¿EN QUÉ PLAZA PARA EL PUEBLO?

Por Javier Frias

La producción política del espacio: breve introducción teórica inchequeable

En general tenemos claro que los pueblos hacen la historia, pero lo que no sabemos muy bien es dónde la hacen. ¿En qué lugar se condensa la acción histórica de los pueblos? ¿Es en la fábrica?, ¿en las calles? ¿en el subte?, ¿en el barrio?, ¿en la universidad?, ¿en internet? Como advirtió hace poco José Nun, la paradoja del cantito folclórico “si este no es el pueblo, ¿el pueblo no está?” es que, estrictamente hablando, el pueblo no está en ninguna parte. Ese era uno de los ejes de la intervención de Ernesto Laclau sobre el fenómeno populista: el pueblo no está en ninguna parte porque no es una cosa, sino el nombre de una disputa. Lo que llamamos “pueblo” es el resultado de una lucha entre las distintas partes de una sociedad por representar al conjunto. Así, el “pueblo” existe bajo la condición de su propia inestabilidad, bajo la posibilidad permanente de dar nombre a cosas distintas, de referenciar grupos sociales diversos y contradictorios entre sí.

Ahora bien, sostener que el pueblo no está en ninguna parte es también decir que está en todos lados. Y allí radica lo más interesante de la interpelación geográfica que está incluida en el canto popular. Es justamente por su carácter indeterminado que el pueblo necesita reclamar para sí una territorialidad. En otras palabras, todo pueblo implica una producción política del espacio. Una producción que es simbólica y material a la vez. Hablamos no sólo de representaciones sino también de usos y ocupaciones del espacio, pues, como sugiere Judith Butler, el enunciado “nosotrxs, el pueblo” siempre remite, en último término, a un encuentro, a una reunión, a una performance simultánea de los cuerpos.

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Aunque el tema excede a esta nota, para nosotros esa advertencia de Butler zanja un poco la polémica sobre el exceso discursivista que recorre la obra de Laclau. Es decir, el carácter performativo del pueblo nos recuerda que la política no sólo produce “vacío”, sino también “espacio”. En el pueblo hay una tensión constante entre la ambigüedad de sus símbolos y la concreción de las prácticas y los sujetos que lo sustentan. En ese sentido el pueblo es una praxis: su materialidad es la otra cara de su naturaleza discursiva. El pueblo necesita estar en algún lugar porque no está en ninguna parte.

De la política líquida al giro territorial

A la pregunta retórica “¿el pueblo dónde está?” el macrismo solía responder sin titubeos: el pueblo está en su casa. Por eso la política, para escuchar el mensaje soberano, debe tocar el timbre. La espacialidad de la pospolítica estaba definida, de esta manera, casi exclusivamente a partir del ámbito privado. De la casa al emprendimiento y del emprendimiento a la casa, y lo que altera esa armonía son las prácticas de la “vieja” política: los piquetes, las marchas, los acampes, los paros, los verdurazos.

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“Que el árbol de los sindicatos y las organizaciones sociales no nos impida ver el bosque de la ‘gente común’” parecía decir el manual del PRO. Pese a que Cambiemos nunca dejó de negociar con los actores corporativos, su apuesta siempre fue la de representar a la multitud silenciosa que gane quien gane al otro día tiene que salir a laburar igual. El momento de reunión estaba reservado, en todo caso, a ese no-lugar de los clicks y los trending topics. Para Duran Barba la simultaneidad era una simultaneidad virtual. De ahí que el PRO se pensara a sí mismo como un partido de flujos y no de territorios. “Somos una especie en viaje, no tenemos pertenencias, sino equipaje” cantaba el macrismo líquido en su luna de miel con el electorado.

Pero la que empezó a tener menos pertenencias reales fue la propia sociedad argentina que en agosto de este año decidió votar, entre otras cosas, contra ese proceso de desposesión. Aquel revés dejó al descubierto la existencia de una trama expectativas, un “peronismo social” dirían lxs polítólogxs, que Cambiemos no había logrado erradicar de la cultura democrática argentina. La micro-segmentación era insuficiente para constituir un sujeto político. Al macrismo le faltaba su ejército de emprendedores de reserva. Le había hablado a una sociedad que debía construir como si ya existiese de antemano. Por esa falta de timig Duran Barba tuvo que armar las valijas, y Cambiemos reformuló el último tramo de su campaña volviendo al barro de la política tradicional como había hecho con el fichaje de Pichetto: crear una, dos, treinta plazas.

