por su uso, existen zonas en donde no llega la oferta. Por más que alguien podría argumentar que si una familia incrementa sus ingresos lo suficiente puede acceder a una vivienda ubicada en una zona donde sí exista la oferta, esa resolución carece de sentido cuando se abandona el individualismo metodológico. La única forma de disminuir el porcentaje de personas imposibilitadas de acceder a los servicios mencionados es que el Estado extienda sus redes de contención.

Esta idea de mercantilización extrema da lugar a que los reclamos sociales dejen de ser mejorar las escuelas, los hospitales y el transporte público y pasen a ser tener ingresos para pagar la escuela privada, la prepaga y el auto. También invisibiliza la importancia de la extensión de las redes de gas natural, agua potable y sistemas cloacales, entre otros (2). 

Desigualdad 4

Otro factor relacionado a esta problemática, y sustancialmente menos trabajado, es la importancia del tiempo libre en la determinación de las condiciones de vida de una persona. Según las estadísticas actuales no importa si se necesitan 8, 12 o 16 horas de trabajo remunerado para poder garantizar los ingresos mínimos establecidos por la Canasta Básica Total (CBT). Tampoco se analiza la cantidad de horas dedicadas al trabajo doméstico, labores sin las cuales sería imposible la reproducción de la vida. Esta omisión cuenta con un claro sesgo patriarcal, ya que las mujeres (en promedio en la Argentina) deben incrementar más de un 20% su jornada laboral para lograr los mismos ingresos que un varón (3). A su vez, según la Encuesta sobre trabajo no remunerado y uso del tiempo 2013 ellas promedian 5,7 horas por día a labores domésticos, mientras que los varones le dedican solo dos (4). Es válido aclarar que la feminización de los trabajos domésticos se mantiene sin importar si las personas tienen o no un trabajo remunerado.

A medida que se expande la jornada laboral remunerada necesaria para cubrir la CBT, las personas deben recurrir al mercado para comprar tiempo (adquiriendo comida elaborada en lugar de hacerla, por ejemplo) o resignar tiempo libre. En el primer caso la CBT de la persona se encarece, mientras que en el segundo se pueden llegar a niveles donde ni siquiera se cubran las horas de descanso mínimas para una vida saludable.  

De esta forma, políticas como un sistema de cuidado como el de Uruguay no afectan directamente el índice de pobreza por más que tiene un enorme potencial para mejorar la calidad de vida de personas en situación de vulnerabilidad. No solo por la atención del adulto mayor, sino por la disminución de los trabajos de cuidado cargados al ámbito familiar.

Por último, desde esta lógica lo que importa es lograr que las personas participen en el mercado lo suficiente como para cubrir las necesidades básicas. No hay una preocupación integral de las personas, sólo interesa que sobrevivan para participar en el mercado. Y desde esta concepción tampoco importa cómo se obtienen los ingresos monetarios para hacerlo. Es así cómo se generalizan políticas de transferencias monetarias condicionadas (TMS) en lugar de fomentar la generación de trabajo. De esta forma surgen programas como “Asignación Universal por Hijo” en Argentina, “Oportunidades” en México, “Bolsa Familiar” en Brasil y “Chile Solidario”, por nombrar algunos, como herramienta predilecta para combatir la pobreza. Señalamiento que no busca negar la importancia que han tenido y tienen las TMS para millones de personas excluidas, sino simplemente advertir sobre la necesidad de repensar las políticas para transformar el origen de la marginalidad, la estructura productiva neoliberal, y no solo paliar las consecuencias. 

La cuestión de la desigualdad 

Los crecientes niveles de pobreza suelen estar acompañados por una peor distribución del ingreso y los últimos años de Argentina no han sido la excepción. El índice de pobreza medido por el INDEC pasó de 25,7% al 32% entre el último semestre del 2017 y 2018 y el coeficiente de Gini se incrementó de 0,417 a 0,434 entre los últimos trimestres de dichos años. Mientras el número de pobreza para el primer semestre de 2019 alcanzó el 35,4% y se estima que continuará subiendo en la segunda parte del año, los datos del coeficiente de Gini del primer trimestre (0,447) confirman la continuidad de la tendencia hacia una mayor desigualdad en ingresos. Esta relación no es casual, la única forma de que los sectores acomodados puedan mantener sus privilegios es mediante la explotación del resto de la sociedad. 

