BOLIVIA: ALGUNOS EN LAS VENAS, OTROS EN LAS MANOS

Por Maximiliano Salatino 

Eduardo Galeano nos decía que toda América tiene sangre indígena, sólo que algunos en las venas y, otros, en las manos. Lamentablemente Bolivia ha sido y es laboratorio de estas experiencias desde hace, por los menos, dos siglos. Las marcas fundantes de la racialidad fueron constituyentes de las formas en la cuales la acción política institucional y colectiva se desarrolló en la historia boliviana. Los límites de la institucionalidad mestiza, criolla, autodenominada blanca, sintetizada en diferentes procesos de constitución del estado en Bolivia se instituyó, asimismo, de espaldas a una sociedad abigarrada, indígena, plebeya, que tuvo recién en los albores del siglo XXI representación y legitimación política a escala nacional. Los sucesos del último año (y en especial, del último mes) no son más que la traducción contemporánea de una estructura de exclusión y racismo que ha tomado nuevas formas y despliegues narrativos. 

La historia boliviana es una historia de invisibilidades y omisiones en, por lo menos, dos grandes dimensiones. En el campo intelectual, el aparato conceptual tradicional de la teoría política ha buscado de muchas maneras dar cuenta de las especificidades de la región Andina y de Bolivia en particular. La implementación de corsets conceptuales occidentales y eurocéntricos que buscaron ser aplicados se dieron contra la gran muralla de la altísima diversidad étnico-racial, de la heterogeneidad histórico-estructural y de formas otras de conocer, saber y transitar por este mundo. Y, por otro lado, la construcción de la estatalidad en Bolivia basada en los preceptos de las repúblicas liberales y de la democracia deliberativa ha traicionado una y otra vez las bases mayoritarias de legitimidad de lo político. El estado ha traicionado a obreros/as, campesinos/as e indígenas y todas aquellas identidades yuxtapuestas que existen en pos de construir el clásico estado-nación. 

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La bisagra se presentó en la década de 1970 cuando emergieron diferentes formas organizativas de indianidad guiadas por el katarismo. El katarismo reivindicó el pasado de luchas y resistencias indígenas, cuestionó al estado boliviano por racista y clasista y buscó consolidar formas organizativas fuertemente indias. De este entramado indianista emerge Evo Morales como sindicalista cocalero del Trópico de Cochabamba en la década de 1990. En 1996 fue elegido diputado y tras diez años de fuerte actividad política se convirtió en el primer presidente indígena elegido democráticamente de toda Latinoamérica. 

Los logros económicos del Evismo se demuestran con trece años de crecimiento de la economía a un promedio de 4,9% anual, superando con creces el promedio regional de 2,7% y triplicando su PIB desde US$11.520 millones hasta los US$37.776 millones actuales. El PIB per cápita pasó de US$4.180 en 2005 a US$7.543 en 2018.  Entre 2005 y 20017, 1,6 millones de personas salieron de la pobreza extrema (de 38.2% al 17,9%). La mejora fue particularmente notoria en las zonas urbanas, donde la pobreza extrema disminuyó de 24,3% a 9,9%. En una combinación entre los hidrocarburos, las commodities y la estabilidad institucional, el gobierno de Evo Morales representó un faro en un contexto de arremetida neoconservadora en buena parte de América Latina.

En el plano simbólico, el gobierno de Evo Morales fue un terremoto en las estructuras políticas y sociales en la región. Representó la llegada de los movimientos sociales a un gobierno, la introducción de una narrativa indianista en la conformación de la política y la transformación del estado en uno plurinacional y diverso. El Evismo fue una experiencia política sin parangón en la historia boliviana. Una historia plagada de golpes militares, gobiernos de derecha y de alta inestabilidad política. Por ello, el caso del Evismo fue un laboratorio con horizontes de posibilidad fuertemente discutido desde lo instituido, ya sea en el plano académico como político institucional.

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Sommeliers de golpes y la izquierda celestial

El ejercicio del poder estatal por parte del Evismo dividió aguas en las esferas intelectuales latinoamericanas. Desde la izquierda (clásica y celestial) se le cuestionó su nacionalismo, el extractivismo, la perpetuación en el poder y su falta de alternancia. Desde el mundo indígena, se problematizó la pérdida de legitimidad de base, la falta de indianidad en las políticas públicas y la implementación de un desarrollismo de nuevo cuño. Desde la derecha, académica y política, el Evo representó la suma de todos los males: un gobierno basado en el binomio producción-distribución, ampliador de derechos, con un estado en expansión e intervencionista, su reivindicación indianista, la plurinacionalidad, entre tantos otros ejemplos.

La izquierda clásica, celestial y anfibia generó las condiciones de posibilidad de un análisis anacrónico y simplificador. Con categorías del siglo XX buscó dar cuenta de un fenómeno singular de ejercicio de la política. En la comprensión del Evismo se limitó a marcar las fallas, contradicciones, inconsistencias y, particularmente, su narrativa de izquierda no lo suficientemente radical para su aparato conceptual. Entendemos esta postura plagada de interpretaciones abstractas y teóricas realizadas desde el confort de la posición crítica progre. Intocables en sus análisis de las realidades desbordantes y abigarradas de la Bolivia contemporánea, la izquierda celestial se viste de gala e inunda con frases abrasantes las redes sociales y todos aquellos espacios académicos legitimantes de su accionar.  