Aunque no lo dijera, a Macri siempre lo pusieron muy efusivo las convocatorias en su favor. Fue en esas instancias donde el coaching cedió para mostrar su costado más humano: los ojos llorosos, el griterío afónico, la jactancia de clase por los choris y micros ausentes. “Qué lástima el feo día, mucha gente habrá querido venir”. Macri siempre soñó con ser lo que Duran Barba le aseguraba que no era necesario que fuera. Se imaginó como el líder carismático de la Argentina abierta al mundo, el Mick Jagger del país normal. Los retweets están bien, los mensajes de aliento individuales ayudan, pero el calor de la gente movilizada es otra cosa.

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Así, tras años de renegar y menospreciar la eficacia de los formatos clásicos de la política, en las últimas semanas el macrismo produjo su propio “giro territorial”. Si, como señaló Sol Montero, a la campaña de Cambiemos le había faltado cuerpo, las recientes treinta plazas que resistieron con aguante procuraron contrarrestar esa falta no tanto para lograr la hazaña electoral pero sí para evitar una dispersión de votos que dejaría al PRO debilitado de cara a la disputa por el liderazgo de la futura oposición. “En unos años sus hijos les van a preguntar ‘dónde estabas en octubre de 2019’, y ustedes les van a contestar ‘estábamos haciendo patria'”. El espacio y el vacío: el dónde y el qué del pueblo. Nada de épica trasnochada, lo que está en juego es un conjunto de imaginarios que el macrismo intentó aglutinar en estos años y que ahora pueden quedar en el aire, disponibles para ser apropiados por otros actores.

Mejor plaza en mano…

La reconversión territorial de Cambiemos pone de manifiesto que uno de los legados más importantes que deja su gobierno probablemente sea la construcción embrionaria de una identidad política. Esto es, hay una porción importante de la sociedad a la que el macrismo le dio voz, símbolos, una narrativa sobre la historia, una épica, una experiencia de gestión, una mirada del mundo y finalmente una organización y un motivo de reunión. Lo que fue cambiando en este tiempo, desde los primeros cacerolazos contra el kirchnerismo hasta las plazas del “Sí se puede”, es que ese “nosotros” ahora se milita con el cuerpo, adquiere visibilidad pública, ocupa el espacio para ser escuchado.

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Ya no se trata de un simple agrupamiento reactivo a algo. Si así lo fuera, no se explicaría por qué muchos de esos sectores se comprometen físicamente con un gobierno que parece en retirada. Ahí hay franca identificación con una idea. Se empieza a consolidar algo así como un “pueblo macrista”. Y no porque esa porción de la ciudadanía sea indefectiblemente “macrista”, pues, no está para nada definido que a partir de 2019 siga siendo Macri quien la represente. Pero lo que sí parece emerger es una identidad que se unificó al calor de la experiencia cambiemita. Un “pueblo” que, en algún sentido, quiso ser más macrista que Macri. Que le reclama a Macri no haber sido consecuente con sus ideas, no haber achicado el Estado lo suficiente, no haber sido más vehemente con la protesta social, no haber metido preso a los corruptos, no haber comunicado lo que Cambiemos se cansó de comunicar.    

Como remarcó María Esperanza Casullo, el giro territorial de Cambiemos demuestra que la ocupación del espacio público, la copresencia física entre el líder y sus seguidores, son elementos centrales de la vida política argentina. Al menos en nuestro país, todos los pueblos tienen su plaza. En su momento de mayor debilidad política, el macrismo tuvo las suyas. El sujeto político que no supo construir para gobernar, intenta construirlo para resistir. El “pueblo macrista” ya sabe dónde está. Lo que no sabemos es quién lo va a representar si es que este 27 de octubre se convalida el resultado de las PASO.