Desigualdad

“La desigualdad y la pobreza están íntimamente ligadas” esboza el comienzo del documento realizado por OXFAM titulado “Privilegios que niegan derechos. Desigualdad extrema y secuestro de la democracia en América Latina y el Caribe”. En el mismo informe citan una investigación del Banco Mundial que, además, identifica un vínculo directo entre la desigualdad y la delincuencia. “Con datos obtenidos entre 2005 y 2010 se estimó que el aumento de un punto porcentual en el Índice de Gini implicó en el ámbito municipal cinco homicidios más por cada 100,000 habitantes”. También razonan que “no es una casualidad que América Latina y el Caribe sea al mismo tiempo la región más desigual del mundo y la más insegura fuera de las zonas en guerra”. Sin embargo, la relación entre desigualdad y violencia no se limita a América Latina:

Estudios de los países centrales, como el de Richard Wilkinson y Kate Pickett (2009), muestran que cuando aumenta la desigualdad la salud de la población en general empeora, el desempeño escolar cae, el crimen se acrecienta y las relaciones entre los grupos sociales se vuelven más infrecuentes y conflictivas, por los abismos que se crean entre grupos con profundas diferencias en sus formas de vida y lugares de residencia. Esto influye, por ejemplo, en la menor legitimidad para las imposiciones fiscales, dado que los otros son mirados no como sujetos legítimos de justicia social, sino como potencialmente peligrosos o merecedores de su peor suerte. (Kessler, 2014: 53)

Solo al poner en el centro de la escena la distribución de la riqueza podremos visualizar el origen de la marginalidad en términos materiales y entender la escalada de violencia que estamos viviendo a nivel mundial. El “índice de pobreza”, en ese sentido, muestra enormes limitaciones a la hora de interpretar el bienestar social. Restringiéndose a cuantificar el porcentaje de la población que puede acceder a las mercancías establecidas en la Canasta Básica Total niega otros mecanismos válidos para la reproducción material. A su vez, omite diversos elementos de vulnerabilidad social crecientes en los últimos años, tales como la escasez de tiempo libre y la dependencia a políticas de beneficencia Estatal mediante transferencias monetarias. Otra problemática surge de la desvinculación de la riqueza de las clases acomodadas como causante de la pobreza. 

Con esto no queremos negar la crisis humanitaria ni desconocer las prioridades de los sectores más vulnerables. Sin embargo, si lo que buscamos proponer es un modelo económico que logre resolver nuestras problemáticas sociales asociadas a la infelicidad debemos pensar medidas que ataquen la desigualdad social y no que se limiten a paliar la exclusión provocada por la misma. El humanismo reciente que restringe su atención en la pobreza está estrechamente vinculado a la utopía social neoliberal, siempre en línea con la reproducción del capital y no con la reproducción de la vida. 

Referencias:

  1. Cómo las monedas tienen distintas capacidades de compra en distintas partes del mundo y diferentes momentos históricos (se pueden adquirir más productos con 100 USD en Guatemala que en Reino Unido, por ejemplo), se crea una medición que elimine las divergencias de poder adquisitivo de cada lugar y a lo largo del tiempo. De esta forma los dólares internacionales 2011 se refieren a la capacidad de compra de un dólar en USA para el año 2011. Para más información visitar este link
  2. Estas omisiones probablemente sean las más conocidas y debatidas en los estudios de pobreza. Tal es así que el mismo INDEC en el apartado metodológico “La medición de la pobreza y la indigencia en la Argentina” (2016) plantea la inclusión de la “pobreza multidimensional” cómo una futura incorporación.
  3. Informe mujeres y mercado de trabajo (2017).
  4. El uso del lenguaje binario para referirnos al género de las personas es producto de que así se encuentran referenciados en las estadísticas oficiales y no al desconocimiento de la existencia de diversas identidades de género. 

Bibliografía utilizada:

Alvarez Leguizamón, S (2005). Los discursos minimistas sobre las necesidades básicas y los umbrales de ciudadanía como reproductores de la pobreza. Publicado en Trabajo y producción de la pobreza en Latinoaméricay el Caribe: estructuras, discursos y actores. Buenos Aires, CLACSO. 

Banco Mundial (2009) Transferencias monetarias condicionadas. Reducción de la pobreza actual y futura. Washington, Mayol Ediciones.

Equipo de trabajo de la Encuesta de Hogares y Empleo. Dirección Provincial de Estadística de la provincia de Buenos Aires (2010). Métodos de Medición de la Pobreza. Conceptos y aplicaciones en América Latina. La plata, CIEPYC. Entrelíneas de la Política Económica Nº 26 – Año 4.

Kessler, Gabriel (2014) Controversias sobre la desigualdad. Argentina, 2003-2013, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica. Capítulo 1 “La desigualdad y sus interrogantes”, pp. 7-57.

Sobre el autor:

Gabriel es hincha del rojo y de Charly García, es cantante y futbolista amateur, y en sus ratos libres también es Licenciado en Economía.