Para los espacios de derecha, la emergencia de un gobierno indio y plebeyo desbordó toda aquella institucionalidad que con tanta eficacia lograron cimentar en Bolivia. Desde la república de criollos en 1825, la constitución de las oligarquías terratenientes de finales del siglo XIX, la consolidación de la patria del estaño en manos de tres familias (Patiño, Hochschild y Aramayo), el desarrollo de una revolución social clasista y burguesa en 1952 y la implementación temprana y profunda de política neoliberales, Bolivia ha sido regida por gobiernos excluyentes, liberales y fuertemente racistas. La cronología del golpe en Bolivia nos muestra el revanchismo, la xenofobia y el desprecio de un sector importante de la sociedad boliviana, secundada por las elites santacruceñas y los militares en contra del Movimiento al Socialismo (MAS) y del Evismo.

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La emergencia de figuras como Luis Fernando “el macho” Camacho (parte de la elite cruceña heredera de la nacionalización de los hidrocarburos), Carlos Mesa (como representante de la política clásica boliviana) y Jeanine Áñez quien con Biblia en mano se autoproclamó ilegítimamente presidenta de Bolivia son parte de una articulación que no dudaron en aplicar la violencia y la fuerza para destituir a Evo Morales. Desde el 2012 hemos sido testigos de los denominados “golpes blandos” y del lawfare en el caso paraguayo y brasileño concretamente. Con Bolivia hemos sido testigos del resurgimiento de las tanquetas, la persecución militar y la violencia institucional para llevar adelante el golpe de estado. 

La discusión acerca del fraude electoral, la ilegitimidad de la postulación de Evo Morales y la falta de alternancia han sido muy buenos ejemplos que han logrado la unidad de algunas izquierdas con las derechas en Bolivia y toda América Latina. Tanto así que se ha desarrollado en los últimos días la constitución de diversos sommeliers de golpes de estado que, con el diccionario de Bobbio bajo el brazo, nos explican qué elementos deben estar presentes para poder caracterizar al movimiento contrarrevolucionario y conservador como “golpe de estado”. El procedimiento es compartido desde la academia, la política partidaria y, por supuesto, los medios hegemónicos de comunicación. Habría que repensar cuáles son las articulaciones que se han desarrollado para que dichos agentes de la esfera pública hayan pactado imaginariamente en la fundamentación de los peros. “Fue un golpe de estado, pero…” ha sido una frase divulgada y justificada para desconocer las matrices raciales fundantes del golpe cívico-policial-militar y neoconservador en Bolivia.

¡Es el racismo, estúpido!

Todo movimiento político, cada movimiento social y, por tanto, todo gobierno progresista posee contradicciones, diferentes narrativas, alianzas de clases y políticas públicas pragmáticas. Ya que, indefectiblemente, el poder del estado (y toda su institucionalidad) se desarrolla y afinca en una estructura racializada del capitalismo periférico que condiciona, limita y constriñe cada expansión de la igualdad. Éste es punto de partida, y no de llegada, para comprender cuán difícil es llevar adelante gobiernos emancipatorios en la región. Y más aún en Bolivia que, como hemos sintetizado raudamente, las matrices de exclusión son fundantes de la bolivianidad.

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El Evismo ha sido fiel reflejo de la constitución de la política como espacio de disputa de sentidos, narrativas y saberes. La experiencia de los últimos veinte años nos da indicios para avanzar hacia una problematización más sesuda y menos maniquea de los devenires del Evismo. Particularmente, porque es necesario, además, contraponer al diagnóstico de la experiencia, los emergentes sentidos del movimiento contraofensivo que se está desarrollando en estos mismos momentos. Una contraofensiva que es económica, militar y religiosa. Una contraofensiva que destituyó un gobierno democráticamente elegido a partir de la implementación del terror en las calles y con la persecución política ideológica. Una contraofensiva que busca posicionar un discurso religioso radical fuertemente fascista y segregador. Una contraofensiva que aspira a desactivar las relaciones económicas llevadas adelante por el Evismo, particularmente, aquellas relacionadas a la extracción y manufactura del litio. Una contraofensiva con aliados internacionales como la OEA y el Departamento de Estado de EE.UU. quienes como garantes de la institucionalidad panamericana brindaron los canales de consolidación del golpe. Una contraofensiva instituyente de un orden no democrático fundado en retórica republicana. Una contraofensiva fuertemente racista.

Necesitamos pensar(nos) y reflexionar(nos) a partir de los eventos bolivianos recientes en un clave que nos permita liberarnos de las ataduras de lo conocido y lo esperado. La América Latina contemporánea nos enfrenta a desafíos que atraviesan las formas en las cuales hemos sabido, conocido y transitado el mundo. Bolivia y el Evismo son el epítome de las limitaciones que poseemos para dar cuenta de procesos en los cuales las estructuras del racismo fundan la política del presente.

El racismo y sus derivas han sido muy efectivos en generar relaciones que históricamente han invisibilizado la exclusión y la desigualdad. En todas ellas, la violencia y la represión han sido el denominador común. Parafraseando a Galeano, algunos tienen sangre indígena en sus venas, otros en las manos. 

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Sobre el autor:

Maxi es Licenciado en Ciencias Políticas, docente de la FCPyS y becario posdoctoral de Conicet. Fuentes cercanas lo describen como un gran acumulador de libros (que lee) y cocinero de las mejores lentejas de todo el lejano oeste.